14 ene. 2013

Cazando indios con Quentin Tarantino


Quizás el lector no sepa que Quentin Tarantino es medio indio piel roja, antepasado al que debe su amor por los cueros cabelludos y la sangre. Cuando lo invité a una cacería inusual, él, encantado, me acompañó: se trataba de un juego de video donde le disparábamos a unos siouxs cabalgantes. En la primera ronda yo le llevaba dos indios de ventaja, hasta que Quentin con tremendo encabronamiento, se puso un sombrero y una estrella de sheriff y tomó la delantera. 
Ya en otra ocasión nos fajamos a escribir historias estrafalarias y él me ganó, concibiendo un argumento donde un grupo de espías aliados logra matar a Hitler en un cine francés y detener así la Segunda Guerra Mundial.  Este relato superaba por mucho mi anoréxica reflexión sobre un extraño Dr. A. Embud, autor de la teoría del Pez Morsa, o sea un planteamiento que supera las Leyes de Murphy, negándolas y afirmándolas a la vez, infinitamente. Un total fracaso. 
Lo de los indios vino porque quise tomar revancha del asunto de los argumentos. Tarantino tiene una personalidad obsesiva con las peleas, nunca he podido vencerlo. Quizás por ello no acepto sus invitaciones al Festival de Samuráis de Kioto, donde los perdedores terminan en el mejor de los casos con un miembro amputado. Fui yo mismo quien avizoró el gusto de mi director de cine favorito por los implementos de muerte. Sin embargo me quedé boquiabierto ante el nivel de exquisitez alcanzado en “Inglorius Bastards”, cuando un honorable oficial alemán muere a manos de un experto bateador de origen judío. 
Uno termina la película odiando a los aliados, detestando a Churchill, con su asquerosa mascá de tabaco. Quise tomarle la delantera al director escribiendo un contraargumento, otra ficción distópica que narrara la peli de Quentin a la inversa. Allí Inglaterra es invadida por nazis montados en globos de cumpleaños, mientras el almirantazgo británico se mece en un cachumbambé de los jardines reales tarareando una vieja canción: “Me quiere, no me quiere”. Finalmente aparecen el rey Jorge y la princesa Isabel desnudos y cantan el himno frente a la Cámara de los Comunes, que discute si entregar el país o irse de camping. El drama histórico cerraría con un desfile de la victoria alemana por las calles de Londres, al ritmo de la arrolladora conga cubana de la chancleta que canta: “Tú que me decías que Guayabo no salía más….” 
La idea le disgustó a Tarantino y de un tajo de su sable partió a la mitad la copia del libreto que le enseñé. Sin embargo, por chivar, le llevé la historia a Spielberg, quien sólo sugirió la inclusión de una escena con extraterrestres o, de lo contrario, la trama perdía verosimilitud. No tuve en cuenta tal parecer, como tampoco el de recrear una escena conceptual a lo Stanley Kubrick, cuyos significados se perdieran en el mar de la semiótica cinematográfica. En definitiva lo mío era meterle envidia a Quentin y creo que lo logré. 
No pensé que dicho guión suscitara el interés del ICAIC, que de inmediato hizo contacto conmigo, pues quería realizar la película en las aguas de la bahía de La Habana. “Ahora Quentin sí se muere de envidia”,  dije. Pero la filmación se me presentaba poco práctica. Por ejemplo: para recrear la Royal Navy sólo contábamos con la lanchita de Regla, mientras que el actor que hacía de Winston Churchill era un gordo reguetonero y alérgico al tabaco, que nunca llegó a entender el libreto (siempre creyó que interpretaba a un tal Cheo o Robe, famoso matón del hampa batistiana).  Terminé por vender el guión y cederle la dirección a Fernando Pérez, capaz de filmar un largometraje usando de presupuesto una col, un traje de babalao y un caracol. Según supe aquella cinta llegó a estrenarse con el nombre de “La vida es silbar” y aunque no tiene que ver con Kubrick, se pierde en las disquisiciones de una bruja voladora.
