25 mar. 2014

El Imperio Invisible de la Mafia Capiro




Recientemente ideé hacer un reportaje radial sobre la mala labor de la editora Capiro de la ciudad de Santa Clara. Claro que el género, investigativo de por sí, era el único capaz de soportar la marea de mensajes crudos, ríspidos que el tema amerita. Abandoné el proyecto no bien percibí la imposibilidad de acceder a fuentes esenciales, las cuales se reservan información vital y comprometedora. No se trata tampoco de una renuncia total, pues el problema volverá a mi agenda periodística en un futuro quizás no muy lejano, ¿quién sabe?
En este post abordo desde afuera lo que como escritor he sufrido, a consecuencia de la labor favoritista de quienes debieran zapatear la provincia en pro de un desarrollo de las letras. Desde años atrás las editoras de ese tipo surgieron para que los noveles letrados tuviesen una manera de iniciarse en ese escaño necesario de la publicación. Mecanismo que en el crecimiento intelectual resulta vital. Un autor corrige líneas y maneja estilos, cuando percibe que el lector no es pasivo, sino que actúa como cohacedor de la obra en cuestión.  Pero el adueñamiento de la oportunidad de publicar, su manipulación por grupúsculos locales, dieron paso al despreciable sobrenombre de “Mafia Capiro”, calificativo que a veces se acorta ante la magnitud de lo allí sucedido.
Falla el sistema editorial y por ende el de promoción, ya que no se pueden divulgar contenidos que no existen o que no reúnen los requisitos para considerarse literatura.  Los estantes fenecen con libelos de poco calado, reservorios de polvo que el lector obvia. Temas retomados hasta la saciedad, en estilos moribundos, copiados de quién sabe quién. Quizás haya casos de autores prometedores, pero el poco consumo dicta que son pocos. Considero que Capiro se excedió en su carácter endógeno, que se autoencerró demasiado en esos cubículos estancos de la literatura santaclareña.  Parece que el submundo del arte asumiera los ribetes de una oscura organización, quizás la Hermandad orwelliana de “1984”.  
Conozco al Premio La Gaceta en cuento de este año, un joven llamado Julio César Castellón, del municipio de Quemado de Güines. Su obra apenas comienza, pues egresó del último curso del Centro Onelio de Formación Literaria el año pasado. Sin embargo tuvo el talento suficiente para ganarles a grandes figuras de las letras, con uno de sus textos primerizos. ¿Cuánta no será la potencialidad de este muchacho? ¿Qué fuerza no tendrá en el estilo, qué maravilla podría escribir? ¿Cuánto no sería capaz de hacer dicho autor, si tan sólo lo reconocemos y lo estimulamos un poquito? Pero Santa Clara y su flamante editorial ni siquiera averiguaron quién es Julio; simplemente el chico no existe. Ni una mención, ni un simple “bienvenido” mereció el brillante y bisoño autor del cuento “Ojo con las paredes húmedas”.
Todo lo contrario ocurre cuando alguien del gremiecillo santaclareño obtiene el lauro. Así, el escritor de ciencia ficción Claudio Castillo, muy conocido entre sus contertulios de las tertulias pilongas; apenas mereció un colateral del mismo Premio La Gaceta de este año. Ello sirvió para que el sistema de promoción se movilizara, y  ya esté en la imprenta algún folleto sobre marcianos. Tenemos que lastrar ese provincianismo barato que contrapesa nuestra cultura hacia vericuetos antiartísticos. No sólo anda mal en Cuba la televisión y las propuestas radiales, la literatura hace rato luce una testa huera, maquillada con efectos de lo peor. Sus afeites se muestran impostados e importados, dejó de pasearse única en el contexto de las letras mundiales. Tan provinciana, tan vetusta y aburrida; apenas cuenta en el terreno de una sabia crítica internacional, que la obvia.
Se persigue que jóvenes talentosos como Julio César se den por vencidos, dejen de escribir y vayan de meseros al turismo de sol y playa. Mientras, la Editora Mafia Capiro reparte sus cupos de pasaje directo al parnaso de los poetas y los narradores “de vanguardia”. La invisible Hermandad sólo extiende sus tentáculos cuando uno de los suyos lo requiere, de lo contrario sus efectos ni se dejan sentir. Tan kafkiana, comete el arcano misterio de carecer de un local, de una visibilidad como institución. Sólo aquellos elegidos podrán conocer la naturaleza del  “Castillo”, edificio cerrado a los simples agrimensores de la literatura. A veces creo que ellos mismos, los editores, a falta de literatura real en sus prensas, quieren convertirse en personajes, en tramas y funcionar como la mejor de las historias tremebundas. Al menos así justificarían tanto papel malgastado.
La otra parte viene cuando se publican textos de autores consagrados, quienes la mayoría de las veces ni siquiera viven en la provincia. Claro, el prestigio hay que buscarlo afuera, ya que no se supo zapatear y promover desde lo endógeno. Pero resultan muy sospechosas esas publicaciones, demasiado reveladores unos lazos entre los apoderados de aquí y los de acullá. Y me da mala cosa que pensar. Capiro parece guiarse por un manual para locos de capirote. Pero sólo en apariencia, pues buenos jugos arroja un manejo a luces visto que carece de freno. Lo guía una lógica de élite, pero no cultural, sino contracultural en el mal sentido. El efecto se deja ver hasta en el fallido encuadernamiento, con cubiertas de diseño simplista y seudo-todo. Aparentando una sapiencia de paja y gofio.
Uno de los géneros más publicados por Capiro es la poesía, tipo de composición a la que respeto por su mensaje complejo y elaborado. Si el cuento muestra un universo construido desde lo cerebral y la lógica, el verso debe lograr el mismo efecto desde la libertad incoherente. Pero los tertulianos asumen el ropaje de hacedores de líneas, con o sin rimas; luego llenan los estantes de esa papelería sin meta. Obvio, muchos cobramos muy poco para enflaquecer el bolsillo en la adquisición de paja editorial. Una feria de las letras no privilegia el fiambre, como sí es el caso de una feria agropecuaria. Sin embargo prima el pensamiento cuantitativo de la segunda, y enrarece el fortunio de una real literatura.
El estanco de Capiro ya resulta demasiado, y ahoga a una provincia como Villa Clara, potencia literaria, repleta de talentos que surgen cada año. Alguna medida deberá frenar la invisibilidad del Castillo y hacerlo accesible a agrimensores y lectores. Hora de que las historias tremebundas abandonen su flagelo en este mundo, y pasen a su tradicional universo ficticio. Mientras así no sea, los editores negarán la entrada a valiosos jóvenes que trabajan a base de una honestidad rara entre la fauna contracultural que nos rodea. Unos dejan de escribir y siguen respirando, se van al turismo de sol y playa y viven sin su sueño primero. Otros abandonan a la vez la vida y la escritura, pues escribir es su aliento. La Mafia Capiro, invisible como el Imperio Invisible, sólo premia ahora mismo a sus clones y garantiza así la camada del mañana.