22 ene. 2014

Igenuidades peligrosas, las series asiáticas



Confieso que antes de escribir una letra de este trabajo no había visto un solo capítulo de los famosos doramas. Se trata de esas series facturadas en Corea del Sur o Japón y que imitan la estructura del drama telenovelesco latinoamericano. Episodios sobre temas amorosos, con abundancia de los estándares consumistas y un gusto distintivo por cierta estilización del canon masculino. Traducidos a disímiles idiomas, dichos materiales ocupan la programación durante un promedio de nueve y dieciséis capítulos. Resulta interesante que el mundo occidental se halla entre los destinos de mayor consumo, ni siquiera Cuba escapó a la difusión de los doramas, a través de memorias flash, computadoras y otras vías alternativas. Un análisis a vuelapluma de las series arroja que si bien responden a fuertes intereses clasistas de la sociedad de consumo, no deben obviarse el poder de las mediaciones culturales y la globalización de los patrones del capitalismo neoliberal. Corea y Japón son dos naciones con un pasado bastante común, de hecho ambas conformaron el Imperio que en la Segunda Guerra Mundial hizo frente a un desmantelamiento “modelo” y a la construcción de otro país, más apegado a los términos ideológicos, sociales y económicos del ocupante norteamericano. La huella de la posguerra en Corea del Sur se manifiesta en dos aspectos aún patentes: la fragmentación política del país y la presencia de un capitalismo exuberante, que sigue fielmente el modelo occidental por oposición al norte socialista, a China y a la extinta URSS. La parte sur de la península pasó de un sistema imperial a uno capitalista y de gobierno autocrático, cualquier análisis cultural del modelo surcoreano deberá tener en cuenta el contexto y ese pasado inmediato y lejano. Japón conservó la estructura imperial, pero cambió sus bases económicas hasta transformarse en la potencia más exitosa del campo capitalista, tras dejar en manos norteamericanas lo referente al plano militar y geopolítico. Como Corea del Sur, el País del Sol Naciente sirvió de valuarte anticomunista durante la Guerra Fría; sus fronteras estaban entre las zonas de tensión, donde capitalismo y socialismo se miraban frente a frente. Era obvio que dos naciones con un pasado tan común y un presente tan parecido reforzaran sus lazos en la política, y mantuvieran elementos de parecido en lo cultural. Además, el modelo capitalista floreció allí como una vitrina ideológica de enfrentamiento al sistema enemigo, sobre esa misma lógica se edificó la República Federal de Alemania. En ese contexto de imposición de patrones occidentales, no obstante se evidenció la permanencia del imaginario imperial de los ancestros. Relaciones de vasallaje feudal, sistemas de sumisión en castas y familias; flotan por detrás de la permanencia del capital como principio y fin de todas las cosas. Si el contenido capitalista de las series coreanas y japonesas se muestra con desparpajo, el ropaje del asunto no escapa a la mediación cultural del pasado y las tradiciones imperiales. Ello explica el uso de un vocabulario que resulta chocante a los oídos del occidental, con palabras como “amo”, y otras reverencias propias del ideario medieval tan distante hoy de la realidad globalizante y capitalista. Pero Corea y Japón son potencias tradicionales y modernas, cosmopolitas; en ellas se vio la explosión de las tecnologías y su uso abusivo, además del surgimiento de una especie de “hombre nuevo”. Dicho canon se cualifica por una belleza facturada a la medida de la pantalla televisiva, el culto al poder del dinero, y a la creencia de la supuesta superioridad de los ricos por encima de aquellos menos beneficiados por el sistema. Dicho hombre, metrosexual, maquillado, recreado casi artificiosamente; echa mano a elementos que contradicen el ideal machista occidental, sin abandonar la noción asiática de dominación masculina sobre la mujer. Belleza, fragilidad, delicadeza; palabras que en nuestra cultura se asocian a la mujer, son vinculadas a la idea del poder del hombre de clase pudiente, que se coloca por encima del resto. Relaciones de sumisión que el oprimido no sólo acepta, sino que magnifica. Dicha pasividad tiende a transmitirnos que en aquella sociedad moderna y dividida en clases todo es perfecto; el viejo cuento de la “naturalidad” del capitalismo y la “artificiosidad” de cualquier plan o modelo que se le oponga. Obvio que el proceso no resulta novedoso: las telenovelas latinoamericanas legitiman el sistema con el uso de resortes culturales propios del contexto nativo. Si en Corea el amo encarna la belleza y el poder; en México sucede lo mismo, sobre cánones más apegados a la ortodoxia machista occidental. Asimismo los papeles menos protagónicos y planos se delegan a personas de clases bajas, las cuales aceptan de forma estática su situación. El consumo pasivo y acrítico de estos materiales garantiza el éxito de quienes diseñan productos con un fuerte contenido reaccionario. Se logra que el televidente mire de manera idílica al modelo y que aspire en su subconsciente a adquirirlo. La lógica sigue el mecanismo del anuncio comercial, una historia esquemática que activa referentes culturales en la mente del receptor y los usa para transmitir la ansiedad del consumo. Debemos ver las series asiáticas desde un punto de vista activo, crítico, no meramente formal. En este caso como en otros materiales de talante comercial, la máxima será el análisis, el apego a la concepción más actual de los modelos comunicativos, donde tanto emisor como receptor asumen papeles de cocreadores del mensaje. Recalco que antes de hacer este artículo nunca visioné los famosos doramas. Ahora que las conozco, debo reconocer otras virtudes que los acompañan: la fotografía, el guión fielmente aristotélico, el logro de mensajes bien estructurados; pero todo ello puesto en función de un paradigma social que no resulta para nada ingenuo ni casual.