13 jun. 2013

Cruentas peleas de gallos y gavilanes




Quien haya seguido la historia y el desenvolvimiento de las parrandas de nochebuena en Remedios, desde mediados del siglo pasado hasta nuestros días, ha de convenir conmigo en que esta tradición, la más típica de esa ciudad, se encuentra profundamente arraigada en el alma popular.
Emilio Roig de Leuchsering (Carteles, 1943)
Ahora mismo recuerdo a mi padre, cargando piezas en las naves de trabajo de las parrandas o a un lejano tío, que derrumbó el frente de su casa para sacar la carroza que con tanto esfuerzo hizo para el barrio San Salvador. Me vienen a la mente episodios como los de aquella pareja de remedianos, uno sansarí y otra carmelita, que se dejaban de hablar durante todo el mes de diciembre, para evitar peleas. También a la niña que envuelta en llamas, gritaba vivas a El Carmen, en una fría madrugada allá por los albores del siglo pasado. Llevo en mi alma los retumbantes toques de tambor de un pueblo que desde 1820 no para de soñar y cometer excentricidades.
Porque eso son las parrandas, una inversión de la realidad: la chota se eleva a la categoría de cuestión de Estado y cada quien tira para su barrio, como si en ello le fuera la vida. Dos siglos es mucho tiempo, pero ello no ha evitado que aún se conserven los cantos primigenios y las pasiones encontradas de gallos y gavilanes. El 24 de diciembre deviene fecha mágica, cada año se echa la suerte y yo mismo, como el más pinto, voy para la trocha en busca de riñas, voladores, rumbas y el sueño de la victoria.
Este año la parranda será por partida doble, pues con motivo de su nombramiento como Patrimonio Cultural de la Nación, habrá un cruento simulacro el 24 de junio próximo, coincidente con un aniversario 498 de la Villa de San Juan de los Remedios del Cayo. En efecto, desde las naves de trabajo de San Salvador y El Carmen ya se elevan cantos de desafío y el ambiente en las calles se caldea con los días. Pero, ¿qué convierte a las parrandas en un hecho cultural tan único, al punto de merecer tamaño reconocimiento?

Originales, cubanas, distintivas
Las fiestas surgen alrededor de 1820, en la barriada de San Salvador, una de las ocho que por entonces componían a Remedios. Parten de la iniciativa de un fraile llamado Francisco Vigil, de origen asturiano, que oficiaba en la ermita de dicho distrito (templo hoy desaparecido y que ocupa la escuela primaria Alejandro del Río). Resulta que los vecinos del lugar no acudían a las misas tradicionales de las madrugadas de diciembre, debido a las bajas temperaturas y a cierta modorra religiosa. La solución fue mandar a una partida de muchachos con pitos, matracas, latas, rejas y cuanto instrumento infernal para que hicieran ruido y así obligar a los dormilones a acudir al oficio católico. Nadie sabe si eso tuvo el efecto deseado por el cura, pero con el tiempo los grupos de parrandistas se hicieron periódicos, el elemento competitivo surgió cuando unas barriadas comenzaron a despertar a las demás, a través de estas nada agradables incursiones.
Hacia finales del siglo XIX, Cristóbal Gilí Mateu (el Mallorquín) y Celorio del Peso, organizaron las parrandas a partir de dos barrios principales: San Salvador (que agrupaba a dicho distrito, junto a Camaco, La Laguna y Buen Viaje) y El Carmen (compuesto por el mentado bando más El Cristo y La Parroquia). Al principio el símbolo de los sansaríes eran tres globas y el de los carmelitas tres estrellas de seis puntas. El cambio ocurrió cuando volaron una de las globas en forma de papalote y se fue a bolina, cayendo en territorio de El Carmen; desde entonces y a iniciativa de un tal Veranes (líder de La Laguna) San Salvador renunció a su antigua insignia, adoptando al gallo como emblema. En contrapartida, los del otro bando eligieron al gavilán, el garrudo bandido de los campos.
Pero lo más importante de esta historia es la expansión que tuvo dicha manifestación por toda la región central, hasta la provincia de Ciego de Ávila. Esta cualidad, junto al carácter eminentemente popular que aún conservan, hace a las Parrandas dignas del título de Patrimonio Cultural de la Nación.

Remedios bien vale una misa
Para Rafael Lara, Metodólogo Nacional de Cultura popular, las fiestas son la manifestación más populosa y de arraigo de la región central, en cuanto a manifestación de la cultura. Según él, llegó la hora de hacerle justicia a este fenómeno, mantenido a través del amor de sus protagonistas, a través de épocas duras y holgadas. Desde que se propuso el nombramiento a nivel nacional, las autoridades encargadas le dieron su beneplácito. Se espera que para el próximo 24 de junio, en misa y sesión solemne del “cabildo” a la vieja usanza, ocurra tan magno acontecimiento.
Además se contará con la presencia de autoridades de la cultura cubana, las cuales ya estuvieron presentes el pasado 24 de diciembre del 2012, para visionar las fiestas. El impacto fue tal, que las parrandas obtuvieron su derecho al título de patrimonio, casi sin objeción. En los últimos meses tuvo lugar un complejo proceso de expedientación, que incluyó reuniones con parranderos de toda Cuba, así como la recogida de firmas en la región central, pues la participación del pueblo deviene en requisito indispensable, cuando se habla de este tipo de títulos.
Delegaciones de las otras primeras siete villa fundadas en la isla, acompañarán a sus vecinos de Remedios en esta empresa. Se espera que luego de ello, las fiestas tengan una mayor visibilidad en el plano de la cultura nacional e internacional, lo cual se traduce en mejor atención institucional.

En pie de guerra
Ambos barrios se encuentran en pugna, con múltiples iniciativas, se espera una noche de cruentos enfrentamientos, donde primará el buen gusto del arte popular. Cada bando ya tiene listos los tres elementos esenciales de las parrandas, además estará una representación de los diferentes pueblos parranderos, con sus respectivos trabajos que los distinguen.
Todos los recursos han estado a disposición del pueblo, para que el disfrute sea mayor y los visitantes se lleven una buena impresión de Remedios. La noche comenzará con el encendido de los trabajos de plaza, en el parque José Martí, luego la evolución de los barrios. Finalmente, cada extensión parrandera pondrá en marcha su iniciativa, terminando con Caibarién, poblado que ya tiene lista una novedosa carroza con fuegos artificiales.
La rivalidad no se ha hecho esperar y ya es común escuchar especulaciones en la calle acerca de cuántos voladores o palenques tiene cada barrio. Por supuesto que la cifra exacta es secreto de estado. Así son las parrandas, una manifestación única en la cultura cubana.
En lo personal tengo vínculos muy fuertes con este fenómeno, pues desde que tuve fuerzas a una edad muy temprana, ya cargaba faroles durante las fiestas. Cada cubano deberá estar orgulloso de que las Parrandas reciban tan merecido lauro. Preludio de lo que pasará en 2015, cuando en saludo a los 500 años de fundación de la Villa de San Juan de los Remedios del Cayo, sean propuestas las fiestas como Patrimonio de la Humanidad.