28 ene. 2014

Corrientes de fundación



Pretendo un comentario sobre Martí, y vengo con el corazón en las resonancias del Maestro, sonidos que son de infancia y manual, de cuando aprendimos de memoria las ideas más lineales y evitamos el río tempestuoso del pensamiento.
Pero Cuba y la América necesitan del cause oscuro más que de la luz intensa que muestra lo mediato y no la esencia. Nuestro fundador dijo sobre el periodismo de comentarios: “Estudien los que pretenden opinar. No se opina con la fantasía, ni con el deseo, sino con la realidad conocida, con la realidad hirviente en las manos enérgicas y sinceras, que se entran a buscarla por lo difícil y oscuro del mundo”. Para asumir la tarea de zanjar la verdad y darle a nuestras repúblicas la luz que de ellas surge, necesitamos del río oscuro y tempestuoso.
El problema de la independencia fue de espíritu, porque lo formal nos otorgó banderas y cantos; y hasta tarareamos a Martí sin acordarnos que el machete nunca se viste de vaina de seda.  La América imitó demasiado y en su mansedumbre cometió el error de dar la espalda al indio y al negro, que amasaron la libertad primera con sus sangres sufridas.
Vertebramos universidades de cartón, pintadas de Inglaterra, de Norteamérica y obviamos que el campesino dispone de su magia propia, de su sabiduría imprescindible. Las sombras nos sumían en una desunión que no por anunciada dejó de afectarnos. Vivimos fuera de nuestra civilización, copiando la civilidad de otros, ahuyentamos así al cimarrón y este vino ataviado de rey, hasta las puertas de palacio.
La historia de las repúblicas fragmentadas y hermanas, de las islas dolorosas necesitaba del hijo nuevo, del hombre capaz de quedarse en ellas a amar a la madre india y  de delantal manchado. Porque de esos se hizo la primera independencia. Si Washington no se fue a vivir con los ingleses, tampoco Bolívar se detuvo en la fácil vida de la burguesía caraqueña.
La luz que parecía dormida renace sobre las cabezas canas y los pechos de los hombres del pasado. Pero ahora, a desfilar, pero que el pensamiento no sea un desfile; sino la tempestad del maestro, su hondura y también su oscuridad. Martí es Meñique, es poesía sencilla y sabia y también idea redentora. Pero su verdadero mérito estuvo en crear, en amar la herida y fundar sin la ira del sectario ni la vanidad del ambicioso.
Los pueblos visitan la isla del Maestro, tierras del último grito de la primera independencia. La segunda y definitiva libertad marcha sobre los hombros de los hijos nuevos. Todo ocurre en Cuba, donde son más los montes que los abismos, los que aman que los que odian, más la grandeza que la ralea. Lo que odia es ralea, dijo José Martí, la ralea del pueblo es incapaz de amar. La América se refunda y sólo se salva la justicia, ya el río portentoso torna a mares su fuerza. No podemos esquivar más tiempo las corrientes de equidad y fundación.