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2 may 2013

el lenguaje radiofónico ante los retos de la nueva era


Por Carlos Ramos 
El lenguaje, en su concepción más general, puede ser entendido como un conjunto sistemático de signos cuyo uso genera la codificación de mensajes en un proceso comunicativo interactivo entre emisor y receptor. El lenguaje radiofónico, en tal sentido, podríamos definirlo como el conjunto de signos que se emplean para escribir y/o discursar el mensaje radial, incluyendo los recursos sonoros – y los silencios – utilizados en la elaboración de dicho mensaje.
En los orígenes de la radio, como medio de difusión masiva para la transmisión de información a un público lejano y heterogéneo, el lenguaje radial se estructuró básicamente como discurso que imitaba la expresión de la naturaleza a través del sonido o, más concretamente, como expresión que imitaba el universo de la palabra-sonido, muchas veces subordinada a la palabra-escrita. Desde esta perspectiva los códigos sonoros del joven lenguaje radiofónico no eran sino reproductores de los viejos códigos del lenguaje verbal. Con el desarrollo tecnológico de la reproducción sonora, la profesionalización de los realizadores del medio, la adaptación al nuevo contexto perceptivo-imaginativo, que determinaba una manera distinta de escuchar el sonido, y con la certeza de que el mensaje sonoro de la radio podía transformar y tergiversar la propia naturaleza – a través de la ficción dramática principalmente – nacieron nuevos códigos, nuevos repertorios de posibilidades para producir enunciados significantes.
La filosofía romántica y la escuela idealista estuvieron orientadas a interpretar el lenguaje como una actividad creadora, al tiempo que otros teóricos de la comunicación coinciden en entenderlo como un organismo vivo, que evoluciona, se transforma, se renueva, se adapta a los cambios sociales y a los nuevos tiempos. En tal sentido, la radio ha de emplear un lenguaje que no suene muy distante del lenguaje del pueblo, que sea capaz de evolucionar a la par de éste, que se cuide siempre de caer en el anquilosamiento o de sonar a "viejo".
A diferencia de la palabra escrita, la palabra hablada no ofrece la posibilidad de una relectura, y es por eso que el lenguaje de nuestra radio ha de ser sencillo, directo, fácil de comprender por el radioyente. Los escritores han de evitar oraciones subordinadas, así como términos rebuscados, en desuso o aquellos que por su fonética puedan resultar desagradables o, como prefieren llamar algunos creadores del medio, "antirradiales". Del mismo modo se han de evitar las cacofonías, la redundancia y los largos discursos vacíos de los que tanto gustan algunos locutores nuestros.
El teórico J. Roca-Pons considera que como resultado de la evolución, el lenguaje es también un instrumento, pero no deja de ser por ello al mismo tiempo una creación artística, una obra de arte. Esta máxima ha de preceder siempre cualquier intento de discurso radial y, para ello, los realizadores del medio hemos de movilizar toda nuestra creatividad e intelecto en la elaboración de dicho discurso. Sin perder nunca de vista a los destinatarios, nuestros públicos, sus particularidades e intereses.
Los nuevos códigos y signos aportados por las nuevas generaciones enriquecen el lenguaje en su más amplia concepción y deben, con ingenio y mesura, ser incorporados también al lenguaje de nuestra radio. No solo los nuevos términos, sino la nueva banda sonora de las sociedades contemporáneas. En el verano del año 2011, la emisora Radio Progreso transmitió un programa de corte juvenil titulado “A río revuelto” cuyo diseño sonoro incluía timbres de celulares, efectos creados con los nuevos programas de edición y hasta el incómodo sonido emitido por el antivirus Kaspersky ante la detección de una amenaza; todo esto ingeniosamente empleado en función de la dramaturgia del espacio. Es ese un feliz ejemplo de renovación en el lenguaje de nuestra radio, un loable empeño por colocar en el dial una sonoridad que no resulte tan distante del aquí y del ahora. Y es que precisamente, en un mundo contemporáneo que se mueve a ritmo cada vez más acelerado, a tono con el desarrollo imparable de las nuevas tecnologías, en plena era de la Internet y ante las nuevas posibilidades comunicativas que ofrecen las redes sociales, nuestra radio ha de preocuparse ahora más que nunca porque su lenguaje no desentone con las nuevas prácticas socioculturales. Como atinadamente recomienda Armand Balsebre, es necesario que el profesional de la radio se acerque al proceso creativo con una actitud distinta, conjugando equilibradamente la dialéctica forma-contenido, información semántica-información estética; y en el proceso de aprendizaje de los códigos del lenguaje radiofónico, si es necesario, discriminando positivamente una cierta primacía de la forma sobre el contenido.
 Ante la competencia de los nuevos medios, con una sociedad global que se inclina cada vez más a la frivolidad y el hedonismo, la radio contemporánea está obligada a replantearse sus discursos, desproveerse de viejas fórmulas y recetas y sumirse en un proceso de búsqueda que demanda mucho talento y creatividad. No compartimos criterios apocalípticos en torno a una posible muerte de la radio, pues sabemos que esos mismos criterios quedaron descartados tras el surgimiento de la televisión, cuando los más escépticos creyeron que el nuevo medio poseedor de la imagen desplazaría a su hermano mayor, provisto solamente del sonido, y el tiempo les negó la razón. Creemos, eso sí, que la radio ha de evolucionar y renovarse a tono con los tiempos que corren, y apelar a toda la magia de sus recursos para seguir atrapando a los oyentes. Si bien es cierto que vivimos en una era marcada por la hegemonía de la visualidad, no es tampoco un secreto que la radio está en posesión del mayor estímulo que conoce el hombre para los sentidos: la música, la armonía y el ritmo; y que al mismo tiempo, es capaz de dar una descripción de la realidad por medio de ruidos y con el más amplio y abstracto medio de divulgación de que es dueño el hombre: la palabra. Palabras, sonidos y silencios que ingeniosamente combinados pueden generar colores, texturas, formas… arrancar lágrimas o risas… crear vida. Es precisamente a esa capacidad a la que se refieren los viejos realizadores cuando hablan de la incomprensible “magia de la radio”.  
 
