2 abr. 2014

La enamorada de Franz Kafka



Desde una perspectiva puramente literaria, ésta es la época de Kafka, más incluso que la de Freud. Freud, siguiendo furtivamente a Shakespeare, nos ofreció el mapa de nuestra mente; Kafka nos insinuó que no esperáramos utilizarlo para salvarnos, ni siquiera de nosotros mismos
Harold Bloom
A menudo me atrae más la vida de un escritor que su propia obra, los leo a la caza de entresijos chismosos que delaten su personalidad controvertida. Busco en Proust el horror por el aire contaminado de la sociedad y la sobreprotección pequeñoburguesa que lo recluyó en un cuarto insonoro. En Walt Whitman la aversión por todo lo simple, y la necesidad de decir sin decir, o sea las ideas realmente grandes y accesibles sólo a unos pocos. De Wilde tomo su deseo oscuro y al ansia por escapar a golpe de ingenio, en medio de un mundo burdo y amueblado. Llegué a Romain Rolland a través de una autobiografía de Stefan Zweig, donde además aparecen Verhaeren, Gandhi y Máximo Gorki. El autor del “Juan Cristóbal” me pareció tan diáfano como sus personajes: el mismo idealismo humanitario y antibelicista. Ante Víctor Hugo puedo figurarme a un gigante cultural, cuya estatua de bronce opacó por mucho tiempo el horizonte francés; pero asimismo lo asumo como al abuelo bonachón, que iba a cuatro patas jugando con sus nietos pequeños.
No logro separar a Shakespeare de los dramas de la corte británica y las conjuras que aquel tiempo convulso deparaba, mucho menos del gusto por lo estilizado al límite, los talles ceñidos y la sensualidad. “Romeo y Julieta” tiene un nivel de erotismo no declarado, cuya excitación sobrepasa la burda exhibición de cualquier porno. Mejor que ver es ver imaginando. Por eso me atrae tanto la figura de Franz Kafka, he leído buena parte de su obra narrativa y la correspondencia. Se puede decir que persigo esos libros de una manera casi kafkiana. ¿Quién no ha sentido que la vida presente tiene los ribetes de un simple simulacro? Quizás existamos en un plano irreal, que nos sirve de prueba hacia otros lejanos y palpables. Durante muchos años los exégetas de KFK (adoro usar esas siglas por “Kafka”) creyeron que estaban ante un hombre que cifraba sus doctrinas religiosas a través de mensajes literarios. Fueron la deshumanización completa del nazismo, la llegada masiva de una “colonia penitenciaria” mundial, los colofones de una transformación en aquella manera de interpretar al escritor checo. Por cierto, peculiar simbolismo kafkiano el de un autor que escribe en el idioma de su enemigo ocupante: el lenguaje alemán hablado por los imperialistas austriacos. Viviendo una existencia tranquila en apariencia, los diarios y cartas del genio arrojan un volcán incesante. Él mismo escribió que se desgastaba en su propio submundo de conjeturas. Fuera de la literatura, nada del universo exterior lo motivaba. 
Algún día los exégetas de Kafka tomarán más en serio el papel que una muchacha casi innombrada jugó en la cosmovisión cerrada del autor. Ella, escritora como él, se carteaba de una forma constante con su novio a distancia. De hecho, era una relación que funcionaba más en el orden platónico, respondía a la necesidad kafkiana de compañía. Porque aquel hombre solitario, como todos los solitarios, estaba ansioso por dar y recibir amor. Las líneas de su diario arrojan que más allá de publicar, sólo lo movía una ambición: “hacer una vida normal de ser humano”. Su historia “La metamorfosis” muestra dicho extrañamiento, el regusto por lo que no gusta. Uno termina la obra con lágrimas en los ojos, mientras escucha el tren que sigue como símbolo de la ¿vida? que sigue. Los personajes, ahora pasajeros de otro viaje, parecen obviar la existencia de ese universo paralelo y real que debe haber; donde los horrores de esta tierra no se repitan. Cada libro de Kafka es un clamor por un universo perfeccionado, pero dicho alarido traspasa las páginas y apunta hacia el misticismo.
