19 mar. 2014

Julia Osendi y su gueto siguen prendiendo la mecha



Soy de esos que usualmente se pierden la casi totalidad del campeonato de pelota; disfruto más de los encuentros cerrados, donde los equipos luchan su clasificación en topes de muerte súbita. No vi el partido entre los equipos de Villa Clara y Matanzas, célebre por los sucesos de violencia física entre jugadores en pleno terreno y a gradas repletas. La televisión trasmitió dicho choque de mal gusto, y dio cuenta de una serie posterior de programas de debate acerca del uso del lenguaje duro y la opción agresiva en el devenir de nuestra sociedad actual.
En primer punto, creo que el atropello entre colegas del deporte respondió a una escalada que por ignorada llegó a su momento cumbre. Fue peligroso fomentar una enemistad entre ambos conjuntos a partir de la posición personal de individuos, y de la consabida repartición de influencias entre determinados jerarcas (¿por qué no llamarlos así?) del béisbol.  Antivalores como la prepotencia y la imposición de reglas arbitrarias e inestables, generaron el clima perfecto para un estado de ingobernabilidad en la pelota cubana de este momento. La fórmula ahora mismo, lejos de favorecer la paz y reprimir la escalada violenta, tiende al perpetuamiento de una conducta que amenaza con males mayores en este u otros campeonatos. Tal pareciera que las medidas impuestas a los protagonistas del suceso se dirigen punitivamente contra los hombres, y no a mitigar el mal ejemplo y la idea pésima, que no son patrimonio exclusivo de ese grupito de peloteros impedidos de jugar en la serie.
El saldo del enfrentamiento resulta favorable a Matanzas mientras Villa Clara ve comprometido el mantenimiento de su cetro de campeón. Una fórmula que debiera estudiarse a fondo en el contexto deportivo actual, donde agentes externos hace rato regulan la presencia de Víctor Mesa como un ente supra, omnipresente, de autoridad sin límite, incuestionada. Debiera revisarse el código de ética que rige la actitud de los profesionales de esa rama para Cuba, porque creo que tanto favoritismo ha roto las reglas; y eso precisamente fue lo que pasó en aquel estadio: un juego devenido en batalla campal, sin reglas de ningún tipo. Considero que el gueto de los narradores deportivos sigue actuando mal, en pro no sé de qué prebendas. No hay mayor mérito para un periodista que la veracidad y el enfoque ético de los contenidos que promueve. Habría que preguntarle a Julia Osendi si en la escuela que ella estudió se enseña la parcialidad como una especialización profesional. Esa sería la única justificación lógica de un accionar desproporcionado, ido de tono, desprestigiado en sí mismo y, ojo, con un impacto muy negativo en la formación espiritual de la audiencia. Todo mensaje es decodificado y asumido, no se queda en la pasividad del recibimiento. Y en cualquier comunicación cuentan más las intenciones que los contenidos, pues estos últimos hasta se construyen. Julia fungió, junto a otros tantos, como la arquitecta desde el periodismo del estado de ingobernabilidad de la pelota cubana. Ni siquiera un comunicador de provincia, trabajadores cuya parcialidad deportiva se justifica, tendría la prepotencia de calificar de justo lo injusto; mucho menos el apañamiento de verdaderos responsables.
Sin pasar a la violencia física extrema (como fue el caso de la batalla entre cocodrilos y leopardos), Víctor Mesa, el Benjamín, sí que perpetra actos prepotentes, invasivos de las reglas del deporte y la sociedad cubana. Ello con la tibieza de los narradores, o el aplauso mefistofélico de Julia Osendi. Quisiera pensar que ella compromete su práctica periodística por alguna razón humana (desconocimiento, mediocridad, poca sagacidad, miedo a la verdad, flojera profesional) y no a causa de intereses ajenos y perjudiciales a los códigos de limpieza noticiosa asumidos por nuestra prensa, y que heredamos de José Martí. ¿Apoya Julia el concepto de utilidad de la virtud? En mi opinión ahora mismo ello resulta indefendible e indemostrable para alguien que se declara pro Víctor a los cuatro vientos, un director que podrá ser todo menos ejemplo.
Y callar ante tan mala práctica equivale al asentimiento, y eso aprecio en el resto del gueto de comentaristas nacionales de pelota.  No bastó con la Mesa Redonda contra la violencia, ni que saliera un sicólogo diciendo que es malo repartir golpes. Cuando se quiere erradicar un ejemplo, debe estudiarse a fondo dónde flotan las ideas que lo sostienen y luego la labor de zapa tendrá efecto. La tendencia al golpe y el grito, a la grosería, pasa por una programación televisiva que durante años privilegió lo peor del cine de acción norteamericano (¡gracias multivisión, por darnos algo de lo mejor de las pelis de USA y el resto del mundo!); por el reguetón que ahora prende como la varicela; por la no eficiencia de asignaturas que o se abolieron o se imparten mal; por el no hacer un trabajo más humano y cercano hacia la familia y sus valores; por la rareza de salarios dignos que sostengan en alto las frentes de trabajadores y profesionales honestos, y el perjuicio espiritual que ello significa para los jóvenes y generaciones en formación en general. Y un largo etcétera (no soy sociólogo).
Carlos Marx no se equivocó en su relación base-superestructura. Quizás allí hallemos toda la explicación a la batalla campal de la pelota cubana. Lastimoso que la prensa, hecha para generar lo positivo, o calle o prenda fuego a una mecha que no lo duden, volverá a estallar. Quién sabe si con más fuerza. Esperemos que Julia Osendi no necesite de un congreso de la UPEC para ella sola y pueda entender que el periodismo es un servicio público, que los medios en Cuba constituyen una propiedad social e implican una responsabilidad mayor. Ojalá comprenda que los comunicadores honestos debemos estudiar lo justo y moverlo en la arena social.  Hablamos, grabamos, fotografiamos, escribimos para millones que no tienen ese privilegio. Malbaratarlo no sólo constituye un desvío grave, sino una desestabilización del pacto que defendemos. Que la prensa siga siendo poder, pero que sea siempre el poder de la mayoría.
La serie nacional de pelota me deprime porque resulta muy parecida a aquello que quisiera eliminar de mi país. Lo peor es el continuismo que apoya esas lacras, reflejo en la prensa y las estructuras de la corrosión que nos impide avanzar. Julia y el gueto de los comentaristas representan en el periodismo, el mal ejemplo del triunfo personal por encima de la responsabilidad social del comunicador. Ni el mejor baño de academia recupera a un neófito como yo del defraude y la apatía que generan esos “paradigmas” de la televisión y la radio cubanos. Creo que muchos que nos iniciamos en el asunto profesional haríamos bien en ponerle mute a la pantalla, o no mirar más un deporte donde el boxeo callejero y la mala palabra dejan su huella. Y lamento reconocerlo, pero… ¡qué huella!