26 mar. 2014

Desrevisando la historia de la ciudad escondida



En un blog sobre aspectos cubanos debiera tratarse no sólo lo más actual, sino aquello que siga los pasos de los medios nacionales. Mejor aún si la agenda se apega al debate (a veces pelea de perros) que en la arena internacional suscita la isla. Haciendo honor a Paul McCartney (mi Beatle favorito), recojo la famosa frase “Get back” y vuelvo a un pasado donde sólo habían unas pocas ciudades apenas nacientes en un territorio político en manos de pueblos aborígenes.
Sí, en la Cuba del siglo XVI se fundan las primeras villas españolas y comienza el proceso de occidentalización de nuestra cultura, hace ya quinientos años. Y precisamente esas fechas marcan los cumpleaños de centros urbanos como Camagüey, Trinidad, Bayamo, Baracoa y mi querido San Juan de los Remedios. Como siempre la historia la dictan los vencedores y el presente suele modificar elementos del pasado, a partir de intereses sociales y líneas de poder establecidos. El fasto de la celebración del resto de las primeras siete villas cubanas resultó tremendo, así como su divulgación en los medios de prensa. Las campanas de la Torre de Iznaga trinitaria hicieron juego con los tinajones camagüeyanos recién pintados y las vetustas calles espirituanas. Pocos recuerdan ahora a la hermanita menor, mal llamada la Octava por razones injustas y cuyo cumpleaños pinta más modesto.
Vayamos de la mano de McCartney y su “get back” al siglo XVI cubano, para explicarles. En aquel entonces los adelantados Diego Velázquez, Juan de Grijalba y Pánfilo de Narváez dictaban la norma de la conquista y la colonización. Se establecían las primeras ciudades como centros políticos, cuya estructura copiaba el modelo medieval europeo del poder alrededor de una plaza central. Se buscaban como requisitos la presencia de ríos, indios como mano de obra esclava, salida al mar y minas de oro. La violencia del colonizador español fue la misma que decapitó a los moros, el brazo fuerte del caballero cuya fortaleza física era la última ratio. Se vencía por la cruz y la espada a aquellos “infieles”, que no aceptaban un yugo terrestre embadurnado con visajes divinos. En medio del desbarajuste, del latrocinio, no convenía dejar huellas demasiado evidentes a la justicia humana presente o futura. Además, se iba muy rápido, de aldea en aldea,  y detrás quedó casi nada para verificar la naturaleza del proceso.
Los primeros actos de piratería en el continente los perpetraron los hispanos, que no ingleses ni franceses. Uno de los ladrones más connotados se llamaba Vasco Porcallo de Figueroa, joven extremeño de apenas diecipico de años, perseguido en la península por el delito de asesinato. Dicho hidalgo (título más bajo de la nobleza española, cuya única gloria conocida pertenece a una obra de ficción, verbigracia: El Quijote); se embarcó a América con una filosofía de vida picaresca, y alcanzó la mayor fortuna en Cuba durante el siglo XVI. Sus propiedades abarcaban casi la mitad de la isla además de manejar un gran poder político. La manera en que Porcallo se hizo de tal riqueza se dirimió entre dos metodologías: el robo y el engaño. Estrategias que no sólo realizó en contra de los indios, sino también para burlar a la Corona y la Iglesia.
Sabido es que desde las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas en dicha villa construida por los Reyes Católicos a las puertas de Granada; toda propiedad descubierta por Colón en América pasaría en lo fundamental a las arcas del gobierno de Castilla. También el Catolicismo tomaba parte en el asunto, esgrimiendo el derecho divino a construir un imperio en la Tierra tan universal como el planeta mismo; reflejo pedestre del celeste Paraíso. Si los conquistadores respetaban al pie de la letra lo dispuesto por los reyes, nunca llegarían a implantar la política directa y feudal que ya aprendieron desde España. La mayoría de los iberos eran hidalgos pobres, cuya ambición consistía en establecer un sistema-réplica del que ellos habían sufrido en tierras patrias. Por tanto, hasta las capitulaciones famosas debieron ser esquivadas. Hubo jefes conquistadores que escondían sus feudos, otros no declaraban exactamente las propiedades. Algunos mentían sobre la importancia de determinado pedazo de continente, o acerca de la presencia del oro en los ríos recién descubiertos. Pero el caso más sonado de toda la colonización americana fue el del hombre que escondió una ciudad, se trató del pícaro Porcallo, quien al fundar San Juan de los Remedios hacia 1514 no la declara ante la Corona como una “villa”. Se ahorró así el pago de impuestos, las dádivas de terrenos a la Iglesia y el Estado, así como la intromisión de autoridades en una actividad ilícita que pronto degeneró en contrabando y comercio con el enemigo.
En sus inicios, remontados al 3 de mayo de 1513, Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo; contó con el asiento de cien hombres blancos con sus caballos, además de una cercana población  india muy numerosa. Por su posición, en medio de la  bahía de Buenavista y en la costa norte, resultaba estratégico puerto. Punto intermedio entre Occidente y Oriente, inicio de muchas partidas para la conquista de Norteamérica. Plaza fácil de defender y dura de tomar por asalto por la gran cantidad de bosques que le servían de murallas. Sin dudas un feudo plácido, adonde Porcallo se retiraba tranquilo, en medio de una vida llena de comodidades. A pesar de que Diego Velázquez conocía del primer asiento de Remedios, que ya aparece en documentos a partir del paso por él en 1513 de Juan de Grijalba, Bartolomé de las Casas y Pánfilo de Narváez; nada ocurre con la “finquita” pues todos los adelantados andaban en lo mismo, y una mano lavaba la otra.
