26 mar. 2013

The last fucking writer


 
Trataba de escribir al menos una línea interesante. Mi historia sería sobre tres tipos que comienzan a beber y de pronto aterriza frente a ellos un platillo lleno de luces, del que sale una chica de grandes caderas y un rostro de película. Pero me detuve al oír la bulla que hacían unos borrachos en el portal de la casa.
–¡Métela, hombre!
–¡No encuentro el agujero!
 Tomé una pistola que siempre guardo debajo de la almohada.
–¡Dejen eso ya par de maricones! –grité y abrí la puerta y di con dos tipos vestidos de  negro con arneses sadomazos, forcejeando en la oscuridad. Les hice diez agujeros a cada uno, luego marqué un número telefónico al azar y me salió una voz femenina:
 –Psiquiátrico Nacional, sí, dígame.
Colgué y volví a marcar varias veces cualquier número, y siempre me respondía la misma mujer:
 
–Sí, Loquero de la República, servicio a domicilio.
Y yo siempre colgaba, silencioso.
Así que están los tres tipos, deslumbrados por una Miss Universo intergaláctica, que se baja de la nave, echa una bocanada de humo verdoso y va hasta la barra para pedir un trago. Muy bien, ella debe tener predilección por los hombres feos y los tres tipos estos son muy lindos, con sus orejitas y naricitas rectas y torneadas. Uno por uno, son rechazados por la chica. Aquí es cuando entro en escena.
TACTACTAC
Tocaban a la puerta. 
Me levanté y abrí. Era un agente de la policía, fue hasta la mesita de la sala, cogió mi botella de alcohol de hospital y se dio un gran trago, luego eructó y dijo:
–¿Dónde está la Bomba Atómica?
Pensé que se refería a alguno de mis cuentos, publicados en revistas pornográficas españolas bajo títulos como: El gran culo dictador, La quimera del culo y Culos modernos.
–No tienes salida, te tenemos rodeado –volvió a decir– mejor nos dices la verdad.
El hombre traía un revólver muy moderno a la cintura, un par de esposas relucientes, una mirilla telescópica con asistencia satelital, bazoocas de rayos laser, un minicañón y dos ametralladoras pesadas colgando en su espalda.
Fui lentamente hacia la cómoda, puse dos balas en mi pistola y le disparé a quemarropa. El ruido debió oírse a kilómetros de allí. Caminé hasta la ventana y vi dos o tres patrullas rodeadas de tipos con fusiles. Saqué la cabeza y grité:
–¡Y la próxima vez que se atrevan a venir les lanzo la Bomba!
Arrancaron a todo motor calle abajo. De nuevo hubo silencio.
Bueno, la chica tiene todos mis gustos: bebe, oye música clásica (Handel sobre todo) y no hace absolutamente nada. Reímos y hablamos durante una hora y allí mismo, bajo las mesas del bar, echamos la mejor templada  de nuestras vidas. Luego la beso y le digo que venga a vivir conmigo, pero ella llora y comienza a decir adiós y a desvanecerse hasta desaparecer. Lanzo una botella contra la cristalería del bar y rompo no sé cuantas copas, el barman sale y me pega con un bate de aluminio. Quedo en el suelo, deshecho, pero vivo, mirando a los tres tipos que ahora ríen y suben a un convertible repleto de rubias semidesnudas que blanden consoladores y otros juguetes sexuales. El carro arranca y deja detrás una nube de humo en forma de $.
Miré hacia afuera. La noche transcurría como siempre. Un hombre lobo aullaba a lo lejos. Había vampiros y momias por todos lados. Saqué un billete de mi bolsillo y pensé, caramba, el último billete. El tipo del billete, uno de pelo largo, con papada y aire aristocrático, pensó sobre mí: caramba, el último escritor.
–Juan, saca al perro para que orine  –dijo alguien en la casa de al lado.
–Pero, Vivian, ese animal me odia.
