4 jun. 2013

¿Un nuevo alien en gestación?

Debate constructivo. Término complicado donde los hay, pues a lo largo de los años se ha prestado a disímiles interpretaciones. Para los anquilosados se trata de aquella discusión donde las partes divergen sólo en las ramas y al final tienden a un falso acuerdo, o sea la unanimidad siempre simulada y coyuntural. Detrás vendrá la justificación de si no podemos brindarles armas a este o aquel enemigo, cuando no percibimos que otro contrario más poderoso crece dentro de nosotros, como un alien: el silencio.
Muchas son las rutas que toma esa espiral de mutis mediático, pero la preferida por dirigentes y adláteres ya es lugar común: un teatro repleto donde las manos se alzan a la vez, dando un voto a favor no siempre discutido a fondo. En un post publicado por Esteban Morales, destacado analista de la blogosfera, se hablaba de la corrupción como la verdadera contrarrevolución. Y qué mejor caldo de cultivo para la fechoría que el silenciamiento del criterio divergente, cuestionador. Ser disidente, contrario a lo que se ha estipulado, no significa pertenecer a grupos sin voz, financiados por superpoderes, sino disentir con orgullo y pasión, fundamento y honestidad. Sólo los cetros reaccionarios (monárquicos, papistas, fascistoides) han reprimido a lo largo de la evolución social a aquellos herejes, díscolos de una doctrina inamovible, irreal desde el punto de vista hegeliano y marxista de la práctica histórica.
En tal sentido disentir no sólo es positivo, sino necesario.  Ello implica una carga moral, ética, insoslayable. Yo admiro por ejemplo a un Eduardo Chibás que en medio de la corruptela republicana emitía cada domingo, entre las retumbantes notas del Himno Invasor, su justo reclamo: “Sean mis primeras palabras para denunciar al gobierno corrupto de Carlos Prío”. Unos lo llamaban loco, otros, héroe, pero muchos llenaron de ilusión sus mentes ante la llegada de un país distinto y diverso, donde la prosperidad económica fuese de la mano del bienestar social.
Extraño espacios como los de Chibás, donde virulencias aparte, los cubanos expresen sus puntos de vista y dejemos a un lado viejas trincheras de evidente desgaste. Creo que en estos instantes la prensa se encuentra en su peor momento, con unos comentarios insulsos los martes por la noche en voz de Talía González y una Mesa, donde todos los caballeros levantan a la vez sus espadas, al ritmo del mismo conjuro. Pero como leí hace poco en un Dossier publicado por Espacio Laical, no podemos separar a los medios de la propia crisis que sufren algunas de nuestras principales instituciones. No olvidemos que la superestructura, o sea toda forma de producción espiritual, responde a elementos puntuales de tipo económico, o sea a nivel infra.
Exigirle cambios a la prensa sin que estos se hayan efectuado en la base, desde la Cuba profunda y hacia la capital, es como pedirle peras al olmo. La radio, el periódico o la televisión no hacen sino expresar un clima general cuya génesis parte de un país necesitado de cambios profundos. Mutaciones que van más allá del cuentapropismo o algún espacito de debate capitalino, donde sólo accede una élite poco conocida por el panadero de la esquina de mi casa o el médico que hace guardias sin que le paguen un centavo, ello cuando sabemos su nivel de sacrificio.  
Un amigo, el bloguero Alejandro Ulloa, a quien respeto y admiro, me decía hace unos días que los temas provincianos no sirven para posicionar una bitácora en el buscador. Eso me dejó perplejo. ¿Desde cuándo la Cuba de adentro dejó de ser pertinente en materia informativa? Dicha percepción del periodismo, además de errada, reproduce elementos egocéntricos y absolutistas de la prensa tradicional. Y eso que la blogósfera aspira a convertirse en un medio alternativo, que dice lo que otros callan. Silenciar las batallas que en pro del progreso ocurren en la mayor parte de la isla me parece un mal paso, si de verdad se aspira a ser abarcador y honesto, constructivo y díscolo de fórmulas manidas. 
Vemos pues cómo a veces inconscientemente (o quizás no tanto) se pasa de la alternatividad a la complicidad con el silencio y ese falso “debate constructivo”, donde priman la mano alzada y el criterio absolutizador. Es hora de que los cubanos aprendamos el significado de la palabra inclusión, y ello consiste en eliminar todos los atavismos del pasado. Ser competitivos en materia de periodismo significa ver en lo particular, en la provincia, la génesis del problema nacional. Y comenzar desde allí la labor de salvamento de la credibilidad mediática.
Tal parece que algunos blogueros (incluso quienes hasta ayer residían en provincia), han querido adoptar esa forma de debate excluyente y totalitaria que prevaleció durante décadas. Y eso que intentan presentarse como la voz otra de la realidad cubana. A ellos les digo como expresara el colega Fernando Ravsberg de la BBC, acerca del Ministerio Habanista de Agricultura en un reciente post: de vez en cuando es bueno embarrarse los zapatos de fango, y no pasarnos la vida de cabareteros por los ambientes bohemios de g y 23.  Esperemos que el alien del silencio y la unanimidad no esté germinando en esta blogósfera alternativa, que aún veo con más luces que sombras, no obstante el poco acceso del pueblo de provincia (esa Cenicienta desdeñada por el amigo Ale) a una prensa que intenta apartarse de cánones e implantar un debate constructivo de verdad.
Quisiera terminar este post refiriéndome a una conversación que recién sostuve con el cinéfilo Juan Antonio García Borrero, del blog La Pupila insomne. Ambos coincidimos en que hasta el momento existían en nuestro país dos erradas y virulentas visiones del debate constructivo: 1-Todos a favor, a ultranza y sin dudas, con la proposición bajada del nivel central (esta prevalece a nivel institucional interno); 2-Dos bandos que se atacan e insultan desde posturas inmóviles, sin llegar a ninguna verdad tangible. En ambos casos el resultado del debate es nulo: una falsa unanimidad en el primero y una enemistad rayana en posturas extremistas en el segundo.
Debate constructivo es aquel donde no hay descalificaciones al interlocutor, sino atención educada a sus planteamientos e intercambio de ideas. Divergir diametralmente no debe conducirnos a la amenaza, ni romper lazos de comunicación. Sócrates, ese gran maestro del debate que el filósofo Platón nos legara a través de los diálogos, hablaba de la verdad parida con ayuda de métodos sencillos, donde priman la pregunta y la respuesta, el respeto y el reconocimiento de que no hay propuestas indiscutibles. Aprendamos de los antiguos y quizás nosotros, los contemporáneos, sabremos enfrentarnos mejor una realidad a veces esquiva y taponada por espirales de oportunismo. Espero que la virulencia del enfrentamiento y el atrincheramiento no invada nuestra blogósfera, y que en ese debate constructivo participen todos, también los de provincia, cuyos criterios, Alejandro, sí pueden posicionarse en Google.