5 feb. 2013

Muecas a mí mismo


Cada mañana me levanto y tomo la guagua hasta la emisora donde trabajo, la rutina me lleva luego a internet y las noticias, de ahí a los sectores industriales que atiendo como periodista. La jornada termina en la tarde, de vuelta en la misma girón, listo para repetir la rutina al día siguiente. No me extraña que apenas tenga nada que escribir en mi blog, pero poco importa. Supongo que este es uno de esos post que adolecen de un tema central, y una lógica. Puedo transformarlo en un ejercicio de onanismo, físico o intelectual (incluso ambos); o quizás hacer otro monstruo satírico donde me refiera a la última peluca de Michelle Obama. 
Ya una vez quise pasarme de gracioso y aparecieron por acá un grupo de locos exigiendo mis genitales en un plato dorado. Pero por lo menos no hablaré de Pestano y del posible fracaso de Villa Clara en la pelota. Mejor dejo esto de tener un blog, pues me he dedicado a ser un bufón, a resolverlo todo con algún chiste burlón. Empecé por reírme de mi propia estupidez, bicho raro que vuela a la luz hasta achicharrarse. Terminaré en medio de esa carcajada casaliana, en el banquete de los amigos ¿De qué hablar? ¿De cómo me quedo callado cuando quisiera gritar? O de ese deseo que no confieso y es la raíz freudiana de todo ardor.
Soy un ser enajenado, lo confieso. Me entretengo con una piedra, un pájaro, qué sé yo. Todo contribuye ya a mi adormecimiento, pues hay un cerebro acostumbrado a Delfos, que de pronto regresó a los laberintos de Creta. Sólo resta que su masa informe y fofa vaya a parar a las fauces del minotauro. Para un sicoanalista tal cosa deviene en la antesala de un tumor en el cráneo o algo parecido.  No seré yo quien contradiga a Freud. 
La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco, todavía. Pero ya casi repaso los diálogos sin sentido de los rinocerontes y en mi mente resuenan las notas de La Cantante Calva. En la primera obra un señor muy humano termina gritando frente al espejo, mientras el mundo se llena de criaturas deformes. La segunda pieza constituye un homenaje a las tardes aburridas en que repaso el vacío de mi vida. 
Eugene Ionesco siempre me atrajo y en su música encuentro los acordes del sentido que nos falta. Quiero ir también a ese poblado, visitado por una vieja dama, donde los habitantes se agitan y los secretos dejan de ser. Pero en un pueblo estoy ya y de los más aislados. Todo soñador es como el viento embotellado: una porción pura y enajenada del mundo. Hallarme, encontrar ese ser que defina el onanismo en que navego. Ya todo ejercicio es vano, la mano se cansa, los párrafos se pierden y yo digo que es hora de dejarlo todo y no aburrirlos más por hoy. Aquí termina este post ridículo, con una mueca de mi intelecto retorcido.