–¡Haz lo que te ordeno!
–Pero…
–¡Mierda de hombre! ¡Si no lo haces te juro que…! 
Y se oyó una ráfaga de ametralladora y el ruido de muebles y copas y paredes y cosas rompiéndose. El hombre salió al instante, con el perro amarrado a una cadenita. No era un pastor, ni uno de esos monstruos enormes de las películas, sino un chiquilín peludo y adorable que hacía su pis meneando la cola. De pronto, Juan sacó un revólver y apuntó a la mascota, el perro por su parte se detuvo, miró fijamente al dueño y le dijo:
–¡Ni lo intentes!
Después comenzó a crecer y a crecer y a crecer, hasta cobrar el tamaño de la Abadía de Westminster. Tomó al hombrecillo con una de sus gigantescas patas y se lo tragó. Ladró un rato, mientras recobraba su antigua apariencia dulce de perrito casero.
–¿Ya mataste a ese hijoputa? –preguntó Vivian.
–Tráeme un trago –le contestó el perro.
–¿Qué hiciste con el cuerpo y con toda la evidencia?
–No te preocupes, tráeme un trago y quítate la ropa.
TACTACTAC
¡Esa condenada puerta otra vez!, pensé.
TACTACTAC
¡MALDICIÓN! ¡Esa cochina puerta!
PUMPUMPUM
Agarré el hacha y destrocé la puerta.
Ahí estaba Adam Smith, el poeta inédito.  
Se tragó lo que quedaba del alcohol y lanzó la botella a través del cristal de una ventana. Luego, sentado y sonriente, dijo:
–¿Te enteraste? ¡La economía mundial está en recesión!
–¿Y…?
–Bueno, el presidente anunció que ayudaría a su pueblo.
–Mierda –contesté.
–Eso mismo pensé yo. El hecho es que ahora anda por ahí un grupo de sádicos con antorchas quemando a los vagos y a los negros. Acabo de verlos, gritaban algo sobre reducir el tamaño de la población, según planteó un tal Malthus. Tienes que esconderme. 
Adam no era negro, ni blanco, ni nada. Con cuarenta años, pasó su vida entre los bares y los baños públicos, sin trabajar, chupando penes y bebiendo pis. Se creía poeta, pero sólo hablaba de un libro: La riqueza de las naciones de Adam Smith.  
Agarré a Adam, al poeta inadaptado e inédito, por la camisa y lo llevé hasta la bañera, que estaba llena de un agua turbia, donde descansaba un esqueleto humano con pedazos de carne descompuesta aún adheridos. 
–Es el dramaturgo Pirandello –le indiqué.
– ¿Ah, sí? –dijo Adam.
–También lo perseguían para matarlo.
– ¿Quiénes?
–El público, según me explicó, y los críticos de arte y los actores y también seis de sus propios personajes.
 –¡Mierda, ¿por qué?!
–No les gustaba su forma de escribir. Tocó una noche a mi puerta, dijo todo esto y dejé que se escondiera en el baño. Luego me olvidé de él. Hasta hoy.
Adam se quedó ahí, embobecido, mirando al cadáver, mientras yo caminaba silencioso hasta la puerta, salía y los dejaba encerrados para siempre en la bañera.
Un escritor de porquería está obligado a escribir su porquería.
Me levanto, y camino hasta mi casa, pensando en la chica extraterrestre. Entro y hay un tipo sentado en el sofá, frente a la tele, con  los deportes, el béisbol, ganan los azules 3 por cero a los naranjas. Nos miramos, él tiene los ojos condenadamente perdidos. Es la peor mirada del universo, ni un demente total, ni un sicópata asesino en serie y fanático a The Catcher in the Rye miraría de esa forma. Trato de agarrarlo, pero es muy rápido, se escabulle y sale corriendo por una ventana. Me siento. Los naranjas meten un jonrón y ganan el juego y el comentarista de la televisión se deprime, se echa a llorar desconsolado, enloquece y grita que es Napoleón III. Luego me salen escamas en la piel, debajo de los brazos, de los huevos, y luego en la cara y todo el cuerpo. Por la ventana penetra la luz de un platillo, al que soy abducido por un rayo multicolor. En el interior de la nave, me encuentro con la chica del bar, que me besa y volvemos a echar otra gran templada. 
