30 jun. 2014

¡Tremendo paquetón!



¿Cómo acabar con el tedio de las horas, sin caer en actividades vacías o dañinas? La fórmula parece difícil, cuando una juventud bastante abarcadora apuesta por quedarse en casa con el famoso paquete. Elección que además hacen otras generaciones, llevadas del gusto recientísimo por una banalidad vestida de lujo, un oropel sin mérito y con muchas tachas. Porque si malo es no tener en qué aprovechar la vida, peor resulta llevarla por caminos que la maltrechen.
Claro, se objetará que cada uno tiene derecho a consumir un producto determinado, pues ello cae en el plano personal de la libertad. Además en gustos y colores nada hay absoluto. Quienes así hablan, amparados en un sentido común inobjetable, evidencian una vez más que de buenos preceptos se viste el mal. Porque consumir el paquete de forma acrítica, no funcional, nos lleva a una fórmula alienante y auto anuladora. Sin dudas, este reciclaje semanal responde a líneas contrarias al crecimiento de la exigencia de los públicos.
Porque parecen cosas “nuevas” de paquete; nos conformamos con recibir más de lo mismo. Esperamos la novelita o la serie de moda, y frente a la pantalla quedamos hipnotizados por horas. Nadie podrá sacarnos de ese mundo idílico, de una belleza más bien “plasticona”. El crecimiento se detiene en esa edad sin edad, que es el mundo de las encuestas de mercado y el engranaje pasivo. En aquel paraíso de silicona las imágenes nos enseñan a aceptar el Nunca Jamás de unas propuestas que simulan ser “nuevas” de paquete.
Claro que a veces, las menos, hay algunas películas de recién promoción que uno disfruta. Pero son como puntos negros en medio de una noche sin luna ni estrellas. El paquete resulta tremendo paquetón, para los que no lo asumimos como una cápsula semanal, un somnífero. Y no vengan con esa visión hedonista o medio epicúrea del consumo, acerca de que el cine debe primero entretener y luego enseñar. Como si el buen arte no llevara implícitas ambas funciones desde tiempos inmemoriales. Conozco personas que basadas en una sublimación del mercado llegan a medir la calidad de un filme según los siguientes parámetros: 1-Nivel de violencia (tiene que haber patadas, golpes de todo tipo, disparos y grandes explosiones, preferiblemente choques de tránsito que impliquen brasas de candela y quemaduras mortales); 2-Nivel de sexo (nada de erotismo, un poco de imaginación y la fórmula del éxito comercial se pierde).
El paquete me preocupa más porque representa el gusto de una gran mayoría, como lo prueba su extensión en redes del consumo no formalizado. Quiere decir que la solución dista del marco prohibitivo, como creería cualquier Torquemada de turno. No sólo porque la supresión incentiva aquello que quiere eliminar; sino porque se trata ante todo de subsanar un daño antropológico de grandes consecuencias en nuestro sistema de valores. Que la gente sublime a la Dra. Polo, las explosiones sin sentido y la violencia gratuita, nos indica por dónde andan los cánones mentales de lo correcto y lo imitable. O sea, cuáles son los superhéroes del momento.
Prohibir sólo elevaría a esos personajes y situaciones a la altura de bondadosos entretenimientos, y colocaría en el plano de los injustos (los malos de la película) a quienes pensamos en una mejor recepción cultural. Dicho fortalecimiento del rol malo-bueno funciona como un catalizador que pierde nuestras intenciones constructivas, e impulsa al público al consumo compulsivo. La solución estará en brindar alternativas más brillantes y audaces. La misión que tienen el arte y los difusores del mismo impacta en la construcción de un ideario. Dejar esa función en manos no preparadas, indolentes o detenidas en el Nuca Jamás del paquete; sólo comprometerá más el futuro de la mente nacional.
Hay momentos de pensar, también de escribir y señalar. Pero el tiempo de actuar en pro de la cultura cubana será siempre el presente. Desde una construcción más crítica y abierta de las políticas del sector, podremos defender la soberanía identitaria y colocarnos a la par del mundo, con sus faltas y fortalezas. No creo en la supresión de lo banal como única vía para su superación; sino en la sublimación de lo más sublime: la conciencia humana hecha arte. Además, tenemos que respetar aun a aquellos que se decidan por el consumo vacío, porque es su libre elección. Creo no obstante que con inteligencia, trabajo y decencia, podremos generar formas alternativas que enflaquezcan las filas del mercado. Desde un ejercicio de persuasión, que no de fuerza, vendrá la política cultural necesaria. Y para llegar a tal punto tenemos los intelectuales la misión de no cansarnos de generar ideas constructivas.
De la pasividad, la falta de fe en el hombre, la caída de paradigmas, la desestructuración de supuestos; sale este paquete. Para oponernos, sólo hay que colocarse en la esquina contraria. La nueva propuesta de consumo nacional aún no aparece, pero cuando nazca deberá hacerse reconocible por lo diferente y atractiva. Los públicos históricamente recibieron el buen arte, de la desconfianza acerca del gusto popular y la manipulación se alimenta el canon de hoy. No pensemos que la gente de a pie sólo absorbe mensajes soñolientos, vacíos, o de una violencia mediocre. El mercado instaló esos gustos, y tal tarea fue difícil: necesitó de millones de dólares, estructuras de trabajo, industrias, talentos pagados. Y aún así quedamos fuerzas resistentes que creemos en el verdadero arte. Sin un público activo nada existiría, porque de las grandes y originales ideas se nutre la humanidad. Las leyes más elementales de la evolución contradicen la maña de sublimar las fórmulas reiteradas y carentes de meta. El camino está en retomar nuestro camino, y que ese público, libre al fin de los gritos de la Dra. Polo y el ruido de las explosiones; pueda decir incrédulo ante tanta fanfarria: ¡Tremendo paquetón!