Mostrando entradas con la etiqueta blog literario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta blog literario. Mostrar todas las entradas

18 ene 2015

El que guarda las llaves del Reino



...que no conozca el significado de mi arte, no significa que no lo tenga...
Salvador Dalí
Todo comenzó la noche en que decidí ser todas las cosas y las personas imaginables. El deseo me llevó a una acción más que filosófica, más bien trasmutatoria. De pronto me vieron vestido de casillero o de médico, ejerciendo de empleado del alumbrado público o como niño repartidor de periódicos. Intenté ser de todo, incluyendo no ser nada.
Se pensará que la quimera resultó irrealizable, pero es todo lo contrario. Transformarme en todo era posible, palpable, sólo me faltaba tiempo. La terrible mortalidad conspiraba contra mis proyectos humanos e inhumanos. Pensé en los genios del Renacimiento, que estudiaron todas las disciplinas. Imaginé los genios del futuro, siendo todas las disciplinas e incluso no siendo. Por ello me enrolé en la aventura de la inmortalidad.
Decían por entonces en los reguiletes fantasmas y los nidos de hadas, que lo no mortal floreció un tiempo ante las Puertas del Reino y que sólo el guardián del sitio podía apropiarse de dichas ventajas. El que guarda las llaves asume a su vez la cualidad de miembro de lo inmortal y lo infinito.
Caminé por tierras donde hubo supuestos guardianes, personas petrificadas junto a viejas puertas de hierro o plomo. Cadáveres con trozos de carne semiviviente que me saludaron en mi empresa. Pero ellos sólo eran guardianes, seres finitos en su limitado mundo de ajenos y miembros. Yo buscaba las llaves del Reino y guardar las puertas de lo múltiple.
En la empresa me acompañaron otros, con quimeras menos atrevidas pero igual de inverosímiles. Un buscador de oro silvestre desgastaba sus últimos años observando la bruma de los diferentes amaneceres, bruma que por demás era químicamente la misma en todos los sitios. Un analista de almas investigaba por qué hay seres de luz y de sombra, si la luz y la sombra son lo mismo en diferentes posturas solares, pero su empresa asumía iguales ribetes irrealizables que la mía. Y así, se me unieron saqueadores de la nada, folclóricos rumberos de la metafísica, fusiladores de folletos perdidos, falsarios que decían grandes verdades. Roímos las entrañas de planeta a la caza de las quimeras.
Por castillos enmarañados de zarzas y de telarañas busqué, por atmósferas irrespirables y llenas de duendes. Pero sólo un manuscrito obtuve acerca de las llaves del Reino, y su estudio arrojó tanta luz como oscuridad. Y la luz y la oscuridad se superpusieron en tal magnitud que nada pude leer.
Sólo la extraña figura de una mujer desnuda sobre un caballo era visible en aquel manuscrito. Su cuerpo esplendía como lo hacen los jinetes que van contra los reinos de lo oculto, o como la mirada que tiene el buscador de oro silvestre al amanecer. Luces y sombras, en una lucha sin par, me impidieron ver más allá del cuerpo.
Yo quería ser todas las cosas y el tiempo no me alcanzaba, debía hallar antes de los ochenta años las llaves de la Puerta del Reino. Ochenta es una cifra que pesa demasiado cuando se busca algo. Y si lo buscado tiene el peso de la eternidad, uno tiene el peligro de caer aplastado para siempre.
En una de las tantas vueltas que di por tierras repletas de brumas y de posibles oros silvestres, conocí una chica de unos quince años. No hablamos, pero nuestra comunicación fluyó a un nivel metafísico, como si hiciéramos un amor secreto. Yo iba a caballo y ella cortaba unas margaritas.
Seguimos en nuestro bregar a través de brumosos pantanos llenos de reyes medievales, de niveles de ansiedad repletos de príncipes que enseñan medio cuerpo muerto, de torres iluminadas mediante serios artilugios, de magas consoladoras que rezan para calmar el fuego de los invisibles, de invencibles adivinas con gorros de dormir a base de espinas, de vasos que contienen cráneos silvestres que jamás pensaron ni sintieron, de gentes llamadas a amar, de gentes obligadas a odiar, de islas en medio de desiertos que fueron mares llenos de piratas bondadosos. Seguimos nuestro viaje a la caza del oro o de las llaves de la Puerta, para que los reinos nos sonrieran una vez antes de la muerte.
