13 jul. 2013

Un ejemplo de buen periodismo


Ambos tomamos la misma ruta, ella para Santa Clara, yo hasta Remedios. Iba medio dormido, leyendo apenas algún librillo de esos que suelo llevar. Me despierta el frenazo de la guagua y las protestas de la gente: el chofer intenta convertirnos en consumidores forzados de un negocio particular, un rancho de tablas y guano situado en un punto perdido del viejo oeste. ¿Las razones? Un trato secreto con el dueño del paladar, que viola los principios más elementales de un ciudadano, además de ir en contra de décadas de pan con jamón, refresco y dulces; expendidos bajo la fachada color pastel de los socorridos merenderos estatales de la autopista.
Ambos íbamos en la misma guagua, yo dormido, ella atenta y periodista. Salí a coger sombra bajo una mata, decido a meterme sólo su alguien la agredía; pero ella, Leidy, supo defendernos a todos. No le importó la prepotencia del dueño del paladar, ni los manoteos y las mentiras del chofer, porque la guiaba un sentido de la justicia de veras único. Nadie le pagaría por aquel trabajo periodístico, no estaba al servicio de ningún diario, ni siquiera sabía si lo publicaría en su blog. Pero aquella tarde, en medio del oeste, debajo del sol, me demostró su valentía.
Conozco a Leydi Torres Arias de la universidad, de ser mi compañera de estudios, mi profesora, tutora de la tesis y amiga. En el resto del viaje, junto al bloguero Julio César, estuvimos hablando en voz baja de todo y no nos faltaban risas y sobresaltos. Hubo periodismo, pero sobre todo honestidad intelectual y ganas de cambiar la realidad. No menos sorprendente fue el gesto de que Granma, ese espacio que tantos hemos calificado de demasiado oficial, publicara el reportaje de Ley.
Sé que la prensa ha sido llevada al punto en que está tras décadas de procedimientos prohibitivos y secretistas; pero el reportaje Astros Apagados merece todo el reconocimiento y la atención de un momento singular, que nos brinda la oportunidad para ser de veras periodistas. Pienso que  Ley pudo hacerlo desde su pequeñez casi adolescente, demostrando que la estatura se mide a partir de los principios. Reconozco que esa tarde sentí aquella admiración por ella y también, ¿por qué no?,  un poco de vergüenza por mi sueño y la dejadez del libro que leía. Te prometo Ley que la próxima vez seré digno de un acto como el tuyo.