18 dic. 2012

Mi última parrandita

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Recuerdos de la infancia
Ah!! La parrandita. ¡Cuántos recuerdos de mi reciente infancia! Recorríamos el pueblo con un piquete de latas y cubos plásticos, lanzando pequeños petardos. Yo con mi bandera roja del gallo y los socios del barrio que no paraban de cantar la rumbita sansarí: “ay malembe, ni se rinden ni se venden”.  También estaban los carmelitas, con un grupo bastante nutrido y la enseña del gavilán. ¡Ni hablar de lo que sucedía cuando ambos bandos nos topábamos! Allí el choteo alcanzaba ribetes de pelea seria, de pleitesía patriótica. Eran los tiempos de felicidad, allá por el año 99 o 2000. Época de mi temprana adolescencia, de la última infancia. Aquellos dorados doce años.
Los dorados 12 años
Por la noche adornábamos la cuadra con símbolos de nuestros respectivos barrios, además de exponer los trabajitos de plaza y las carrozas que con la ayuda de los mayores habíamos confeccionado. Recuerdo con especial cariño una pieza de poliespuma forrada en papel verde, cuya hechura contó con todo el encanto y la ingenuidad de aquellos años. Tenía hasta una pecera con algunos peleadores dentro, iluminada con bombillas de colores. Todos los visitantes a la parrandita tenían que hacer con aquella invención. Porque la cuadra se llenaba de gente: vecinos, socios de la escuela, extranjeros…
Siento mucha nostalgia por una infancia tan sana, cuando hechos tan simples eran capaces de mover nuestra imaginación hasta límites impensables. No había allí reguetón, ni el sexo descarnado y comercial que hoy nos invade. Se respiraba una igualdad, una curiosidad naturales. La muchachita de mi aula que tanto quise, mi primera novia, tomaba aquello como un juego más. Muy lejos estábamos entonces de quemar etapas. Tiempos para disfrutar, años de ensueño.
Todos participaban en la parrandita. Una vecina, mayor ella, no tuvo reparos en salir disfrazada con peluca y careta, encarnando el personaje principal de nuestra carroza. Otros usaban capas y trajes hechos de tiras de tela, a la manera de muñecones. Mientras, los padres, siempre cuidadosos, se dedicaban a lanzar los escasísimos voladores de que disponíamos. Porque se trataba de algo espontáneo, nadie nunca planificó aquel divertimento. Simplemente estábamos jugando y un día a mí o a otro se nos ocurría decir: “caballero, hagamos una parrandita”. Así de fácil.
Esa noche yo fungía como el presidente de San Salvador y la gente por chivar me gritaba: “¡Míster president!” Muy horondo iba con mi bandera, dirigiendo la ofensiva de nuestro barrio, y los contrarios igual. Aunque debo confesar que la mayor parte de los niños de la cuadra me seguían ciegamente. Los demás eran simples guerrilleros que apenas si podían ripostar algún que otro ataque. ¡La libertad que se respiraba, el amor por la tradición, esa juventud impetuosa y llena de esperanzas, despreocupada!
Los pantaloncitos cortos
Usábamos ropas muy sencillas, yo con mis pantalones cortos de niño bueno y una pañoleta con la enseña del gallo. El resto de la tropa llevando una indumentaria parecida. Porque claro, esas parranditas se hacían en la calle del Paradero, el barrio de los burguesitos. Sólo de vez en cuando nos enfrentábamos con los “Candelas”, otra pandilla de niños de la cercana plaza, que gozaban quizás de una mayor libertad y padecían de una infancia menos protegida.
La última parrandita ocurrió  bien entrada mi adolescencia y el cambio en nuestras vidas  era evidente. Contábamos con menos público y aunque me esmeré esa vez en la hechura de un bello trabajito de plaza, dispuse de pocos adeptos que secundaran aquella empresa. Al final fue un éxito, pues recuerdo la curiosidad de los turistas extranjeros, preguntándome la edad y por qué hacía aquello. Para ellos también era un poco raro eso de andar jugando al parrandero, cuando se está en la Secundaria. Traté sin embargo de insuflarles a los niños que por entonces tenían doce y once el amor por salir dando sánsara con latas y petardos. Hice lo que pude por la ingenuidad. 
Pero el monstruo de cien cabezas que todo lo devora, el dinero, poderoso caballero, hizo mucho más. ¿A quién le interesa rescatar episodios tan tiernos? Todos apuestan por un crecimiento rápido, en esta cultura del celular y la yutón. ¡Rrrruuuuunnn!!!! Así se van hoy las adolescencias, con Osmany García de banda sonora. Días prefabricados, imaginación deshecha. Sólo nos queda cerrar los ojos y nostálgicos viajar a aquellas noches de parrandita.
No exagero, pues nunca más se celebraron en el pueblo esas juergas infantiles. Las de ahora son lamentables montajes, planes papeleros previstos por la Casa de Cultura donde no participa la mente del niño. Aún tengo esperanzas en el retorno de la auténtica infancia, como buen nietzscheano apuesto por una eterna e ingenua chispa en el ser humano, que el espejismo de hoy con su estruendo  de altavoces y cervezas no puede apagar.