Carlos Ramos: Licenciado en Estudios Socioculturales por la Universidad Central “Marta Abreu” de las Villas. Cursa la Maestría en Realización Audiovisual en la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual del ISA. Egresado del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz en las secciones de Literatura y Música. Guionista de cine, radio y televisión. Escribe para espacios dramatizados radiales de la emisora Radio Progreso. Artículos suyos han sido publicados en el periódico Juventud Rebelde y en las revistas Clave y El mar y la montaña.  


11 feb 2013

Los chamanes del aire

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¡Un momento! ¡Algo sucede! ¡Señoras y caballeros, esto es espeluznante! ¡El extremo más cercano del objeto está comenzando como a pelarse en escamas! ¡La cabecera empieza a dar vueltas como un tornillo! ¡El objeto debe de estar hueco!
HOWARD KOCH

La radio sigue siendo esa tendedera entre humanos que salva distancias enormes, basta con mover el dial y de pronto tenemos a nuestro  lado a un afectivo compañero que nos informa, nos mima y aleja nuestra soledad. Recuerdo en mis años de estudiante la fascinación que sentí por aquella película de Woody Allen, “Días de radio” que narraba las peripecias de una caja mágica en el entorno familiar de una época. Aquel aparatico era la salvación de los misóginos, los solitarios, los soñadores enfermizos.
El film significó para mí una revelación, además de la certeza de un medio que de pronto se me antojaba muy poderoso. Si la lectura nos hace recrear imágenes, aquella voz mística, que provenía de cualquier lugar, ya traía enlatados todo tipo de aventuras, chismes, tragedias, rarezas, locuras. En una era tardía, donde prevalece el internet, añoré los años dorados de la radio, ese ritual de familia, de tribu, de escuchar a un chamán repitiendo poemas o narrándose un mundo paralelo. Uno podía desayunar en presencia de los personajes de Alejandro Dumas, o reflexionar junto a F.D. Roosevelt, o creerse que Superman existía en algún lugar no tan lejano. 
En mi país el fenómeno causó furia, la radio dejó huellas en nuestras vidas. Desde un siniestro castillo habanero se emitían aquellos novelones que paraban el tránsito de las ciudades, provocando amores, odios, revoluciones. Pasajes llenos de chismes dramáticos, que todos tomaban por realidades palpables. Famosos fueron los episodios de “El derecho de nacer”, reproducidos en todos los hogares, llorados por mujeres, niños, hombres. O aquel “Chan Li Poo” que tantos atascos creara en la céntrica Habana republicana. La radio recreaba mundos paralelos, soñados para  amas de casa que se mecían junto al fogón, experimentos que vulgarizaban bellamente a Wagner, a Chopin, a Rachmaninoff y nos alelaban, como drogadictos.    
En las páginas de “La tía Julia y el escribidor” de Mario Vargas Llosa escuché los ecos de aquellos años. El libretista Pedro Camacho encarna al chamán perfecto, proveniente de intricados parajes bolivianos, que micrófono en mano nos deja saber de seres que mueren en un capítulo y aparecen vivos en otro, de personajes cuya existencia real no queda del todo dibujada y vagan por los entresijos de la trama, como ánimas. Desde entonces soy un Varguitas enamorado que busca su doble entre libretos de radio. Ellos también esperaban que les llegara la señal misteriosa desde la Habana, con las últimas aventuras del caballerito de sociedad y la damita pobre.
