31 may. 2013

El síndrome de Víctor Mesa y la espada de papel


Víctor acaba de recibir el título de Bocaza Mayor de la Pelota Cubana, no queda dudas de que ya la corona del “más polémico” le quedaba estrecha y el tipo sentía la necesidad de traspasar los límites con una nueva graciecita, en plena trasmisión nacional. ¿La víctima? Un periodista para variar. No quiero meterme ahora a discutir temas beisboleros, ni perderme en disquisiciones sobre la naturaleza deportiva de la pregunta que lanzó mi colega espirituano. Pienso que cualquier interrogante dentro de esta profesión de comunicador es válida, pues el error forma parte esencial de la dialéctica y cometer pifias no nos convierte en ineptos, sino todo lo contrario. Pero no es el caso, creo que la pregunta del periodista estaba en la cuerda y que Víctor debió tener un poquito más de educación en su respuesta.
Para nadie resulta un secreto el lugar de privilegio que tiene el susodicho manager dentro del deporte cubano. Solamente un fool on the Hill (o un oportunista) diría lo contrario. Le han dado todas la facilidades que ninguno en su mismo puesto ha tenido, conste que en este país históricamente hubo grandes figuras de la pelota, muchas de ellas con un recorrido deportivo de mayor calidad y palmarés que Víctor. En cámara (sin ir al estadio) se notan los desplantes verbales y físicos en contra de cualquiera, en medio de espectáculos que presencian millones de seres, gran parte de ellos niños en formación que reciben un pésimo ejemplo. Pero me vuelvo a situar al inicio de este comentario y regreso al affaire con el periodista en la televisión. Hago la pregunta esencial, la que ningún fool on the hill ha formulado (al menos públicamente): ¿qué sería de Víctor Mesa y los demás que mantienen esta actitud hacia nosotros si existiera una ley de prensa?
Hasta el momento no hay una legislación que proteja a periodistas polémicos y cuestionadores de la realidad contra aquellos que desde posturas despóticas nos niegan acceso a las fuentes, o incluso profieren maltratos verbales, desprecios y hasta amenazas. Una vez dije que de seguir sin una ley reguladora de las comunicaciones, la prensa cubana iría quedando cada vez más como una espada de papel frente a los retos de una sociedad cambiante y problémica. Ya está ahí el acceso libre a internet en muchos cibercafés, con altos precios, pero con tendencia a abaratarse y ampliar su impacto en un futuro de servicios domésticos. ¿Seremos competitivos los periodistas cubanos cuando el pueblo no sólo pueda informarse a su antojo, sino informar a otros a conveniencia de intereses?
Quienes se empeñan en mantener el actual limbo legal son los principales responsables de que exista el Síndrome de Víctor Mesa, o sea el jefe prepotente que se siente intocado y dueño absoluto de la verdad. Querer taponar la información no sólo genera situaciones penosas, sino una prensa poco creíble. Por otro lado, es imposible tal cosa, como también lo resulta tapar el sol con un dedo. Bocaza se ha salido con la suya hasta el momento, pero no es el único. Otros pequeños bocones pululan por reuniones y salitas frenando el paso de aquel periodista polémico, quien le presta al país un estimable servicio, a cambio de un salario convencional. La investigación en este caso no sólo prestigia profesionalmente, sino que sirve al bien público. Mucho podría arreglarse en la sociedad a través del periodismo cuestionador.
Claro, que eso lo saben los bocazas, empezando por el propio Víctor, que no es ningún fool on the hill. La batalla por la ley de prensa se está librando en primer lugar contra la presión de los que piensan como él, escudados en viejas posiciones que antes no sé si funcionaron (sospecho que no), pero que hoy dañan la causa común: la defensa del país a través de la verdad y el debate de ideas. Una legislación apropiada delimitaría nuestro trabajo en correspondencia con las funciones de un medio de prensa y su compromiso con el bienestar del pueblo. Ello nos daría mayor soltura y atrevimiento, de lo contrario incluso comentarios como este seguirán siendo fáciles e indefensos blancos para quienes, como Víctor, sufren el mal de la prepotencia. En un país donde se conquistó toda la justicia no caben monopolios de ningún tipo, mucho menos del pensamiento. El periodista estaba en su mayor derecho de preguntarle al director del equipo de pelota (el escenario no podía ser más propicio), y yo tengo todas las facultades y me asiste mi cualidad como ciudadano y el deber de comunicador para escribir estas líneas, que quizás alguien juzgue irreverentes. Sí así ha sido, estoy orgulloso de ello, señal de que estoy en la cuerda. Alea jacta est.