Dejé de escribir y reí como un loco, luego tomé la peluca del siglo XVIII y me la puse y comencé a bailar la Danza India de la Lluvia alrededor de mi botella de alcohol de hospital. Varias veces soñé que llovían chorros de whisky sobre el mundo, y que todos salían a emborracharse y luego terminaban vomitando al mar toda la bebida y los océanos de la tierra eran enormes olas de vómito que sepultaban los continentes. Siempre despertaba cuando, en medio del desastre, aparecía un mono azul vestido con una escafandra y cantando la Carmañola en sánscrito.
Esperé media hora, sentado, sin escribir y sin bailar. Tenía la sensación de que algo importante pasaría, pero no pasó nada.
Seguí con mi historia. El platillo es como un apartamento normal, sólo que accionado por robots. Toda la tripulación tiene aspecto humano, sólo yo sigo deformándome más, hasta ser una masa de carne y escamas que en vez de caminar, rueda y se arrastra por el suelo de la nave. La chica Mis Universo Intergaláctica me abraza y yo le digo:
–¿Por qué parezco un trozo de pescado podrido?  
–En mi planeta todos lucen así.
De inmediato, sus mejillas de rosa empiezan a derretirse y de su piel suave salen unas escamas llenas de una sustancia verdosa y pestilente. Trato de ir al baño a vomitar, pero tengo que hacerlo allí mismo, encima de mi propio cuerpo. Somos como gelatinas sucias y escamosas.
–Así es, querido, somos eso, gelatinas escamosas. Descendemos directamente de las medusas de mar –me explica ella, cuando ya entramos en la órbita de su planeta.
Comenzamos a vivir juntos, al principio todo es amor entre los dos. Pero en ese lugar también hay una crisis económica y cada vez escasea más el dinero. Un día ella llega y me dice que si no encuentro un trabajo tendríamos que separarnos. Así que salgo a la calle y sólo hallo un puesto como mesero de un bar extraterrestre, en las afueras de la capital del planeta de las medusas. La jornada es excesivamente larga, porque el día alienígena dura el triple del día terrestre. Por eso, a  mi cuerpo agotado se le van cayendo los trozos, hasta que sólo me queda un ojo, un brazo y un pie. La economía empeora y la Miss Universo gelatinosa decide dejarme por un corredor de bolsa neptuniano. Termino de esa forma en la calle, en un planeta desconocido, sin esperanzas.
Alguien me llamaba de nuevo, junto a la entrada de la casa.
Busqué mi pistola, pero no pude encontrarla, en su lugar di con el rifle y recordé a Salinger (generalmente se recuerda a Hemingway). Fui hasta una ventana y vi que era el cartero. Un tal Henry Chinaski. Acusándome de plagio intelectual. Apunté bien, a su estómago, y disparé diez veces, el tipo se quedó tirado en el suelo, en medio de un charco de sangre, después se levantó y salió corriendo. 
Me senté delante de mi máquina de escribir. No sabía cómo terminar aquel cuento. Nunca fui bueno haciendo nada. Sólo quedaba el suicidio. Tomé el rifle y lo apoyé dentro de mi boca. Me volé los sesos. Era inútil. Estuve un rato sentado frente al papel en blanco y lleno de sangre y de pedacitos de sesos. Había restos de mi cráneo por todos lados. Miré por la ventana hacia la calle, ya estaba amaneciendo. Un carro con altavoces pasó gritando que se acababa el mundo, que era el fin, el Armagedón. Cerré los ojos.