10 ago. 2013

De cuando quise ser un mediocre


Quería escribir un cuento mediocre, oficial, donde llovieran los lugares comunes y los hechos predecibles. Pero nunca tuve talento para ser mal literato, por eso fracasé al componer aquel argumento... sobre un grupo de obreros dispuestos a producir más y mejor. No pude evitar que el relato tomara un cause terrorífico, al más fiel estilo Stephen King: luego de cumplir con todas sus metas, los trabajadores notaban que su central azucarero parecía cobrar vida propia. Pretendí justificarme, alegando que se trataba del Espíritu Proletario, que se le manifestó a tan esforzado colectivo laboral, pero los editores rechazaron toda explicación, pidiendo una historia más apegada al discurso ortodoxo.
Mi primer paso fue instalarme en una iglesia ortodoxa. Luego, intenté hacer una lista de argumentos manidos: unos padres que le enseñaban a sus hijos la bondad del Estado, un oficial que decidió inmolarse antes que entregar su arma a los invasores, el valor de una perra tanquista en una batalla decisiva. La lista concluía con el proyecto de una novela sobre el papel decisivo de la sarna canina en la Segunda Guerra Mundial, tres posibles poemas a la memoria de los gnomos fabricantes de armas secretas y un relato donde unos padres persuadían a sus hijos sobre la dudosa sexualidad del Estado.
Convencido de mi invalidez para evocar temas manidos, busqué, en una antología de narrativa de los setenta, el cuento más clásicamente oficial. Y di con uno sobre la guerra de liberación, cuyo protagonista, un maestro adolescente, le enseñaba las primeras letras a los guerrilleros. Tras plagiarlo de punta a punta, lo presenté a los editores, entre quienes se encontraba casualmente, el verdadero autor de dicho cuento, quien me acusó de ser demasiado original, pues no entendía qué papel jugaban aquellos OVNIS plutonianos alfabetizadores, en medio de una guerra de liberación de las bacterias de Marte contra la tiranía de las rocas vivientes de Mercurio.
Desalentado por el nuevo fracaso, frecuenté los bares y cafés del más bajo mundo de la literatura, poniéndome en contacto con narradores de todas las tendencias antioficiales: electromarcianos, cibermonjes, punkmetals con infra poderes, murciélagos románticos y ballenas naturalistas. En uno de esos antros y para mi sorpresa, di con el antiguo escritor oficial de historias oficiales, quien llamándome “tavarich del komsomol” prometió ayudarme. Fuimos hasta su casa, un castillo siniestro construido sobre un cementerio indio y rodeado por pantanos llenos de zombis. Me dijo que su deseo de vivir en el castillo y no en el edificio multifamiliar prefabricado que le asignaron, fue el detonante de su despido como literato oficial.
Dimos un paseo por los jardines, bebiendo vodka y comiendo pan negro, mientras él me enseñaba frases en ruso, muy útiles para soltarlas en medio de una disputa literaria con los editores. Cada vez que veíamos a un zombi, lo saludábamos con un sonoro ¡Hurra! Al cabo de transitar por pasillos, catacumbas y áticos llenos de fantasmas, momias y vampiros, le pregunté a mi anfitrión si me ayudaría por fin a escribir una historia oficial. Respondió que en realidad él concebía sus historias como antioficiales, pero que inexplicablemente se tornaban oficiales. Así escribió un cuento sobre una invasión marciana, donde, en el nudo o el desenlace, se descubría que todo se trataba del sueño de un obrero cumplidor, quien, dispuesto a cualquier cosa por ganar la emulación mensual, era capaz de invadir un planeta vecino. Otra vez compuso un poema neogótico, sobre la masacre cometida por un grupo de vampiros en un pueblo rumano, y resultó que los campesinos muertos eran soldados nazis disfrazados y los vampiros, la guerrilla popular, que avanzaba victoriosa.
Inspirado en esa línea de trabajo, junté personajes estrambóticos y robóticos, los estrujé, los puse a bailar cancán. Hice de toda mi producción literaria un gran disparate lleno de originalidades, extraterrestres y seres monstruosos. Deseé que los magos y las brujas se transformaran en intrépidos líderes sindicales en pugna por el diferencial azucarero. Quise que los vampiros, los hombres lobo y los duendes, devinieran en trabajadores de una cooperativa, preocupados por la marcha del plan quinquenal y a la vez emulando entre sí. Pero sólo obtuve que dichos personajes se pelearan, utilizando sus poderes (o su apetito, como en el caso del hombre caimán), para eliminarse unos a otros. Después sólo me quedaban un microbio del río Estigia, tuerto y drogadicto, y dos o tres brujas anoréxicas, que para sobrevivir tuvieron que prostituirse con los personajes del Marqués de Sade.
Carente de otros personajes y ya en la ruina, decidí renunciar a la literatura y dedicarme al glorioso arte de llenar planillas en las reuniones del sindicato. Sin embargo, tampoco pude evitar que mi libretica de apuntes, donde apenas había espacio para anotar las llegadas tardes y el orden del día, se convirtiera en un ente monstruoso y hambriento. Pensé que después de todo mi verdadera naturaleza era escribir buenas historias, fantásticas, llenas de imaginación y no la línea oficial que tan inútilmente había pretendido. Por eso en lo adelante asumí una doble identidad: durante el día me comporto como un simple secretario sindical y por la noche soy un furtivo Superescritor, que surca intrépidamente los cielos de la literatura.