Nuestra muerte se hizo más segura a medida que fracasábamos en el tiempo real y el tiempo metafísico sobrevenía.
Una muerte que era como la vida sin supersticiones.
Una muerte como el vacío.
Una muerte como la angustia sin objeto.
Como el objeto sin sujeto.
Y como el sujeto sin alma ni objeto.
Una muerte que ya venía cabalgante con su gorro de espinas negras y su hoz que siega las cabezas de los tercos buscadores de cosas silvestres, ya fuese la inmortalidad o el oro.
Recordé en una de aquellas visiones de la muerte la visión de la chica de quince años. El suceso vino por contraposición. Los opuestos se llaman y coexisten en ese reino de lo inconsciente que llamamos vida interna. Hacíamos el viaje de regreso para reiniciar el viaje de ida, una y otra vez. Pasaríamos por la casa de las margaritas y la niña que las cortaba. Para nuestra sorpresa sólo hallamos una choza y una vieja solterona, gorda como un carrete de muertos embadurnados en aceite de antorcha.
La nueva visión me recordó que yo mismo dejé atrás la delgadez y la belleza, también el buscador de oro. Un filósofo que investigó con dureza las fuentes de la sabiduría oriental nos habló aquella noche sobre la chica de quince años. La señalaba con el dedo, mirando a la señora como un carrete. Poco a poco la imagen mental de aquella criatura que segaba margaritas se fue tornando fea, hasta recorrer el trecho de la luna y ser una gorda solterona.
En aquel instante se acercó la señora, ya sin margaritas ni belleza externa. Sus ojos no eran cristales sino cuencas que miraban como desde un tiempo sin tiempo. El filósofo, como  si supiera de mi búsqueda de la inmortalidad, me preguntó si conocí alguna vez el amor. Mi respuesta negativa no fue una sorpresa. La señora gorda se fue, pues debía servirnos la cena.
Esa noche dormimos todos en la casa de la antigua chica que cortaba margaritas. Yo tuve varias visiones, muchas eran reiteraciones del viaje, pero una tuvo relación con la chica. Estuve junto a ella, dejé de buscar para siempre, hicimos una vida juntos, engordamos, pero sólo en sueños. Cuando desperté tuve una certeza extraña, casi juvenil, y el sentimiento de contar por primera vez con las llaves de la Puerta del Reino. Ese día cumplí ochenta años y la muerte cabalgaba con más fuerza.

11 abr 2014

Toda historia es una historia de detectives




Siempre tuvo la seguridad de que en algún momento se tornaría invisible. La idea se le volvió persistente a través de los sueños, los espejos, los ensayos de Montaigne y los juegos de laberintos. También en las lecturas de Descartes, donde el método de búsqueda expuesto por el autor se le antojaba una clave, escrita sólo para un hombre, cuya existencia aunque predecible no cuadraba con los principios de la ciencia humana.
Los filósofos le parecían dioses, a la vez que los novelistas encarnaban la simulación, el fracaso y el espejo. Él mismo escribía largas páginas, con la esperanza de lograr un ensayo coherente, pero todo terminaba en una trama detectivesca, con los mismos personajes, exacto conflicto y un final invariable. No importaba cómo iniciase un nuevo pergamino, las letras lo conducían al fracaso creativo y la lejanía con relación a los Maestros de la especulación filosófica, o la ciencia elemental.
Su objeto y conflicto detectivesco frustrante consistía en ensayar un escrito donde poco a poco se mostraran las claves de su futuro, inverosímil, pero cierto invisibilismo (inventó la palabra, para al menos esbozar desde el lenguaje una entelequia más abarcadora). Descubrió que quizás existan varias formas de interpretar dicho estado. La más jovial y menos agresiva es la sociabilidad anulada, o sea un sujeto que pasa desapercibido entre los demás, asunto que los sicólogos quieren explicar a través de los hilos freudianos y la sociología de Foucault, sin darse cuenta de la cuestión cabalística encerrada en hombres invisibles y que no se enmarca en el simple dilema de los complejos del subconsciente, ni en los mecanismos represivos de una sociedad de por sí desconocedora de sí.