Existen atestiguaciones de que producto del intenso contrabando, Santa Cruz fue un pueblo muy próspero. Más que otras ciudades que en este periodo hasta quedaron despobladas, como Trinidad, a causa de los ataques de los enemigos europeos. Sin embargo el primer foco de remedianos siguió sin  ser reconocido villa hasta 1545. En dicha fecha y ya pasados los años duros del gobierno de Porcallo, se hace el traslado del pueblo hasta el lugar de hoy día. En misa solemne en la actual Iglesia Mayor, se constituye cabildo y se emite el nuevo nombre: San Juan de los Remedios, en honor a Juan el Bautista. La mudanza se pensó como un remedio ante tanto aislamiento del mundo, y también a causa de los ataques de los corsarios y los piratas al antiguo asiento, más próximo al mar.
Todavía esa demora de Porcallo, aquella ambición desmedida, el alma carroñera del noble asesino; viaja en el tiempo y nos coloca como la última entre las ocho villas cubanas. Y con ello devino quizás su menosprecio frente a otras reconocidas como “primadas”. Resulta que le seguimos creyendo más a las actas del gobierno español del siglo XVI, que a los registros eventuales de nuestra propia historia. Peor aún, pareciera que el poder colonial de ayer aún tiene alguna influencia entre nosotros.  Aquel fue el primer relego que hoy nos hace ciudad de segunda, bastarda entre tantas supuestas villas legítimas.
La segunda ocasión en que Remedios fue víctima de la codicia ocurrió en el siglo XVII. Hacia la segunda mitad de dicha centuria oficiaba en el pueblo el cura inquisidor José González de la Cruz, un criollo muy pillo, que aprendió de sus padres españoles el arte del engaño. Sus propiedades fundamentales se situaban en el hato de Cupey, a alguna distancia del actual asiento remediano. Fincas que debido a su lejanía, debía atender con desmedro y que carecían de la mano de obra necesaria para el desbroce. De la Cruz ideó un traslado de los vecinos para beneficio suyo, empeño que generó una disputa con el padre Bejerano, de ambición similar. Las peleas locales, los retos y las divisiones lastraron la cotidianidad. Finalmente el cura inquisidor hizo uso de la autoridad que le otorgaba el Santo Oficio y exorcizó en 1682 a la esclava Leonarda, hecho que quedó registrado en las actas de la época, ante la presencia de autoridades y una gran masa del pueblo llano. El propio Lucifer habló por boca de la mujer, y declaró maldito el asiento remediano pues a un km había una Boca del Infierno, cueva conocida como Boquerón. Muchas legiones de demonios caerían sobre la ciudad, para hacerla pagar la culpa de sus padres (léase, los robos, violaciones y asesinatos de tipos como Porcallo).
El acontecimiento no tuvo precedentes en el devenir de Cuba, quedó registrado por el Sabio Fernando Ortiz en un libro llamado “Historia de una pelea cubana contra los demonios”, ensayo llevado al cine por el genial Tomás Gutiérrez Alea.  El obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz en su “Historia de la isla y la Catedral de Cuba”, califica el hecho de comedia digna de ser representada en un tablado. Pero más allá del humorismo que hoy pudiera suscitar, aquello determinó el éxodo de una parte importante de la población remediana hacia el hato de Antón Díaz y el surgimiento en 1689 de la ciudad de Santa Clara. Periodo en que Remedios mantuvo su status de villa contra viento y marea, sufriendo los ataques de los antiguos vecinos, ahora enemigos del “pueblo viejo”. Hasta un incendio en 1691 asoló el asiento de Porcallo, el cual se realizó intencionalmente, y dejó en pie sólo la Iglesia y la Casa de un Gobernador.
Estudios sobre urbanismo establecen como verdad que Remedios entró en una profunda crisis tras aquella guerra con Santa Clara. Perdió parte de su territorio jurisdiccional y enfrentó la enconada resistencia de sus ingratos hijos. La ciudad existió, pero aún más escondida. Ya para la segunda mitad del siglo XIX, sólo el boom del azúcar la reaviva.  Se construye su actual centro histórico y se remozan los viejos edificios. Todo el brillo colonial surge en dicha etapa, así como el arte y el periodismo más destacado del centro del país hacia 1852. Pero la llegada del ferrocarril hasta el puerto de Caibarién y la creciente importancia de la Villa Blanca, mermaron la vida económica remediana. Ya hacia 1878 Remedios entra en recesión. De hecho adopta la misma forma urbanística que hoy podemos apreciar, con un inmenso estado de conservación. Al punto de ser modelo en Cuba de su tipología constructiva.
La ciudad maldita, escondida, robada; no disfrutará del mismo bombo y platillo que sus hermanas más ricas y pobladas. Los fantasmas del pasado la jalonan, Porcallo y las capitulaciones de Santa Fe dictan sus leyes.  Sólo se salva ante el conjuro de la historia. Nada más sus valores patrimoniales la hacen original. Un amigo me decía que San Juan de los Remedios acompañaba a Cuba como una viejita silenciosa, desde los inicios. Es la hora de que los hombres nuevos de América no reneguemos de esa madre de delantal sucio y rostro aindiado. Quizás estemos juzgándonos desde cánones europeizantes. Olvidamos que antes de Santa Clara, primero que Remedios, anterior a Santa Cruz de la Sabana; estuvo siempre la ciudad con toda su historia potencial. Pero no la vimos entonces, ni aún hoy la valoramos en muchos sentidos.