Pero vuelvo a lo de los indios, Quentin prometió que la próxima vez serían taínos o siboneyes, pues no le hacía gracia eso de matar a sus antepasados. Le dije que estaba bien, pero que tal cosa ya no dependía de los programadores de software cubanos, pues por culpa del bloqueo norteamericano no tienen suficientes tecnologías para fabricar tales videojuegos. Tarantino prometió hacer contacto con Sean Penn, para juntos proponer al Congreso Estadounidense el levantamiento de las restricciones. El actor lo ayudaría, pues gozaba de cierta popularidad en el mundo gay de la política, luego de interpretar magistralmente a Harvey Milk. 
Hasta entonces nos conformaríamos con asesinar indios pieles rojas.  Así, sentados en algún bar de la Habana Vieja, conversamos sobre cine y me he enterado de la mayoría de los chismes, por ejemplo supe que Glen Closse es en verdad un alter ego de Fredie Mercury, de ahí el virtuosismo de la actriz y su capacidad de interpretar al enigmático Albert Nobbs. Ante mi inquietud sobre si Marilyn Monroe estaba muerta, Quentin contestó que nadie estaba seguro, nunca se sabe, pues por ejemplo muchos dan por vivo a Paul McCartney, pero existen pruebas fidedignas que demuestran lo contario. “Pero, ¿y el tipo que salió cantando en la inauguración de las Olimpiadas de Londres?”, pregunté. “Habladurías, pamplinas, efectos especiales y luces de discoteca”, contestó Quentin.
El tiempo ha transcurrido sin que lleguen los indios taínos, y ya hemos masacrado a todas las naciones nativas de Norteamérica. Él con su wínchester y disfrazado de  sheriff, y yo con un vaso de ron y discutiendo de cuestiones como la inmortalidad cangrejera de Sean Conery y la vertiente ocultista del papel higiénico. Recientemente otro videojuego nos llamó la atención, era bastante parecido, sólo que los indios cambiaban por esclavos. Alguien que nos vio prendidos del nuevo software acusó a Tarantino de ser un racista.
“No es la primera vez que lo hacen” me dijo el director de cine “A Clint Eastwood también lo consideran un jodido nazi sureño”. Esto de las razas en Cuba es un poco distinto a los Estados Unidos, y quise explicárselo a Quentin. “Mira, acá no hay negros y blancos, el que no tiene de congo tiene de carabalí, eso dijo hace tiempo un gordo mulatón él, antropólogo”. Pero no me entendió y se puso a concebir un argumento para limpiar su nombre de todo racismo posible. En los primeros borradores era tanta su defensa de la raza negra, que llegó a escribir una historia donde los blancos son la hez del mundo, un subproducto de la aberración natural. Terminó realizando una versión descarada de “El planeta de los simios”. 
Tales esfuerzos dieron por fin su fruto y luego de meses de investigación, de conversar con afrodescendientes, de asistir a bembés y de montársele el santo (además de aparecer en el blog de la Negra Cubana), Quentin Tarantino llegó al guión de “Django se desencadena”, una historia antiesclavista, donde no abandona el tono brutal de siempre.     

Pocos conocen el verdadero origen del nuevo largometraje tarantiniano, por eso escribí esta crónica, aunque los críticos se emperren y empiecen a tildarme de autosuficiente y creyentón. No importa, la verdad se impone y yo sé que algún día tendremos a Quentin entre nosotros, como uno más, filmando una peli sobre indios taínos que se fajan a escribir argumentos extraños, donde un ser del futuro montado en un animal de dos ruedas tiene un accidente y viaja hacia los tiempos del Imperio Azteca. O quizás esa historia infame, sobre un pueblo donde la gente tiene una maldición de cien años y se niegan a dormir. Qué sé yo, Tarantino tiene inventiva y todo lo resuelve con sables de samuráis y venganzas inexplicables, no creo que el próximo largometraje sea la excepción.