14 dic. 2012

El encanto de ser raro


Tiene un porte rarito, se la pasa oyendo rock el día entero y dice que es fan a Roger Taylor. Yo más bien sospecho que tiene los mismos gustos de Fredie Mercury, aunque él se empeñe en negarlo. Está en la mira de los vecinos, quienes no dejan escapar cualquier atisbo de diferencia que rompa con el provincianismo oficial.
El pelú es un personaje, a veces me despierta con un estridente riff de Black Sabbath, como si se tratase de la melodía más dulce del mundo. No lo hace por malo, simplemente intenta llamar la atención, salir de la soledad en que lo encierra un ambiente uniformado y monótono. El rock es de esas músicas irreverentes, propias de un aquelarre, perfectas para organizar una orgía. Cuando escucho determinadas canciones de Led Zeppelin, enseguida pienso en las pinturas negras de Goya, o en los caprichos, o en el mismo pelú.
 Respeto sus gustos, incluyendo su predilección por la soledad. No me molesta levantarme con Jimmy Page de banda sonora. Aunque a veces quisiera tener también algo de música clásica, digamos alguna pieza de Chopin. Dicho maestro también fue un pelú bastante rarito. Al respecto, resulta famosa la anécdota de su encuentro con Madame Sand. Cuentan que una vez presentados, la George preguntó: “Ese Frederick, ¿es una niña?”, por su parte el músico polaco, meneando su melenita de raro objetó: “¡Qué antipática es esa Sand! ¿Es una mujer? Estoy por dudarlo”.  Pero ¡qué digo!, mucha distancia hay entre los agitados anarquistas de Sex Pistols y un nocturno del afeminado poeta del piano. Aunque en ambos presiento la misma melancolía neurótica.
Hace tiempo que el pelú y yo no hablamos, ambos hacemos nuestras vidas de forma diversa. Es uno de esos casos de enajenación, tan socorridos en los cuentos del realismo sucio. Dos personajes bukowskianos en busca del Grial del arte. Yo soy un empedernido y confeso literato, él sólo se interesa por tocar mil y una veces el número de la bestia, mientras mueve su intrigante caderita.
 En otras épocas (en otro quinquenio, para usar un término más específico y venenoso), ya lo hubieran pelado. Ni hablar de su aspecto andrógino (término incompleto, que no abarca a definir al joven todavía viril, pero coqueto). Por suerte hemos mejorado. Ahora el pelú sólo debe enfrentar los miedos de una cultura aún intolerante, que ni entiende el estribillo de los Beatles (all you nee is love!), ni conoce las interioridades y el encanto de ser distinto.     
A veces (por chivar) coloco algún tema estridente (por lo general El Anillo del Nibelungo, de Wagner) y el pelú sube el volumen de God save the Queen, en versión de Sex Pistols. El espectáculo podría competir con cualquier obra del absurdo. Dos locos armando un solo concierto de música informe, mezcla de mitología alemana con anarquía inglesa, un desastre total.
Soy menos peludo, pero quizás no esté muy a la zaga de mi vecino. A veces sospecho que yo también integro ese capítulo de no conversos al provincianismo, tan engordado por estos lares. A lo mejor algún demonio de la Guira de Xuana Márquez la Viexa se nos metió y andamos explotando por ahí nuestros raros egos, quién sabe si hasta acabar como Cafunga.
 No tengo tanto pelo, pero poseo una melenita algo pecaminosa y también disfruto de un buen atardecer. Otros quisieran que el pelú y yo criáramos puercos, o fuésemos de intrusos a entorpecer el buen curso del karma provinciano, en la discoteca reguetonera.  ¡Cuánto quisiera que ese género desaparezca para siempre! ¡Cuánta insensibilidad ha sembrado entre los ladradadores de letras soeces y tonadas mediocres!
Porque tanto el pelú como yo sólo seremos felices en un territorio libre de reguetón. No digo que todos deban oír la misma música, pero sí desearía que existiera un poco más de espacio para la rareza entre el uniformado presente que tenemos. ¡Tampoco les dé la fiebre por adoptar el mismo estilo de vida del pelú! ¡Sed originales, por la gracia de San Salvador Dalí! Mientras, ambos seguimos profesando nuestras vidas extrañas. Ahora mismo escucho el principio de We will rock you. Es una maravilla.