27 dic. 2012

T y otras obras valiosas



Uno de mis escritos más geniales es el relato “T”, que dice así:
T.
Su composición demoró diez años. Recuerdo con cuánta pasión hice los dos trazos (vertical y horizontal) que forman el corpus del texto. Luego estuve meses obnubilado, contemplando místicamente el fruto de mis esfuerzos, antes de proseguir con el resto de mi ópera prima: el libro de relatos “Alfabeto”. Así pasé brillantemente de la C a la K, incluso de la J a la Ch. Experimentos que dejaron sin palabras a los críticos. El sublime colofón de la obra maestra, “Z”, lo dicté desde la cama, paralizado por la artritis general que me provocaron tantos meses de intenso trabajo. Aunque en el estudio comparativo “ABCD, una aproximación semiótica al pez morsa” de P.Z. Morse, se critica la forma excesivamente oblicua del trazo de la Z, alegando un interés manierista por reflejar el conflicto interno de los calzoncillos blancos del Tíbet.   
El siguiente proyecto se llamó “Signos de puntuación” y fue rechazado por el lingüista A. Embud, quien me acusó de plagiar su obra “Glug o la onomatopeya del embudo”, que contiene un acápite sobre el Período Azul del Punto y Coma, al que yo apenas hago referencia en el pasaje “El irracional vómito añil de la pausa semilarga”. El asunto se llevó ante los tribunales, donde el juez E.P.D. Matius nos mandó a dibujar a cada uno, un punto y coma azul, luego se reunió con el jurado para ver cuál de las dos pinturas captaba mejor el aura empirista de su muela cariada. Durante la última sesión del juicio, el jurado declaró que no se podría dar un veredicto, hasta que el juez definiera, a priori, si la naturaleza del Ser era cognoscible para su perro salchicha. 
La polémica suscitó opiniones enconadas, unos eran partidarios de la forma ligeramente inclinada de mi punto y coma, otros defendían la rectitud del trazo de A. Embud. Los Rectos y los Inclinados formaron sus respectivos partidos políticos y fueron a elecciones. Las dos campañas se basaban en “el peligro que significaría para los valores de la sociedad, la proliferación de la forma incorrecta de trazar el punto y coma”. Los mítines públicos acababan en riñas sangrientas, donde los miembros de un bando intentaban tatuar su visión particular del punto y coma en la piel de sus enemigos. El día del escrutinio electoral, los votantes acudieron disciplinados a las urnas, sólo se escucharon algunas explosiones y disparos en la región limítrofe de la ciudad entre el territorio recto y el inclinado. Ante el evidente empate, ambos partidos se acusaron de fraude y comenzó la guerra civil. Hubo miles de muertos, el resto de las naciones, conmovidas, se reunieron para buscar una solución pacífica al conflicto caligráfico. 
En el debate internacional, un grupo de países izquierdistas se declaró repentinamente partidario de los inclinados, alegando que los rectos querían imponer su visión recta de la democracia, cuando eran los primeros en violar tal rectitud. Ipso facto, el embajador de un país de derecha acusó a los inclinados de faltar a los principios internacionales, recogidos en la Declaración Universal: “Todos los hombres son creados iguales en rectitud”.  Las discusiones subieron de tono, con peligro de guerra nuclear, así que la reunión se disolvió sin llegar a un acuerdo.
El territorio nacional quedaba dividido en dos países opuestos en esencia: los inclinados asumieron como Carta Magna mi libro “Signos de puntuación” y los rectos, el ensayo “Glug o la onomatopeya del embudo” de A. Embud. A esas alturas, yo y Embud no sólo éramos amigos, sino que decidimos respetar nuestras visiones caligráficas contrapuestas y escribir la autobiografía a cuatro manos “Embudo y trazo inclinado, una visión paradójica de las cebras hawaianas”. Dicha obra se convirtió en el Best seller de un tercer grupo mundial, que se decía alternativo ante los dos grandes bloques de naciones ya por entonces contrapuestas (inclinados y rectos): los sinuosos. 
Así que decidí continuar escribiendo el resto de mis magnas obras.
En el ensayo fenomenológico y cuasiholístico “Márgenes y Sangrías” evidencié una inquietud inédita por las proporciones divinas de la hoja de escribir. Según el semiótico kosovar Yoán Bach E., “la obra marca un punto de giro en la literatura contemporánea, pues demuestra el parentesco genético entre Hegel y los cantantes de rap maniqueos”. Un primer tomo está dedicado al margen, su esencia conceptual, los límites de su conocimiento. Luego de un último capítulo “Margen, ética y chorizos”, coloco en el epílogo el sumun teórico del libro: setecientas tesis filosóficas sobre el uso del margen en los rollos del papel sanitario. En su análisis moral del té asiático, el genio chino de doce años G.Young cree ver en la milenaria antología poética “Al margen de toda lógica”, un antecedente de mi visión del universo. Seguramente obvió la salida del segundo tomo dedicado a la sangría, donde desmiento cada una de las setecientas tesis antes enunciadas, y establezco un imperativo categórico que a la vez las resume y las reafirma como ciertas. 
Mientras impartía una conferencia en la universidad sobre “Márgenes y Sangrías”, se produjo un debate entre los estudiantes acerca del carácter kantiano del diseño de la cubierta del libro. Quise decirles que en realidad el diseño era spinoziano, con pespuntes presocráticos, pero ellos no me dejaban hablar, se interrumpían, insultándose caóticamente en lengua copta. La discusión terminó cuando anuncié que mi próxima obra versaría sobre la cubierta. 
“Cubierta” es un libro sin precedentes y, aunque sólo está compuesto por la cubierta, su escritura me dejó exhausto. Esta vez nadie se atrevió a cuestionar mi originalidad. Sólo P.Z. Morse intentó un fallido ensayo sobre lo intertextual de “Cubierta” con las servilletas usadas: “Los peces morsas voladores y los paratextos incendiarios”. Por entonces surgió un grupo de místicos que se negaban a comer mamut y leían incesantemente mis escritos. En una de las cartas que recibí de esa gente, se describían como seres andróginos, conocedores del secreto de la anguila naranja. 
El juez que atendió la disputa entre Embud y yo, había logrado que la naturaleza del Ser fuera cognoscible para su perro salchicha. Estaba en condiciones de dar el veredicto tan largamente esperado como solución al conflicto entre rectos e inclinados. La noticia creó revuelo, los ejércitos se movilizaron en las fronteras, los profetas anunciaron la paz perpetua y la leche agria. El día pactado, seguidores de una y otra postura se colocaron a ambos lados del juez, sacándose la lengua a cada rato. A los sinuosos no los dejaron entrar, y estuvieron toda la sesión desinformados, lanzando ladrillos contras las policías recta e inclinada, fumando marihuana y tocando guitarra. Yo y Embud también acudimos al juicio, pero nuestro caso parecía olvidado, todo se dirimía entre inclinados y rectos. Cuando el juez anunció que tanto unos como otros se equivocaban, se armó un gran tiroteo y, aunque su perro trató de salvarlo, el magistrado de la justicia fue el primero en caer. Ni siquiera el surgimiento de una cuarta postura pacifista, liderada por el perro del juez, evitó que estallara la guerra nuclear.
Ya llevo meses viviendo con el grupo de místicos, desde que se destruyera la civilización. No me han explicado por qué no comen mamut, ni en qué consiste el secreto de la anguila naranja, pero dicen que mis obras, conservadas por ellos en medio de la selva, son la única literatura que se salvó para la posteridad y que sobre la base de esos libros se levantará el futuro.