7 dic. 2013

Aires de Parrandas


Uno se llena de regocijo en esta época, ya se acercan las parrandas. Se nota en el aire la alegría, la tradición. Los muchachos del Carmen y San Salvador en su efervescencia no paran de discutir en las esquinas, y las iniciativas de ambos bandos nunca se guardan con mayor secreto. Las naves de trabajo, verdaderos centros de conspiración, son custodiadas por los fanáticos de mayor edad. Priman las especulaciones en torno a la plaza Isabel II actual Parque Martí. Unos hablan de la luminotecnia del trabajo de plaza carmelita, otros de la decoración sansarí, unos se sobresaltan con la llegada del rectángulo rojo y azul con el gallo blanco, otros lloran de pasión cuando el banderín pardo y escarlata se pasea orondo.
Los niños en las escuelas miran con ansiedad el reloj, pues no bien terminan las clases y ya se les ve en las casas de trabajo. Gallitos y gavilanes, por obra y gracia de la cultura de esta ciudad hermosa y llena de misterios. Estamos en el año 2013, y hablamos de una fiesta que comenzó en 1820, en la barriada de San Salvador, alentada por niños harapientos y un cura deseoso de ganar feligresía en las madrugadas de diciembre. Podrán no ser las mejores de Cuba; pero nadie niega que las Parrandas Remedianas tienen un aliento original, yo diría sobrenatural. Aún en tiempos de crisis, como la Revolución del Treinta o las Guerras Mundiales; estuvieron presentes. Sus temas han caminado a tenor de la época; si hoy hablamos de videojuegos y el universo hiperconectado a través de internet, ayer tratamos acerca de la máquina de vapor, el avión y los viajes alrededor del planeta o al espacio exterior.
Las parrandas tienen la capacidad de sobrevivencia de una cucaracha, y la alegría imparable de un manantial de música encantado. Jamás perdieron el rebozo infantil, pues los artilleros así como los artistas, padecen de un tardío amor por lo bello, lo tierno y lo sabio. Incluso los fuegos artificiales, esos que con razón asustan, son consecuencia de imaginaciones demasiado poéticas para una noche; muchos días después de la fiesta los parranderos siguen haciendo gala de su experticidad en el tiro de voladores y otros artefactos del humo y la pólvora.
Contra las parrandas no pudo el periodo especial, ni los apagones, ni la poca dolencia de algunos que tomaban sus riendas con dejadez. Ellas nacieron de un tronco duro, al ritmo de los tambores afros y las tonadas ibéricas; bajo la luz de los faroles de papel que remedan los tiempos antiguos de la China Imperial. No hay suceso más exótico en la historia de la cultura cubana, ni exorcismo mayor. Los espíritus de la Villa desfilan en tropel pegajoso, ante los ojos deslumbrados de los visitantes. Hay quien dice que las parrandas son un acto ritual, que el pueblo se purifica mediante el consumo excesivo de felicidad durante 24 horas. Otros, de procedencia foránea, jamás olvidan a la ciudad luego de una noche de juerga entre los chicos del Carmen o San Salvador. Leyendas como estas sobran en la Villa de Porcallo, cuya agua por ejemplo, no debe beberse so pena de nunca poder abandonar el sitio. Un precio que a algunos les parece bastante justo, dada la calidad superior de los manantiales subterráneos.  
Pero  la leyenda de posesión mediante el agua funciona todo el año, la otra, la relacionada con el fuego de los morteros y palometas, sólo tiene efecto una vez, un día, apenas unas horas. El pueblito olvidado de pronto se disfraza de ciudad. El visitante termina comprendiendo por qué los habitantes del lugar son tan distintos del resto de los villareños, y también hasta qué punto tenía razón Porcallo de Figueroa al mantener tan oculto el ambicionado feudo.  Remedios es más bella con sus parrandas. Y sus hijos jamás encarnan mejor la cubanía que con los aires de diciembre. Y ahora si me disculpan, voy a darme una vuelta por la plaza de armas, nada más para disfrutar el ambiente.