16 abr. 2014

Un hombre que no fue el de las revistas



Hace unos meses que no nos vemos, y la última vez que te hice el amor fue una hora confusa mezcla de sexo y ahogo. Aún recuerdo la tarde en el parque, cuando dijiste “hasta aquí” y te llevé al camión, despedí tu perfume y la piel que aún acaricio con el pensamiento. A cada rato escribes, preguntas por el blog, dices que no tienes internet.
Bueno, quisiera hacerme el duro, decir “no eres la única” o “aquello ya pasó”, pero no se manda en el deseo como se domina la mente. El deseo es potro que suelta amarras y sólo calma al beber del agua fresca. Creo que te quiero, no sé bien. ¡Me parezco tan poco al hombre de las revistas! Con 26 años aparento un niño de quince o diecisiete. Y a veces hasta sorprendo en los gallos de mi voz el galimatías de quien juega al trencito plástico.
Es el deseo ahora en mi cerebro que te llama y posee a distancia, como aquel poema que compuse mentalmente, cuando subyugaba aquellos ahogos tuyos tan eróticos, tan misteriosos. Por las estatuas de piedra que son como carne, en nombre de los tendones tersos y las pieles más perfectas jamás creadas. Aspiro a hollar tu belleza griega, aunque a distancia declares que dentro de ti fui una bestia, un fuego doliente; porque esos ardores sembraron igual tu deseo. Hasta que hagamos posible la fusión de las almas, ten este pedazo de la mía. Tuyo.
                                                    Un hombre que no fue el de la revistas