El invisibilismo menos clásico y accesible al gran público, aparece esbozado ya en un cuadro de Rembrandt, tema que  llamó la atención a aquellos críticos minoritarios y poco publicados del norte de Europa; pero nunca mereció mucho más que una limitada edición de apuntes marginales, que juntos arman apenas un ensayo sin título, ni tesis, ni resolución. Antologadores de la Universidad de Upsala que tuvieron acceso a la publicación, intentaron un autorizo para divulgarla en medios académicos, pero la morosidad en proceder estuvo marcada por los interminables espejos del decanato en Norfolk que pierden a los profesores y  los obligan a eternas caminatas en círculo, los augurios vistos en cierto estanque noruego del palacio real y otras causas archivadas por decisivas, secretas y en el fondo bastante intrascendentes.
Lejos de aquellos esbozos estaba su sensación de volverse invisible en cualquier momento; sobre todo por la implicación filosófica que el hecho acarrearía en el campo especulativo. Él estaba así a punto de convertirse quizás en el concepto de hombre tan anticipado por quienes se desvelaron escribiendo ensayos, todos acerca del paso del ser al no ser. Estadío que la palabra invisibilismo explica mejor que invisibilidad: mientras la primera abarca (aunque no totalmente) raíces semánticas imposibles de expresar en un idioma moderno, concernientes al núcleo de la filosofía más antigua; la segunda expresa sólo la posibilidad de perder algo de vista, lo cual se relaciona a los sentidos de por sí engañosos y corruptibles.
El precio por experimentar en su persona la realidad de tanta especulación sería un seguro silencio, el contemplar cómo los filósofos continuaban debatiendo acerca del paso del ser al no ser, cuando él mismo conocía la respuesta a tanto debate en la no existencia de su propio ser. La escritura de un ensayo que dejase constancia de dicho tránsito, ya abrupto, ya paulatino, era su único legado a aquellos que desgastaban neuronas yendo hacia caminos trillados, o vías que de por sí eran espejos o juegos de laberinto, o inventos de academia cuya función se desvanece más allá de las puertas de un refrigerado laboratorio. 
Escribir aquel manifiesto ensayo sobre la galopante posibilidad de su traspaso a una especie de inmortalidad constituyó su modus vivendi, durante los años transitorios que aún le tocaban dentro del envoltorio humano y pútrido de este mundo. Su experiencia se apartaba de historias de ciencia ficción o especulaciones de índole cuántica, pues obviamente quienes se dedicaban a tales premisas desconocían que en el paso de lo visible a lo invisible sólo se perdía la cualidad de lo perceptible para los sentidos de este mundo. En la cábala que actuaba tras su experiencia había mucho de la sabiduría hebrea y de verdades secretas para este plano de la ciencia, pero manejadas como hechos públicos por formas que hacían las veces de medios de prensa de difusión masiva en dimensiones aún por predecir, ni siquiera imaginadas.
Como quiera, su seguridad de volverse invisible partía de la certeza diferente de la infalibilidad de las ciencias. La falta total de explicaciones era una fuerza que superaba cualquier determinismo matemático, incapaz de captarse a través de estudios mundanos. Quizás sólo el formalismo predicado en la Edad Media se acercaba a la situación descrita, o las ideas que el propio hombre concibió en medio de las cavernas, cuando aún nombraba las cosas del mundo a través de conceptos disociados de la lógica. Ese aspecto de la nueva ciencia que él mismo encarnaba lo llenó de espanto, pues su traspaso a sabidurías distintas implicaba la imposibilidad de darlas a conocer en un lenguaje visible a los doctos de ahora. Quizás, a medida que avanzaba su estado, el ensayo concebido se tornaría en una papilla inexplicable para los lectores que aún se hallaban en el estadío existencial de Descartes, Platón o Bertrand Rusell.
Otra vez la pesadilla de encarnar lo sabio y no comunicarlo jalonaba sus sueños, y se le presentaba en los espejos a través de rostros de científicos desconocidos, que también le resultaban familiares. Por ello ideó un dialecto intermedio entre los idiomas modernos y aquella papilla que ya iba entendiendo a medias, detalle este último que ya demarcaba su progresivo invisibilismo. A través de los signos describiría las pistas esenciales, de la manera más sencilla, para que físicos y escolásticos hallasen la quintaesencia del traspaso, dando fin a milenios de especulación y desgaste. Lo llenaba de regocijo la idea de que el ahorro de energía neuronal impulsaría el pensamiento creativo hacia áreas más fértiles, y desandaría el laberinto del camino de la humanidad hacia una verdad predicha a medias por un grupúsculo de mentes tan brillantes para este mundo, como mediocres para el otro.
