5 jun. 2013

Celebraciones en Macondo

Muchos años después, frente el paredón de fusilamiento, recordó aquel lejano día en que conoció las ferias de San Juan. Junto a gitanos de extraños artefactos, pululaban captores de puercos encebados, enfermizos piromaníacos empecinados en prenderle fuego a la villa, un güije inmortal que abandonaba su charca para saquear los sembrados de yuca y fisgonear a las bañistas del río Camaco, y otras muchas criaturas, tan excéntricas como habituales en ese apartado pueblo.
Rara vez llegaba un buque mercante a la bahía del Tesico, trayendo noticias con siglos de atraso, sobre el fallecimiento del rey Carlos El Hechizado o la conquista de Granada. Entonces un viejo liberto disparaba el cañón de la costa y las campanas de la iglesia repicaban. Era tiempo de fiestas. El alcalde, un tipo silencioso y de abultado vestir, traía sus bandos y actas, dictando la conmemoración de algún santo. Entre exorcismos, risotadas y conjuros gitanos, el pueblo aplaudía: así comenzaron unas ferias donde se vendió de todo, incluso el alma de un Inquisidor.
Aquella primera ocasión en que asistió al San Juan, pudo observar que cada año se elegían siete mozos vírgenes entre el pueblo, para atrapar al güije. Pero también se percató del engaño que ello entrañaba, pues el supuesto duende no era más que un negrito del callejón del Hacha. Y los fingidos captores, unos gozones de primera categoría. Sospechó que la villa no era tan mágica, quizás los conjuros del padre José González de la Cruz no atrapaban a los demonios del Boquerón. Por eso intentó desnudar a la Llorona de la Calle de la Mar, quien también suele vender sus gritos durante las ferias sanjuaneras.
Nadie sabría explicar el verdadero por qué de las fiestas, la memoria de los habitantes resulta escasa por el efecto de la cercanía con las madres de agua. El azar y un regocijo contenidos las situaron el 24 de junio, fecha en que según narran se formó un cabildo y dieron vivas a Remedios. Desde entonces espacios abiertos y callejones aledaños se repletan de bulla, bebida y puerco asado, un ambiente que evoca la atmósfera del viejo pueblo. Ambiente caracterizado por sus casas de guano y embarro, calles de tierra y muchos fantasmas en la noche. Alguien una vez dijo encontrarse en la inmensidad de la plaza, cuando el campanario daba las tres de la madrugada, con un señor muy viejo de unas alas larguísimas.
Pero tales historias se pierden en el tiempo y sólo se narran a la luz de un quinqué, una vez que los festejos han terminado y las viejas se retiran a sus comadreos. El personaje de esta crónica siempre presintió que la villa era una gran alucinación, pero se quedó enamorado al toparse con tanta rareza. Buscó entonces cómo quedarse a vivir allí para siempre, quería que su casa cumpliera con los requisitos de cualquier vivienda: fuerte, húmeda y fantasmal. Con el tiempo él mismo se volvió remediano y luego se integró al acervo de las leyendas locales. Un cartelito podía leerse a la entrada de su hogar: Gabriel García Márquez, escritor.