Aquel deleite provino de una necesidad ancestral de los humanos: la comunicación. Ya no era sólo el escueto puntaje de Morse, ni las largas semanas en barco que atravesaban el Atlántico (con sus naufragios incluidos); allí estaban los chamanes del éter con los partes de la guerra y la sarta de esperanzas y desilusiones correspondientes. La película “El Pianista” de Roman Polanski comienza y termina con una transmisión radial de Chopin, en un nocturno doloroso que representa el traspaso de épocas. Pues de alguna manera la caja mágica funcionaba como tablero, como fantasmagoría, y uno se sentía parte del mundo oyendo de forma directa al gobierno polaco en el exilio, o a De Gaulle desde la Francia Libre alabando a Juana de Arco. La voz, amiga o enemiga, iba rauda en una creciente globalización que presagiaba otros augurios.
Esa fue mi impresión sobre la radio, medio que llegó a construir de manera simultánea y masiva una realidad otra en constante desarrollo. Era imposible sustraerse a sus ondas, como una telaraña primitiva atrapaba a los más cautos. Alguien diría luego de su muerte a manos de la televisión, y la mayoría pregonan su famélica dependencia hacia las tecnologías digitales de la comunicación. Sin embargo no puedo olvidar que la caja mágica funcionó como un primigenio internet, por su magnitud mundial e inmediatez, pero además familiaridad. La radio humanizó el diálogo entre el emisor y el receptor, ya no era el columnista desde su posición inalcanzable o el cronista medio literato del suplemento dominical; sino el periodista-locutor de voz amable.
En mi país la radio funciona a la manera de esa tendedera etérea que nos lleva las últimas noticias del mundo, en boca de personas comunes que comparten sus experiencias e intercambian otras con los oyentes.  La juventud aún la traslada a la playa durante esas juergas donde priman los encuentros y la música moderna. O podemos escucharla en el transporte público urbano, o montados en una guarandinga de un pueblo a otro. En las regiones apartadas las voces se entrecruzan y así todos saben del parto de Fulanita o del matrimonio de Mengano con Zutana. A veces, entre montañas, sintonizamos la emisora comunitaria y podemos escuchar un mensaje tan pintoresco como: “Olegario, te habla Lola tu mujer, para acordarte de que traigas el palmiche cortado a las cinco de la tarde”.
Nos las hemos arreglado para que la radio funcione como una mensajería instantánea al servicio del pueblo. Gracias a esta inmediatez, el medio disfruta de mayor público y credibilidad que sus pares la prensa y la televisión. Tal vez también porque los periodistas están obligados a confrontarse cada día en vivo con sus oyentes, y así no pierden el sentido popular y de arraigo imprescindibles.  
Los chamanes del aire, capaces de curar enfermedades, de modificar realidades o instaurar otras imaginarias; aún tienen mucho poder.  Profesionales y oyentes somos miembros de una tribu que no se detiene, enviando sueños y percepciones a través de esa señal misteriosa, oculta. Poderes que ni siquiera Orson Welles supo dominar, cuando la recreación de un mundo extraterrenal se le hizo demasiado palpable.