19 mar. 2013

Seres de papel

 -->
El cuento está sobre la mesa a medio escribir, lo miro y por su aspecto me parece una obra violenta, llena de malas palabras y sexo. Sin duda propia del Realismo Sucio. Levanta una manita de papel y me saluda, obsceno, haciéndome un gesto con el dedo del medio. Yo no le hago caso. Hace días que decidí no terminarlo, porque le cogí miedo, nadie sabe los males que otro cuento absurdo y malhablado podría traer a este mundo tan jodido ya por los personajes del Marqués de Sade. Ayer mismo las noticias publicaron que uno de esos engendros le practicó una vulva artificial a una prostituta, justo en medio de la espalda y luego copuló por allí con ella. Mi cuento, no bien escuchó todo eso, soltó una sonrisita malvada, confirmando mis temores sobre su personalidad sádica. Las obras literarias de hoy día son propensas al crimen. 
Casi nunca dejo solos a mis cuentos, por miedo a que escapen. Antes, cuando salía me aseguraba de presillar bien sus páginas, y de colocarles encima un cenicero, para inmovilizarlos. Debía velar porque las puntas del papel (que son como sus extremidades) quedaran bien sujetas, un pequeño cepo doméstico. Todo con tal de evitar que el cuento sucio se convierta en un delincuente, en un asesino o en miembro de los cárteles de la droga. Hasta he solicitado a las autoridades la apertura de un expediente por peligrosidad predelictiva, pero no existe ninguna legislación sobre crímenes cometidos por personajes literarios, ni siquiera en el caso de caracteres tan peligrosos como los de la novela Las 120 jornadas de Sodoma, que como bien sabemos sentaron un precedente judicial en los tribunales norteamericanos, tras los Incidentes de Washington. Días fatídicos en los que el Congreso de los Estados Unidos fue desvirgado de 120 maneras distintas. Todo el mundo sabe cómo lograron aquellos personajes de ficción eludir espectacularmente la justicia, y que no resulta descabellado pensar que estén ahora refugiados en nuestro país, con la anuencia irresponsable de algunos escritores del patio. El auge del Realismo Sucio ha sido el culpable de todo. 
Mi amigo Pedro Juan, autor de innumerables historias escabrosas y gran impulsor del género en Cuba, había tomado como yo conciencia del asunto. Ambos nos pusimos de acuerdo en un inicio para no escribir más cuentos sucios, pero resultaba imposible. Está en el aura del ambiente. No bien tomábamos la pluma, y sólo podíamos parir algún alcoholizado violador de niños que vive en las cañerías de Centro Habana o a una memorable negra chancletera que ha matado a tres maridos, con su plancha eléctrica; por sólo mencionar dos personajes tipo, de los menos temibles. Incluso en una ocasión y en medio de nuestro desespero decidimos renunciar a la escritura, si eso evitaba la muerte de personas inocentes y reducir los índices de criminalidad. Aguantamos pocos días en tal situación. Ya a punto de enloquecer, Pedro Juan y yo cedimos, al principio levemente, redactando haikús y luego poemas pequeños, pero de gran refinamiento. Recuerdo que entonces pensamos dedicarnos a la poesía, pues por su naturaleza más delicada, la creíamos incapaz de ningún crimen. Sin embargo, comenzaron a aparecer cadáveres por todos lados, diseccionados con elegancia y maestría casi melancólicas, propias de cualquier soneto o verso libre que se respete.  En lo adelante no reprimimos más nuestro impulso creador, al contrario, cedimos siempre al aura del ambiente, y nuestras historias han sido más sucias que nunca. Pero siempre hay que tomar medidas de seguridad con tales obras, mi amigo las sumergía en una pecera gigantesca, tapada con una plancha de plomo de 2 toneladas, por eso desde afuera, a través del cristal, los cuentos de Pedro Juan lucían como un reservorio de infinitos alacranes. Yo coloco los míos en estos pequeños cepos hechos con presillas de acero inoxidable. El método es menos espectacular, pero me permite tenerlos más a la vista. Así puedo contarlos cada mañana y verificar si falta alguno, también converso con ellos, a veces, cuando se deciden a hablar, pero no dicen más que groserías.  
Este último me ha salido realmente horrible. Pero no al estilo de un personaje del Marqués de Sade, sino de una peligrosidad más sutil y devastadora. Infantil. Se trata de una muchachita, de unos trece años, rubia, que me incita a violarla. No me lo dice directamente, pero su intención resulta indiscutible. Varias veces me ha mirado con ese pestañear provocador de las niñas precoces que desean ser penetradas salvajemente.  Me muestra su sexo abierto, incipiente y yo hago esfuerzos para no caer en la tentación. Bien sé que como mismo no hay leyes que condenen los crímenes de los personajes literarios, tampoco hay otras que los protejan y que yo podría desvirgar a esta criatura de papel y tinta sin enfrentar mayores contratiempos con la justicia. Pero eso es justamente lo que estos seres quieren: que te vuelvas como ellos. Más aún, ahí recae su aspiración máxima, su razón de existir. Porque, si yo me convierto en un violador perderé moral y potestad frente a mis demás prisioneros y tendría que dejarlos en libertad, con toda la carga destructiva que ello significa. 
