15 jun. 2013

Ustedes eligen

 
Una buena forma de hacer revolución es la crítica, sobre todo en el caso de la prensa. No digo que deban silenciarse asuntos donde se muestra lo más loable y positivo de nuestro sistema, sino que a la par se realice una aguda labor de zapa sobre aquellos terrenos escabrosos, que a la larga tientan la pervivencia del modelo.
Muchas veces me topé en la universidad con personas escandalizadas ante la idea del cuarto poder, interponían todo tipo de enfoques, desde pragmáticos hasta ideológicos y filosóficos. Pero me resulta muy atractiva una prensa que sirva de contrapeso y espejo. Alentar dicha función con honestidad, brindarle el espacio y la seriedad. Ello salvaría al país de enfoques atrasados y risibles que inundan las redacciones.
Escribo de este tema porque resulta evidente el extrañamiento que aún pervive en el periodismo cubano, cuando alguien del gremio se dedica a diario a develar facetas perfectibles o cambiables. En tal caso enseguida aparece algún guardián del orden que llama a la “cordura” al reportero, pues hay muchas cosas buenas también para divulgar. Como si denunciar lo dañino no fuese la mejor manera de preservar lo alcanzado.
Por ejemplo, hace unas semanas en un programa de mi emisora abordamos el tema de la higiene de la ciudad y preparé un reportaje bastante crítico sobre el asunto, con opiniones de los vecinos y los delegados. El lenguaje y la postura de los entrevistados respondía a la gravedad del tópico, se expresaron como suelen hacerlo los cubanos honestos: alto y claro. Pues bien, a los pocos días me brinda botella un señor y sin más acá comienza a desbarrar contra mi reportaje, pues los vecinos usaron una fraseología “soez”. Lo miré de arriba abajo y no dije nada.
En un mundo donde la prensa muestra con crudeza los bombardeos, las masacres, las pandillas o los agrios debates de parlamentarios con golpizas e insultos incluidos; no caben mojigaterías. Y nosotros aún nos apegamos a un Código Hays para parametrar el alcance y el lenguaje de la radio. Increíblemente aquel señor me pedía que silenciara al pueblo. De cualquier forma el reportaje salió y se ha repetido varias veces en la emisora, hasta que el problema de los vecinos sea atendido. Por otro lado muchos agradecieron la sinceridad del trabajo, incluso personas que no viven en Caibarién, pero que aprecian cuando la prensa cumple su función.
Mi objetivo, por el que me pagan, no es edulcorar. Quizás pese sobre los hombros de cada periodista una responsabilidad mayor que la del soldado, pues nosotros trabajamos sobre la base de la conciencia. Y esa se adquiere desde el plano individual, pensando y cuestionando libremente. Por tanto, ejercer el debate debiera impartirse como asignatura en las aulas de periodismo. Hablo de fomentar  la crítica, lo cual significa no perdernos en disquisiciones metafísicas, sino mirar los problemas desde diferentes ángulos y proponer el mejor juicio.
Yo creo que debemos ir mucho más allá de la página del medio del Granma o del espacio televisivo Diálogo Abierto (de nombre bastante pretensioso). Me parece que necesitamos ser más marxistas, apegarnos a la corriente dialéctica de pensamiento que ello implica. La censura de la crítica suele partir del miedo a la movilidad y sólo la reacción teme al cambio. Los que pensamos en el futuro, tantas veces vapuleados de idealistas, preferimos esa visión “ingenua” del periodismo como cuarto poder. Sólo que en el caso de Cuba, ello implica defender con valentía y humildad los intereses colectivos, populares, o sea al trabajador que nos paga.
Cualquier idea o hecho que atente contra esa fórmula revolucionaria del pueblo en el poder, deberá ser objeto de la crítica periodística. Empezando por aquellos que niegan la posibilidad de que ocurran investigaciones a fondo, y esconden las fuentes y los datos como si se tratase del Santo Grial. Ellos, los silenciosos, quieren que los imitemos. El micrófono está en nuestras manos. Ustedes, colegas, eligen.