23 oct. 2013

Blue Boy



Lo seguí desde aquel encuentro en el metro, iba vestido como un perfecto extraterrestre, con sus gafas enormes y aquella bufanda, la calva incompleta, la tristeza perenne y esos hombros caídos de blue boy. La palabra blue significa literalmente “azul”, pero nada en Woody Allen es literal, todo confluye en un caos a veces nihilista, pero profundo, descarnado, hondo como las volutas de humo de Manhattan.
Nos perseguimos mutuamente, a veces yo me quedaba absorto a lo lejos, con la vista puesta en su soledad de café de mala muerte. Sus ojos llenos de tristeza, el cabello escaso, tan escaso como sus años de matrimonio feliz. Se casó muchas veces, siempre en son de fracaso. Su vida era un caos, la mía también. Nunca me he casado. Juntos hubiéramos desentrañado el sentido de la tristeza, del mundo. Ni Santayana, ni Kant. Nadie como nosotros para lograr la alquimia perfecta de la obra de arte experimental, orgánica, transgresora, al estilo de robóticos personajes de Sade.
Aquella persecución a través de Nueva York nos llevó a pequeños antros donde tiempo y lugar se diluían, como las tramas de sus películas. Unas veces él aparecía bajo el manto de un misionero hindú al servicio de cualquier potencia espiritual, mientras mis aspiraciones de mago o de metafísico se iban a la ruina. Éramos malos en el sexo, o al menos eso creíamos Woody y yo. Pero no dejábamos de escribir sobre monjas violadas, cajas secretas donde ocurren orgías impensables, desapariciones que fungían como verdaderos mensajes del más allá.
Me descubrí como un doble de Woody mientras doblábamos la esquina de alguna avenida de locos tocadores de cláxones. La gente anda sin sentido, demente, abarrotando las calles de improperios, ya nadie cita a Buda ni conocen el concepto platónico de amor. La gente es miserable, inconsciente, carece de metas, andan como bestias. En una película ambos salíamos como villanos, quemábamos medio mundo, y luego nos íbamos de vacaciones a Europa, mientras la crítica era un absurdo insecto de quinta categoría que entretenía sus últimos minutos haciendo de guardián del orden.
La palabra blue significa azul, pero si nos guiamos por la escritura automática y los designios a la deriva de un cadáver exquisito, creo que al final todo tendría sentido, o lo mismo da. El sentido es un invento para bobos, retardados pintores de extrañas musarañas vendidas como cuadros de Van Gogh a viejos pedófilos y de cortos pijos. La palabra blue funciona como catalizador de la nueva peli de Woody. No la he visto, pero como buen doble que soy (también funjo como doble de Bukowski, en mis días de asueto, en otra dimensión de la locura), creo adivinar que la cinta intenta resarcir a quien se enamorara de tantas adolescentes, a ese moderno Chopin, tejedor de su muerte, que besaba pequeñas en los escondrijos del jardín de Madame Sand. Otra entrega europea, que como aquella Medianoche en París, retrata el universo inestable, sin tiempo, del artista.
Como pájaro enjaulado, Woody Allen ha llegado a la madurez (o quizás a la total falta de madurez) y esta entrega nos trae una mente más macabra, soñadora, desvariada, cruel. Tierna, sincera, artística, alleniana (no en el sentido de Allen Ginsberg), triste como son todas sus entregas. Alguien recién me dijo que cada película del Blue Boy suena a Blue Boy, aunque el semicalvo y alocado Woody no actúe. Sus marionetas funcionan como ecos, resonancias de la tristeza, del azul. No he visto Blue Jazmine, la última cinta de mi director favorito, una obra que quizás nos explique “todo lo que siempre quisimos saber sobre Allen y que nunca nos atrevimos a preguntar”, incluyendo sodomía, sexo, rebelión, zonas paralelas de la mente, tristeza, mucha tristeza.  La tristeza de un Blue Boy exiliado del matrimonio y de Nueva York, que anda cabizbajo, con las manos en sus bolsillos citando quién sabe qué sabios de qué dimensión paralela.