Pedro Juan también descubrió dicha coartada y rechazó todo ofrecimiento sucio proveniente de su población de alacranes. Últimamente le propusieron pitos de marihuana, lavados de dinero, ganancias ilícitas habidas en la pornografía infantil. Incluso intentaron nombrarlo capo de algún destacado cártel. Pero él, como yo, no hacía caso y luego de parir aquellas abominaciones, las colocaba en su pecera para alacranes. Ante nuestra posición vertical, muy pocas esperanzas podían tener los cuentos sucios de lograr su ansiada libertad. Sólo existía un camino para que alcanzaran tal cosa y era renunciando a su naturaleza transgresora. Pero entonces ya no representarían un peligro. Conviene no obstante recalcar que el Realismo Sucio está en el aura del ambiente y que como mismo no podemos escribir sobre otra cosa, tampoco es posible que nuestras obras renuncien a su naturaleza maquiavélica. Por tanto tal vía de reconciliación y libertad queda descartada. 
Ahora bien, lo que sí pueden estos cuentos es engañarnos. La simulación está entre sus virtudes delincuenciales. No les resultaría difícil hacerse pasar  por gente decente, padres de familia trabajadores y amas de casa, para luego salir por ahí a incendiar toda la ciudad. Se lo dije a Pedro Juan, pero en tal punto diferimos por primera vez en muchos años. Él no dudaba que nuestros escritos tuvieran la posibilidad de camuflarse bajo un disfraz de santidad, pero tampoco creía que una obra literaria fuera capaz de engañar a su autor. Tal cosa le pareció violatoria de los principios básicos del arte.
Y tuvimos varias discusiones Pedro y yo acerca de este asunto. Como resultado nuestras diferencias se acentuaron, poniendo en riesgo una amistad cuyo mantenimiento devino en vital para la literatura de este país. ¡Supuse entonces con terror que Pedro Juan, sólo para irme a la contraria, dejara libre a alguno de sus cuentos! Porque una vez que esto sucediera y ocurrieran los cataclismos inevitables, mi amigo perdería potestad y moral frente a sus demás prisioneros, teniendo luego que soltar la manada de alacranes. No quise ni pensarlo, me pareció esencial el restablecimiento de nuestras relaciones, pero después de la última discusión acerca de la esencia de la obra de arte había dejado de visitarme. No salía de su casa, se pasaba los días escuchando música clásica o viendo en su DVD documentales sobre la pintura de Miguel Ángel y las novelas de Franz Kafka. Al menos eso es lo que oyeron durante meses los vecinos de su barrio. 
La ausencia de Pedro Juan llegó a preocuparme muchísimo, porque sólo yo sé lo que puede ocurrirle a un escritor solitario en su apartamento, rodeado de alacranes literarios. Varias veces merodeé su casa, intentando saber algo, pero nada más se escuchaba Las Variaciones Goldberg de Bach y la voz de un locutor narrando los avatares de La Capilla Sixtina. Sólo en una ocasión oí a mi amigo hablando con otra persona. Pero como el tono de la conversación era decente y no sentí ningún forcejeo o mala palabra, descarté cualquier tipo de situación peligrosa.
Yo no había renunciado a que Pedro Juan y yo restableciéramos relaciones, de hecho lo llamé varias veces al día, pero él nunca levantaba el auricular. Durante noches un solo pensamiento me dio vueltas: quién era el visitante de mi amigo, cuya voz se me antojaba tan decente, culta, alejada de cualquier registro marginal. Sólo existe otra persona en el mundo capaz de competir con Pedro Juan en cuanto a soledad: yo. Por eso me extrañó que de pronto él estuviera socializando, ese cambio repentino. Al cabo, encontré una explicación al asunto en las dotes histriónicas de mi amigo, capaz de doblar hasta cincuenta voces diferentes. El acertijo quedó momentáneamente solucionado, la supuesta visita no era más que un desdoblamiento de él mismo. 
Hace unos días me había concentrado en escribir y vigilar a mis prisioneros. Casi ni pensaba en el reservorio de alacranes. Hasta que recibí una llamada de Pedro Juan. Me alegré de oírlo vivo y más animado que nunca. Según él, eso se debía a su nueva amistad, una persona culta y decente, de conversación exquisita. Confieso que no sólo sentí celos, sino envidia, pues ahora yo pasaba al primer puesto entre los más solitarios del mundo. Sentimientos que pronto se disiparon, cuando le pedí referencias acerca de ese amigo suyo. Entusiasmado, me contestó que se trataba de un personaje de ficción, pero diferente, no sucio, no asesino, sino humanista, impropio del aura de estos tiempos, proveniente del Renacimiento. Pedro Juan me dijo que para crear dicha obra distinta, se encerró durante meses en un ambiente anacrónico, empapándose con obras de los viejos maestros y que finalmente se sustrajo del Realismo Sucio. Le grité que era un engaño, un alacrán camuflado, que  lo lanzara de inmediato en la pecera. De nada valieron mis advertencias contra su euforia, mi ingenuo amigo creía en la omnipotencia del autor frente a la obra y me colgó.  
Desesperado, no perdí el tiempo y llamé a la policía, al ministro de cultura, al presidente, al parlamento. Pero ninguna de estas entidades tiene previsto dentro de su objeto social luchar contra las amenazas de un grupo de seres de papel. Convencido de la debacle que sobrevendría, me encerré, aprovisionado con cajas extras de fósforos y velas, así como latas de leche condensada. Y de aquí no me muevo, aunque venga a visitarme Dios mismo. De hecho, varias veces alguien parecido a Pedro Juan ha tocado a la puerta, pero yo no hago caso, pues sé que no se trata de mi amigo, sino todo lo contrario. Mientras observo la aparente indefensión de mis pequeños prisioneros sujetos en sus cepos, pienso en lo terriblemente sofisticados  que pueden llegar a ser.