Fueron el gran cráter dejado por “El Proceso”, la abolladura sin final de “El Castillo”; cicatrices en el rostro de la literatura moderna. El escritor las deja sin final no porque no sepa hacia dónde van las historias, sino porque él mismo se duele de ellas. Prefiere que el lector las traspase como camina el ciego a través de las llamas, en busca del salvamento sobrehumano.  Kafka es el caminante que llega a las puertas de la ley y siente que no puede pasarlas carnalmente, sino a través del sacrificio. Cada página en esa lógica ilógica resulta una confesión de su incapacidad para transgredir los umbrales de la inhumanidad que lo embargaba. Para él la autoridad, encarnada en el padre dominante, se traspasó a la sociedad endurecida. Frente al panorama, el consuelo de una mujer, una madre dulce, devino en esencia momentánea en un mundo extraliterario sin esencias.
Milena se llamó la muchacha, las cartas entre ambos respiraban una gran dulzura. La relación inestable no pasaba de la ardiente correspondencia; pero para Kafka la letra impresa tenía unas resonancias superiores al mundo real. Él podía introducirse en la literatura como quien hace un viaje a un universo más real que cualquier otro. Sólo escribir le interesaba. La misma idea del matrimonio era un estorbo. Las voces de sus familiares, los ruidos de la oficina, las impertinencias de su amigo y albacea Max Brod; todo ello lo alejaba de la esencia que él supo ver. Vio tanto esa esencia que acabó encerrado en ella, quizás hasta después de muerto. Sólo Milena, la maternal, lograba sacarlo a ratos.
Franz Kafka, a diferencia de Marcel Proust, no se recluyó en un cuarto insonoro. Pero su literatura fue un cuarto lleno de sonidos e imágenes desconcertantes. Uno lee como interpretando otro idioma; y los signos que percibimos pueden conducirnos hacia distintos finales. Él, apacible, callado, trabajador y solitario; prefirió el suyo. Antes de morir le dejó testada a Brod la tarea de destruir los manuscritos que quedaban inconclusos. Franz Kafka casi no publicó en vida, y de no ser por la desobediencia de Max; hoy la literatura carecería de las pistas de ese mundo otro dejadas al azar por el genial checo.
Sólo dos veces se encontraron Kafka y Milena, suficientes para que ella anotara en un diario acerca de su enamorado: "Tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, es de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarlo". Justo la imagen que tenemos del autor si nos lo imaginamos en un café, junto a la muchacha, las manos tomadas con respeto y las miradas puestas en un entendimiento más allá de aquellos segundos. Kafka redefinió la idea de amor a través de su relación intensa y frugal, nadie como él la vivió al límite y la pudo tocar tan poco. Hubo en ese contacto la fuerza oscura de las novelas inconclusas, donde el sexo se prevé tan inasible que no alcanza el mundo presente para abarcarlo. El aparente renunciamiento sólo significa viajar a una isla donde todo sucede, una porción de vida intocada, intuida en la “Metamorfosis” donde algún final se avizora en otro plano, por supuesto que no escrito. La escritura kafkiana termina por no escribirse, cuando está a punto de develarse.
Unos años después la periodista y escritora Milena Jasenská muere en el campo de concentración nazi de Ravensbruck. Allí estuvo prisionera, pero siempre en ánimos de ayudar a sus compañeros de celda. Fungió como enfermera y muchos la recuerdan por su erudición literaria, conversaciones donde la muchacha solía repetir que el espíritu constituye una isla pequeña, pero segura, en el centro de un mar de miseria y desolación. Era el año 1939, hacía ya tiempo (desde 1924) que Franz Kafka la esperaba en esa isla, al fin decidido a amar, metamorfoseado en un sueño terrestre.