La forma en que se evadió del eterno retorno de la ficción detectivesca en la escritura de su ensayo, fue aceptarla como parte de un código intermedio entre los idiomas modernos y la papilla, que ya dejaba de ser papilla, para asumir los ribetes de lenguaje, si bien el vocablo no llegaba a abarcar las posibilidades expresivas que el nuevo estado presuponía. Varias veces, cada cierto número de páginas, su escrito empezaba y terminaba la misma trama policial; intentando demostrar dos tesis: 1-Su presencia en el trabajo científico era puramente baladí, 2-En el mejor de los casos se trataba de un signo de conexión entre aquel mundo, y este, donde los libros de Agatha Christie son un referente universal. Lo que al inicio fue defecto, hizo las funciones de código compartido, en ese dialecto intermedio en que se madejaba el ensayo. 
Sin embargo, en la concepción de aquel escrito, se le hizo evidente que el conflicto del cuento detectivesco ganaba protagonismo, y que además su personaje central se le parecía bastante. Finalmente, la historia era su propia historia, narrada en términos exactos, pero sin resolución factible. El nuevo giro fue un guiño que la futura ciencia le hacía acerca de la falibilidad de su ensayo, de lo inútil de comunicar un secreto que proseguiría. Lo que fuera artificial y colgante dentro de su verdad, devino en esencia y oscuridad. La ficción detectivesca era la ficción de la búsqueda del traspaso por todos los filósofos científicos a lo largo de la historia de las ideas; y la certeza de un retorno a través de caminos falsos dispuestos en el laberinto de los espejos, donde se reflejaban rostros desconocidos, pero familiares de otros científicos en igual situación.
No todas las historias tienen una resolución; pero los cuentos de policías se caracterizan por los finales cerrados, cuando el detective reúne a todos los sospechosos y analiza cada caso, hasta dar racionalmente con la tesis final. Entre los desenlaces circulares, abiertos y cerrados; las ficciones de Sherlock Holmes, Mis Marple, Auguste C. Dupin y otros preferían la última categoría. Pensó que el hallazgo de una historia sin final, o sea sin cerrarse, sería un código de ruptura suficiente como para enviarle una señal a los científicos de este mundo sobre la naturaleza diferente de su ensayo. Ellos, extrañados, estudiarían la nueva Piedra de Roseta, dando con los jeroglíficos del traspaso.
Satisfecho por su ingeniería, basó el dialecto intermedio entre la papilla y los idiomas modernos en tesis no resueltas de una misma trama detectivesca. La suya. Él intuía que sí había un desenlace, que como toda historia de ese tipo, el personaje central expondría entre todas las tesis falsas (esbozadas por tantos pensadores) la única factible. Pero era imposible expresar dicho sucedido en el terreno de los idiomas, mucho menos en el nuevo dialecto intermedio. El cráter, la ausencia, llamaría la atención, acortaría el camino de los investigadores lectores del ensayo. De tal manera el traspaso al invisibilismo, en apariencia único, se trasmitiría a millones de seres ciegos, alelados con las viejas teorías humanas.
Se perdió el resto de lo que se sabe sobre ese escritor, sólo quedó la anotación progresiva de su ensayo, narrado en primera persona, con una porción del proceso de invisibilismo; y lo interrupto del dialecto en un punto crucial, donde la repetición, el comienzo, se avizora concluyente y a la vez reiterativo hasta el infinito. El hallazgo de unas esculturas sobre cierta persecución maya contra un profeta que predecía lo mismo de forma imparable; demostró la ocurrencia de casos parecidos en culturas dispares. En los sitios arqueológicos, la profecía simulaba un cuento de policías, en el cual el indio perseguido terminaba escapando, volviéndose él mismo su propio mensaje, flotando sobre las cabezas de los guerreros en forma de un susurro que no paraba.
Científicos de Upsala registraron la ocurrencia de ambos ensayos, el uno en papiro, el otro en piedra, uno en la modernidad, otro en los tiempos floridos de Palenque. La publicación de un informe conclusivo sobre tales casos de invisibilismo y creación de dialectos a partir de tramas detectivescas podría demorar bastante. Los laberintos de espejos en la universidad son un reflejo incompleto de los laberintos de la historia; pero a la vez los expresan y los continúan en este plano. Sólo se puede conjeturar que si existen dos casos, podría la posibilidad de tres, cuatro o un millón. Ello presupone la existencia de voces flotantes que susurran en este plano presente la misma historia, verdad que con cierto tono de impotencia, pero esta vez resuelta, conclusiva en un final típico, a lo cuento policial.