17 mar. 2014

El llamado de la tribu



Una esquina de Caibarién
Mi presencia en la televisión local sirvió para dar a conocer determinados puntos de vista sobre el periodismo cubano a una audiencia quizás mayor o al menos diferente de la que escucha la radio. Se me interrogó por el impacto que ha tenido este blog, atribuyéndole una importancia inmerecida; pues no ostenta ni premios ni reconocimientos. Sólo el raro privilegio de existir, acompañado por un trabajo más sistemático que en el resto de las bitácoras de esta ciudad. 
Aún no tengo el video íntegro, pronto visitaré a un señor que grabó parte de mi intervención desde un equipo DVD en su casa. Sé que di respuestas bastante provocativas en el buen sentido. O sea propias de una intención manifiesta hacia el pensamiento creador. El concepto de periodismo que emití se refería a esa necesidad innata del ser humano por comunicar, basamento de todo desarrollo que en las sociedades modernas y conectadas devino en centros de poder más amplios, con necesidades de alcance más universales. Se trata pues del resultado de un proceso dialéctico e histórico, convertido luego en oficio y profesión. 
De derecha a izquierda, el primer edificio la sede de mi emisora.
El periodismo es una herencia grata, imprescindible. Aún aquel mal periodismo nos reconforta en algún momento y hasta tiene una audiencia fija, fiel al mensaje. Porque la prensa como depositaria de la información actual más pertinente, resulta un medio poderoso de dominio y consenso social. La estrategia consiste en trastocar el dominio en consenso; sin que los dominados se rebelen. Los grandes medios construyen una agenda y la venden como pública, no abordan aquello que resulta ajeno al dueño o  a intereses clasistas definidos. Nuestra vía alternativa, la más honesta, se define por el tratamiento de la agenda social sin cortapisas. No debe estar entre los objetivos de la prensa cubana el esquive de lo público, mucho menos su enajenación en ideas elitistas.
Creo que esas ideas desarrollé en televisión, de una forma más atropellada y con menos elaboración, por el apremio del tiempo. Dije que mientras más cerca se estuviese del cubano común y este se sintiese copartícipe de la noticia y hacedor de la agenda mediática, mejor le iría a los órganos comunitarios donde trabajamos. De ahí que la buena prensa comunitaria sea la mejor prensa. Aquella que logra implicar al vecino y establece una cercanía afectiva en la relación emisor-receptor, donde los papeles llegan incluso a trastocarse y nutrirse mutuamente. 
Esas trasmisiones en vivo que hace la radio local desde comunidades campesinas son acontecimientos que cuentan con la participación de miles de personas. El lugar se transforma en poco tiempo y las gentes recuerdan largamente el día en que el órgano visitó ese pueblito metido entre las lomas, o expuesto en medio de amplias llanuras. Ya quisieran las gigantescas cadenas y los medios nacionales generar esa relación tan cercana con los oyentes. De hecho hay, dentro de aquellas “grandes” radios, estrategias destinadas a la retroalimentación. Pero el peso de las distancias dicta la norma participativa. Y cada vez los medios mal llamados pequeños tendrán la primacía en la noticia.
¿Quién mejor puede hablar de los problemas del obrero, que un periodista del propio pueblo cuyos padres trabajen en la fábrica de la esquina? ¿O cuál da coberturas más certeras sobre la mala pavimentación de la carretera central, el reportero de la radio capitalina o ese comunicador de provincia que usa a menudo la vía y por ende la necesita? La información dicta sus pautas de cercanía e implicación con las fuentes y los hechos. El reto no está en ser local y no disponer de una audiencia nacional; sino en ofrecer un servicio realmente comunitario, o sea propio de la agenda pública. La norma de la centralización de la prensa impide no obstante cumplimentar tal línea de trabajo. Emisoras provinciales se imponen ante las municipales y territoriales, por la primacía del cargo. Igual sucede con las que mandan a nivel de país. Así se pierden muchas noticias y peor aún se emiten enfoques distanciados y fríos, donde la comunidad empalidece o queda enajenada. Pero si cada órgano tuviera la necesaria autorregulación en cuanto a rutinas productivas, si se respetara la personalidad de las emisoras y se les diera el debido espacio en las coberturas; estaríamos ante el cumplimiento de la máxima de que no hay medios pequeños, sino periodistas pequeños. Hasta entonces, la imposición de agendas impropias y la repartición de las zonas de influencia de cada emisora colocan al comunicador de municipio en una especie de escalón inferior.
Hace poco conversaba con alguien sobre la fortaleza de las radios comunitarias en un país de Sudamérica, donde los indios transmitían en sus idiomas y con una agenda bien definida ejercían el poder de comunicar y tener la primicia en sus áreas de coberturas. Tal es así que resulta común encontrar que las guerrillas de dicha nación usan esas ondas hertzianas, para trasmitir mensajes que sí tienen un impacto directo incluso en las ciudades y centros políticos. El poder de la comunicación cuando ella misma se autorregula tenderá hacia contenidos y enfoques eficaces. Lo contrario cuando la directriz es externa y escalonada.
He querido abordar en este post algunas ideas que di a conocer en la televisión local, donde obviamente existe la inquietud sobre la importancia de lo que ellos mismos hacen. La trascendencia del mensaje, la fuerza y la convicción que puede o no generar un medio limitado al alcance de unos pocos kilómetros. Despreciar este espacio de isla equivaldría a decir que una parte del territorio no cuenta, que sus habitantes no difieren del resto, o que no hay nada interesante en esas vidas. Sabemos por principio humano elemental que todo hombre o mujer son importantes; e incluso imprescindibles llegado el momento. 
El logo de la CMHS, no es perfecto pero funciona.
No hay comunicación más fuerte que la comunitaria porque somos seres en comunidad, ya sea local o nacional. El país debe aspirar a lo comunitario en su totalidad, y ello se da con más participación en el consenso, y mayor implicación en las agendas mediáticas. Los órganos capitalinos en el fondo envidiarían el potencial y la facilidad con que un locutor de Caibarién llega al corazón de su oyente. La cercanía hace que se respire más fuerte el aire de la tribu. Y esa aldea que es el mundo tenderá con más fuerza a privilegiar lo diverso universalizado. Vamos hacia la autorregulación de los medios de prensa y debemos prepararnos para el reto, pronto el protagonismo recaerá sobre aquel reportero que anda el campo en su bicicleta, o el que escribe en su blog sobre problemas del centro histórico de la ciudad provinciana en que vive.
Veo un futuro lleno de enfoques e ideas donde cada quien tendrá el espacio que sepa ganarse, sin que una mano reguladora reparta papeles y privilegios por el baladí hecho de la geografía. Una generación repleta de ganas de hacer, consciente de su poder, llega a las radios comunitarias con el firme propósito de trabajar para bien de su trozo de isla. Esperemos que la era de esos cambios se acerque. Por mi parte acepté intervenir en la televisión local, en la noche del 14 de marzo, día de la prensa cubana. Una necesidad ancestral me arrastró hasta las cámaras, un anhelo parecido a redobles de danzas antiguas y oscuridades de tribu.