14 dic. 2012

La consagración


Un cuento perteneciente a mi más reciente ficción Alquimias estrafalarias
Este torturador era muy cuidadoso, casi un artista. Tenía la capacidad de llegar al límite, de poner a sus prisioneros al borde de la muerte, aterrorizándolos con la idea, pero sin quitarles la vida. No obstante, él creía que su talento estaba subempleado, pues el asesinato y no el mero coqueteo con las víctimas era su verdadera vocación. Una vez dijo que se sentía con  aptitud suficiente para cometer la ejecución perfecta, de forma tal que todo el mundo, sin excepción, lo aplaudiera. 
-De acuerdo –respondió el Alcaide de la prisión- mañana mismo arreglo ese asunto.
En efecto, a la salida del sol el anfiteatro estaba listo para la obra maestra, no había patíbulo, ni horca, ni guillotina, simplemente un escenario, desde el que sonreía el torturador aspirante a verdugo. Y el público, por supuesto, ansioso, abarrotando los asientos y parado en los pasillos y colgado del techo. Trajeron a la víctima perfecta para la ocasión, aunque el infeliz lucía en la cabeza un antifaz negro, todos reconocieron al artista censurado Hans, famoso por la delicadeza sin tacha de sus cuadros, quizás el alma más sensible de la comarca y el creador por excelencia de este siglo.  
El Alcaide pidió que no se demorara más el asunto y leyó una nota donde condenaba al reo por crear obras demasiado sublimes, perfectas, provocando la envidia de los demás seres humanos. Hans parecía aceptarlo todo, con tranquilidad. Así que sin más, el aspirante a verdugo dio unos pasos y, con una espada, le cercenó la cabeza al artista, la cual fue a dar a las manos de una entusiasta jovencita de unos trece años. El público rompió en arrebato, llovieron las aclamaciones. La ejecución se había hecho con extrema limpieza, sin sangre, sin gritos de la víctima, ni lágrimas, incluso el cuerpo sin vida aplaudía desde el suelo. La consagración.
El verdugo estaba muy feliz, aunque sabía que ese era uno de los últimos días de su vida. A la salida del anfiteatro todos coincidieron en que el ejecutor había llegado a la excelencia, creando una obra demasiado perfecta. Dijeron esto con envidia.