15 feb. 2014

Los contratos que el tiempo se llevó



El cangrejo de Gelabert me parece el símbolo adecuado para mundializar este comentario, concebido originalmente para mi emisora la CMHS, Radio Caibarién, al norte de Cuba.

Se suponía que ahora me bajara con una nota insulsa, vacua, donde dijera que en la pasada plenaria de la agricultura urbana y suburbana de Caibarién, se exhortó al cumplimiento de lo establecido y se sentaron las bases para el buen funcionamiento de una de las fuentes estratégicas de alimentación de nuestro país. Estaría siendo poco franco, brindaría en tal caso una información a medias y rutinaria. Quedaría bien con casi todo el mundo, menos con dos factores esenciales: ustedes, queridos oyentes y yo mismo, como profesional.
El asunto recae en que una vez más las leyes fenecen en los anaqueles del aburrimiento y la inacción, mientras cunde la inoperancia en muchos aspectos. Los contratos, bendita palabra, términos que fueran establecidos desde tiempos inmemoriales entre partes iguales y necesitadas una de la otra; están para cumplirse. Pues resulta que ahora no sólo se les resta seriedad, sino que en ocasiones falta clarificar qué se está contratando, para qué fecha, bajo qué condiciones, con qué finalidad. Y en muchas ocasiones ni siquiera existe el dichoso papel, o sea el contrato.
Podrán ustedes imaginarse que en tal situación, no importa que haya comida, si esta no llega a su destino consumidor. Para nada  resulta funcional un organopónico o un patio, sino no se crean mecanismos eficientes de comunicación, transportación y transferencia de pagos entre los contratantes. Muchos buenos proyectos, gente trabajadora, se desestimulan de la producción cuando sufren las consecuencias de una labor no retribuida por defectos en los niveles del contrato.
¿Y qué decir del pueblo? Ese que se pregunta dónde están los vegetales, las hortalizas, las viandas, los seriales. Todo ello teniendo en cuenta que el país destina recursos limitadísimos a estos programas, bajo la premisa de que sean aprovechados al máximo con fines sociales. Pues bien, en más de una ocasión son los monos del zoológico de Caibarién los destinatarios de productos pasados de tiempo, demorados en el cumplimiento del sistema de contratación. En mi cabeza no caben episodios como estos y siento que tengo el deber moral de comunicarlo a la audiencia, porque me asiste el coraje de cubano y periodista. Conste, no estoy pidiendo un caos de demandas y juicios gratuitos, sino la factibilidad de lo establecido legalmente. Eso, me parece, no es tan difícil. 
Como en toda prensa cubana que se respete, está presente la idea implícita de Martí en estos escritos. Esta foto es del paseo de Caibarién, que lleva su nombre.
Lo que sí pasa muchas veces con la contratación y ello compete a las formas productivas todas, es que a río revuelto ganancia de pescadores. Y sin ley ni contrato pueden llevarse a cabo operaciones que caen en terrenos marginales del mercado, que favorecen la especulación y desfavorecen al pueblo consumidor. ¿Si los monos han podido degustar gratuitamente tantos vegetales que supuestamente sobran, por qué dicho excedente no es puesto en el mercado, de manera que bajen sus precios? Al contrario, seguimos pagando la habichuela, la zanahoria o el rábano a la misma tasa monetaria de intercambio. Tal parece que en este asunto del mal cumplimiento de los contratos la soga tiende a romperse del lado consumidor, o sea de los más débiles.
Sí, Caibarién es un pequeño puerto, casi un cayo, y su economía depende de un territorio tan bello como sui géneris.
El quid consiste en diseñar una economía donde no tengan cabida la especulación y el engaño, mucho menos la falta de seriedad. Un sistema que maneje como premisa práctica la atención al hombre. En la pasada reunión de los agricultores urbanos vi gente buena, trabajadora, honesta, también dirigentes preocupados. Y sí, se exhortó a cumplir, fueron mucho más osados que yo en cuanto a exigencias. Sólo que dichas palabras han permanecido mucho tiempo en el candelero, sin que las tendencias nocivas desaparezcan. Como creo en el hombre, voto porque al menos esta vez el viento se lleve sólo mis palabras a través del éter, y no las de ellos, principales responsables del éxito o el fracaso del proyecto.