26 feb. 2014

De (V)elta a las parrandas






Ya sé que en las redes sociales, ese mundo laberíntico e infinito, los temas de índole local se supeditan a otros de naturaleza más universal. Pero la presencia de tópicos comunitarios tomará lugar en un mundo donde la alternatividad de los enfoques periodísticos, coloca a la pequeña emisora en iguales condiciones que los medios tradicionales para acceder a la información y difundirla. Periodismo ciudadano, se llama el fenómeno.
Por ello comienzo este comentario hablándoles de San Antonio de las Vueltas, un poblado perteneciente al municipio de Camajuaní, en la provincia cubana de Villa Clara. Su vida es monótona y depende todo el año de actividades como la agricultura y el comercio de los productos de la propia tierra. Pero desde el siglo XIX, una tradición paraliza dicho lugar, y lo convierte en hervidero de tradiciones. Dos bandos, azul y rojo, Ñañacos y Jutíos, se disputan una victoria tan simbólica como imprescindible.
 Guiados por las sombras de un gallo y un gavilán, ambos de papel maché, las parrandas voltenses constituyen una muestra del más sabio arte popular, donde florecieron figuras como Cumba Colón o el conocido popularmente como “Coco”, cuya carroza de tema tailandés fue la delicia de los asistentes. A este último proyectista estuvo dedicada la festividad, por una vida consagrada al reconocimiento de los suyos, de sus vecinos y familia más allegados.
Sé que el tema pudiera parecer alejado de la modernidad, el arte de vanguardia, las polémicas digitales, el periodismo de barricada, la comedia de las banalidades;  en fin. Pero nadie sabe el valor que para un pueblo tiene sentirse reconocido cada año como artista, como demiurgo creador en medio de una larga faena de trabajos cotidianos. El dios Baco desata entonces sus excesos y la belleza desborda todo sueño posible.
Las parrandas, Patrimonio Cultural Cubano, son eso; un nacimiento constante, que no una reiteración. El antropólogo Mircea Eliade propone en su teoría sobre los mitos y rituales, que cada comunidad necesita de fuegos y músicas que la hagan retroceder a tiempos primeros, sobrenaturales, gloriosos por desconocidos. Una idea muy platónica que nos trae de vuelta la historia de los dioses creadores, la vida de los héroes, y purifica el presente con los hálitos sagrados de otros momentos. A través de fiestas colectivas donde prima el disfraz, la máscara, la inversión de realidades, el carnaval y la carne ofrecida al paganismo; los humanos ofrecen el sacrificio, queman los signos del pasado absurdo. Entonces, San Antonio vuelve más vivo, y con esa vida vivifica a los muertos vivos de hoy. 
Lázaro ante el conjuro del milagro se levanta y demuestra que lo posible se queda chico ante lo insólito. La fe recobra su poder y las montañas del valle que rodean el pueblito parrandero se conmueven, mas nadie escucha el terremoto. Ya las lluvias de fuego acallaron aquellos fuegos internos, y los sacerdotes apagan la furia de los danzantes. Todo termina con un entierro, entre jocoso y bandolero, entre riña y sonido de rumbas. El muerto vivo es un gavilán de papel maché, no importa. Todos creen en la muerte, con la misma intensidad con que viven. El canto de un gallo  recuerda que algunos añoran otra vez el vuelo de su gavilán. La guerra no termina, ahora se inician los trabajos y la fatiga, en un año los sacerdotes evocarán a los dioses y el eterno retorno traerá la música de los antiguos. Así anda Vueltas, devuelta a sus parrandas, para purificarse, para que el espíritu prevalezca.