23 abr. 2014

Los crímenes de Dostoievski




(Crimen no. 1: El golpe en la cara)

“Crimen y Castigo” tiene la estructura de un golpe en la cara; no es exageración, lean sus vericuetos profundos. Laberintos filosóficos que sirven de piedra de toque a un argumento sin demasiadas complicaciones desde la acción física, pero que nos mantiene en vilo en cuanto a la sicología interna y la cuestión espiritual. Como toda gran novela, muestra más los caminos que las certezas, y enseña la luz antes que la meta.
Aunque el joven Raskolnikov termine en medio de un campo siberiano, transido de amor y ante la perspectiva de un renacimiento; toda una trama detectivesca puesta al revés precede dicho encanto.  El gran mérito reside en lograr que el lector se conduela y justifique al criminal, que apoye su causa y los móviles de una vida en apariencia pobre. Porque su núcleo es la lucha del idealista débil contra el marasmo vasto y estúpido; el resonar de las armas que implica batallar por un sueño. Todo crimen no es un crimen de por sí, ni la sociedad funciona en blanco y negro.
La obra muestra cuán inútiles son las ideas simplistas manejadas por el pensamiento social moderno; sólo la persona en comunión consigo misma y en unión con algo más sagrado, puede hallar la paz. La justicia policial se equivoca y acusa a personas inocentes, o no logra encausar a los verdaderos culpables. El brazo societal sólo existe para dar una noción de nominal orden; por encima de un total desastre que impide a los idealistas alcanzar una vida honesta.
La muerte de una vil prestamista no puede compararse con la destrucción de ciudades por el bombardeo de la guerra, y otras barbaridades cometidas por hombres considerados héroes a nivel mundial. Rodión, en su búsqueda de la verdad individual, demostró que mucho de bueno hay aún en un reo condenado por homicidio. Porque son la circunstancia y la falta de oportunidades las modelan a la bestia.
Llevado de la mano de ese encanto místico, se aprende que las sociedades modernas son aún más atrasadas de lo que pensamos. Que la masividad de las grandes urbes, disminuyó nuestro peso como individuos (Milán Kundera dixit),  en un hormiguero humano donde triunfa el pensamiento colectivo y simplista de pintarlo todo con pocos colores. Hay en “Crimen y Castigo” un impulso elemental que lleva a Raskolnikov al delito para la redención, a la sangre ajena para la sangre propia. Directo a la salvación por medio de una violencia momentánea y rebelde. De la violación formal de los dogmas más absurdos, se pasa a la liberación de las trabas.
No hay otro principio en Dostoievski (ese místico que apostaba a las cartas) que el crimen salvador. Esa magia de la contradicción la obtuvo como todo visionario que sufre las arbitrariedades de la sociedad moderna, donde hay una inversión de valores aceptada por consenso. En la multitud todo es lícito si se obtiene el éxito, y todo condenable si el fracaso te toca. Los ricos ostentan su dinero a costa del falsarismo; pero bien pudieron descansar en las cárceles si sus crímenes fracasaban. Para el escritor la lógica de las apuestas como obsesión, impregnó toda la literatura. El nuevo mundo descansaba sus bases en las reglas del juego de naipes y la borrachera de los tramposos.
El golpe en la cara llega cuando Dostoievski halla la visión de un nuevo hombre, y allí se nos revela como utopista. Mas ese sueño sólo vive en la literatura, se desvanece allende el papel impreso. Todo autor escribe para autorredimirse;   la literatura como crimen y castigo purificador. El acto de rebeldía que constituye levantar la pluma y concebir otras verdades, diferentes sistemas, desestabilizar las bases de la mentira social. Pero el acto, la apuesta, se adivina decimonónica, pequeñoburguesa. Y uno termina con el sabor de haber leído un final artificioso en “Crimen y Castigo”. Quizás el despertar de Raskolnikov y su esperanza sean un símbolo; bello, literario, válido para los lectores. Pero casi puede verse el rostro de Dostoievski en un gesto de dolor, deprimido, con las certezas perdidas, inventando en la escritura un final para su propia carencia.