11 feb. 2013

Los chamanes del aire

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¡Un momento! ¡Algo sucede! ¡Señoras y caballeros, esto es espeluznante! ¡El extremo más cercano del objeto está comenzando como a pelarse en escamas! ¡La cabecera empieza a dar vueltas como un tornillo! ¡El objeto debe de estar hueco!
HOWARD KOCH

La radio sigue siendo esa tendedera entre humanos que salva distancias enormes, basta con mover el dial y de pronto tenemos a nuestro  lado a un afectivo compañero que nos informa, nos mima y aleja nuestra soledad. Recuerdo en mis años de estudiante la fascinación que sentí por aquella película de Woody Allen, “Días de radio” que narraba las peripecias de una caja mágica en el entorno familiar de una época. Aquel aparatico era la salvación de los misóginos, los solitarios, los soñadores enfermizos.
El film significó para mí una revelación, además de la certeza de un medio que de pronto se me antojaba muy poderoso. Si la lectura nos hace recrear imágenes, aquella voz mística, que provenía de cualquier lugar, ya traía enlatados todo tipo de aventuras, chismes, tragedias, rarezas, locuras. En una era tardía, donde prevalece el internet, añoré los años dorados de la radio, ese ritual de familia, de tribu, de escuchar a un chamán repitiendo poemas o narrándose un mundo paralelo. Uno podía desayunar en presencia de los personajes de Alejandro Dumas, o reflexionar junto a F.D. Roosevelt, o creerse que Superman existía en algún lugar no tan lejano. 
En mi país el fenómeno causó furia, la radio dejó huellas en nuestras vidas. Desde un siniestro castillo habanero se emitían aquellos novelones que paraban el tránsito de las ciudades, provocando amores, odios, revoluciones. Pasajes llenos de chismes dramáticos, que todos tomaban por realidades palpables. Famosos fueron los episodios de “El derecho de nacer”, reproducidos en todos los hogares, llorados por mujeres, niños, hombres. O aquel “Chan Li Poo” que tantos atascos creara en la céntrica Habana republicana. La radio recreaba mundos paralelos, soñados para  amas de casa que se mecían junto al fogón, experimentos que vulgarizaban bellamente a Wagner, a Chopin, a Rachmaninoff y nos alelaban, como drogadictos.    
En las páginas de “La tía Julia y el escribidor” de Mario Vargas Llosa escuché los ecos de aquellos años. El libretista Pedro Camacho encarna al chamán perfecto, proveniente de intricados parajes bolivianos, que micrófono en mano nos deja saber de seres que mueren en un capítulo y aparecen vivos en otro, de personajes cuya existencia real no queda del todo dibujada y vagan por los entresijos de la trama, como ánimas. Desde entonces soy un Varguitas enamorado que busca su doble entre libretos de radio. Ellos también esperaban que les llegara la señal misteriosa desde la Habana, con las últimas aventuras del caballerito de sociedad y la damita pobre.
Aquel deleite provino de una necesidad ancestral de los humanos: la comunicación. Ya no era sólo el escueto puntaje de Morse, ni las largas semanas en barco que atravesaban el Atlántico (con sus naufragios incluidos); allí estaban los chamanes del éter con los partes de la guerra y la sarta de esperanzas y desilusiones correspondientes. La película “El Pianista” de Roman Polanski comienza y termina con una transmisión radial de Chopin, en un nocturno doloroso que representa el traspaso de épocas. Pues de alguna manera la caja mágica funcionaba como tablero, como fantasmagoría, y uno se sentía parte del mundo oyendo de forma directa al gobierno polaco en el exilio, o a De Gaulle desde la Francia Libre alabando a Juana de Arco. La voz, amiga o enemiga, iba rauda en una creciente globalización que presagiaba otros augurios.
Esa fue mi impresión sobre la radio, medio que llegó a construir de manera simultánea y masiva una realidad otra en constante desarrollo. Era imposible sustraerse a sus ondas, como una telaraña primitiva atrapaba a los más cautos. Alguien diría luego de su muerte a manos de la televisión, y la mayoría pregonan su famélica dependencia hacia las tecnologías digitales de la comunicación. Sin embargo no puedo olvidar que la caja mágica funcionó como un primigenio internet, por su magnitud mundial e inmediatez, pero además familiaridad. La radio humanizó el diálogo entre el emisor y el receptor, ya no era el columnista desde su posición inalcanzable o el cronista medio literato del suplemento dominical; sino el periodista-locutor de voz amable.
En mi país la radio funciona a la manera de esa tendedera etérea que nos lleva las últimas noticias del mundo, en boca de personas comunes que comparten sus experiencias e intercambian otras con los oyentes.  La juventud aún la traslada a la playa durante esas juergas donde priman los encuentros y la música moderna. O podemos escucharla en el transporte público urbano, o montados en una guarandinga de un pueblo a otro. En las regiones apartadas las voces se entrecruzan y así todos saben del parto de Fulanita o del matrimonio de Mengano con Zutana. A veces, entre montañas, sintonizamos la emisora comunitaria y podemos escuchar un mensaje tan pintoresco como: “Olegario, te habla Lola tu mujer, para acordarte de que traigas el palmiche cortado a las cinco de la tarde”.
Nos las hemos arreglado para que la radio funcione como una mensajería instantánea al servicio del pueblo. Gracias a esta inmediatez, el medio disfruta de mayor público y credibilidad que sus pares la prensa y la televisión. Tal vez también porque los periodistas están obligados a confrontarse cada día en vivo con sus oyentes, y así no pierden el sentido popular y de arraigo imprescindibles.  
Los chamanes del aire, capaces de curar enfermedades, de modificar realidades o instaurar otras imaginarias; aún tienen mucho poder.  Profesionales y oyentes somos miembros de una tribu que no se detiene, enviando sueños y percepciones a través de esa señal misteriosa, oculta. Poderes que ni siquiera Orson Welles supo dominar, cuando la recreación de un mundo extraterrenal se le hizo demasiado palpable.