20 jul. 2013

¿Cubanos o bizantinos?

 
La ley se diseña, se lleva a consenso en un parlamento, se emite, se publica y comienza a circular por centros de trabajo y subordinaciones. Luego aparecen las trampas, los tropezones y finalmente queda atrapada en un laberinto de locuras burocráticas que la convierten en un estorbo. Disensiones particulares que quedan en manos de exégetas, las más de las veces verdaderos chapuceros de la administración.
Y es que como dijera Liborio, las leyes se acatan pero no se cumplen. Entonces, ¿para qué tanto andamiaje jurídico, tantas oficinas, reuniones y discusión en todas las esferas? Al final y aún teniendo bien claro qué hacer, cada quien da la espalda e inicia su propio proyecto de ley inconsulto, el cual incluye desde el desacato hasta la violación en todas su variantes corruptivas. Así nos perdemos en los pasillos de la legalidad y las instituciones hacen agua. Llenamos las oficinas de papelitos y gastamos nuestro tiempo en interminables discusiones que conducen a Bizancio, esa vieja capital de los diálogos interminables y sin objeto.
Nosotros somos cubanos, no bizantinos. Llevamos en las venas el calor del trópico y estamos acostumbrados a la rapidez y la resolvedera, pero si se violan los canales establecidos adónde vamos a parar. Canales que en primer lugar fueron votados y aprobados y que están a su vez sujetos a cambio o revocación a través de vías legales. Pero la anarquía, el relajo y la filosofía de calle conspiran contra ese pensamiento cívico, ordenado y consciente. No es que falten personas que conocen los caminos y quieran seguirlos, sino que hay otros con la facultad de abogar por lo contrario y además de obstruir las voluntades de los demás. Todo se complica cuando el asunto echa raíces en los organismos funcionales de la sociedad.
Hay que hacer esto o lo otro, tenemos matutino para discutir más cual discurso, existe el compromiso de…Y así son muchas las frases que pudiéramos enumerar, y que no sólo no dicen sino que contradicen muchas veces el punto consensuado y útil. Retórica obstruccionista que parte de las vías establecidas, según los canales dispuestos por preceptos y disposiciones, que regulan el funcionamiento y hacen viable el procedimiento y que implican a su vez otros canales donde el asunto se analiza según indicaciones centrales para su ejecución quién sabe para qué siglo de nuestra era.
¿Si somos cubanos, si no vivimos en Bizancio, por qué nos apartamos de nuestro lenguaje legal? ¿Ese que con creatividad sentaran los fundadores de la nación y que hemos heredado a través de una larga tradición jurídica? ¿De dónde esa manía de acatar y no cumplir ni respetar? ¿Dónde están los tribunales que deben imponer tal respeto? Entre la palabra de alguien y la ley de la mayoría media un poder consensuado que merece honor. Por ello pido  más instituciones y menos reuniones, más hacer y menos decir, más control y menos rigidez. Eliminar esas “vías establecidas según procedimientos internos sobre el funcionamiento del organismo y las directrices con estatutos de quién sabe qué cosa”. Por favor, dejemos el teatro para el teatro y hagamos en esta vida verdadera política, y comencemos por cumplir las leyes.  Porque eso sí, los cubanos, al menos culturalmente, muy poco tenemos de bizantinos.