27 dic. 2012

Heridas de guerra

En este circo no hay monos, sólo fieras, así rezaba un cartel puesto por el barrio San Salvador junto a su carroza, este 24 de diciembre, día de las parrandas remedianas. Quizás se refería al empuje arrasador que mostró dicho bando en las fiestas. La entrada de las cinco de la tarde estuvo dedicada a Jesús María Valdés (Piti) un integrante de la directiva fallecido hará seis meses. Los morteros lanzaron primeramente fotos con el homenajeado, así como suvenires alusivos a la tradición. Después vino el fuego interminable. 

Realmente el ser humano parece una fiera cuando suceden estos episodios de guerra barriotera, no extraña que en siglo XIX un gobernante de la villa intentara prohibir la celebración. El barrio El Carmen no se quedó detrás y su saludo por poco arrasa con los añejos y endebles tejados de las casas. Peculiar forma de cortesía que incluye el uso de armas mortíferas como morteros, petardos y otras bombas. Realmente resulta difícil definir al ganador de estas fiestas. 

Adentrarse en esos momentos de guerra, cuando no cuentan leyes y el fuego cual dios implacable  posee los ebrios cuerpos de los remedianos. Momentos de lucha, sólo se escuchan improperios, retos, amenazas. Es fácil ofender en tales contextos, pues las barreras caen y los formalismos dejan de funcionar. La sociedad se invierte y el bufón es rey por apenas unas horas. Así llega la madrugada con la nochebuena en ebullición, ya las navidades no son lo que solían, sino un enfrentamiento ciego, descarnado, cruel. Las parrandas parecen menos una fiesta que una guerra verdadera. Como esas escaramuzas campestres de la Italia medieval, cuando los pequeños pueblos dirimían las disputas ganaderas o agrícolas mediante sometimientos tan contundentes como despiadadados. Pues al día siguiente en Remedios siempre hay un barrio que manda, un bravucón que a ritmo de tumbadora recorre las calles con su bandera teñida de pólvora, quemada en la noche por los morteros y las bengalas.


¿Gallo o gavilán?, se preguntan todos cuando llega diciembre, cuando ya se dispone el ring sobre la plaza vieja de la villa y resuenan los tambores coloniales. La magia, el desafío, tienen su  encanto y ni siquiera los visitantes pueden escapar a las filas de uno u otro bando. La línea divisoria traza esa frontera infranqueable que sansaríes y carmelitas respetan como si fuese una reglamentación internacional. Ambas directivas asumen el reto de guiar a sus fanáticos hacia la victoria y hay un misterio, un no sé qué de incuestionable belleza. El cuadro parecerá desolador en la mañana del 25 de diciembre: calles sucias, restos de comida, techos dañados, quemaduras, arañazos, golpes y enemistades, pero las parrandas son así. La herencia maldita de esta villa de casi medio milenio de edad, nos vuelve a bendecir y esperamos el 2013 sin habernos sanado las heridas de la pasada guerra.