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5 ago 2015

Historia de la muerte de muerte



Es una historia donde la muerte lenta se vuelve de prisa, se vuelve en primera instancia hacia ella y contra ella; porque la muerte lleva muerte a todo y a todos (incluyéndose ella misma). Esta manera de morir, tan repentina,  tuvo otras implicaciones. La gente siempre perdió la vida con bastante agilidad y que muriera la muerte sí era un dilema. Nadie mataría, nadie moriría. Tan de prisa fue la muerte de la muerte que dejó detenidos a los vivos.
Y esa congelación estaba a la vista en las ciudades, en los subterráneos y los campos, donde los niños moribundos no sanaban ni enfermaban y seguían en una media vida. Buscarle una explicación a la historia de la muerte de prisa, hacer que alguien contara su devenir, clasificó entre esas cosas tan imposibles como el retorno desde la propia muerte. Con aquel fenómeno tan de prisa todo acontecía como un reguilete congelado.
Vi a uno de esos moribundos caminar la acera con cara de vivo y su espanto aún era de trance.  Llamaba a la muerte por su nombre, vociferó en mi rostro durante el trayecto en el metro, se bajó los pantalones para enseñar las escaras de su culo pútrido. Casi no respiraba, ni amaba. Todos los elementos de la no-vida, pero aún palpitantes de oxígeno.
En el cielo, un cometa que se hizo visible durante la muerte de la muerte, quedó como paralizado. No estaba muerto, no, simplemente su aparente vida era tan eterna que decidió tomarse las cosas con calma. Podía vérsele al cometa de día y de noche en una esquina del cielo, con su cola cada vez más larga y detenida.
Alguien presentó una supuesta tesis del por qué de la muerte de prisa. Al morir la muerte, todo era vida, pero la vida se define sólo a través de su opuesto. Ya tampoco podía hablarse entonces de estar vivos. De forma que estábamos detenidos en una modalidad menos cómoda de perder la vida. Mientras más tiempo transcurría, más caíamos en la no-vida. Y decir no-vida tampoco equivale a morir, sino a la entrada en un estamento cuya definición habría que buscar.
Ese alguien jamás reveló su identidad, luego otros revelaron que nunca existió tal fuente. Al final la teoría devino en hipótesis y en suposición y en rumor y en chisme. Sólo unos pocos creyeron para contentarse con una muerte ausente.
En el caso de muchos, nos fuimos a vagar por las ciudades. Atravesamos fronteras abiertas donde los guardias de mil años de edad tenían rostros de niños del servicio militar. Dijimos un millón de veces las mismas frases en los mismos sitios, circunvalando la Tierra hasta roerla y dejarla llena de surcos en los mares y los llanos. En las montañas vimos caer eternamente la misma manzana, sin que esta tocara jamás el suelo. Había sitios donde la lluvia quedó a una altura por encima del desierto, como aguantada por un gigante invisible, sin mojarnos a los caminantes.
Etapas hubo en que andábamos entre estatuas no-vivas de personas que sin alcanzar la muerte, fueron sorprendidas en el acto de morir. Aquellos espectáculos eran dignos de ferias, pero las ferias tampoco atraían a nadie, porque nada nos extrañaba. En una eternidad se conoce todo, desde la mujer barbada hasta el murciélago que habla. La no-vida mataba la curiosidad del hombre, le llenaba la cabeza de recuerdos, conocimientos, sentimientos, juicios, uniones carnales, apetitos del vientre. Las ferias siguieron, pero enfermas de no-vida, lugares adonde íbamos como museos para contemplar los restos de nuestro antiguo extrañamiento. Nos maravillaba acordarnos de cuánto desconcertaba antiguamente aquel malabarista, o las argucias de un mago cuyo número sobre la muerte era a la par llamativo y frustrante, pues sólo mostraba la no-vida.
A veces, en el trayecto ya fuese desde Nueva York hasta Ontario o a través de los Grandes Lagos, alguno de nosotros se convertía en estatua no-viva. Lo dejábamos a la vera, ahí parado, como si su prolongamiento móvil tras la muerte de la muerte constituyese un error ya corregido.
Los hombres jamás vivieron un enjambre de vida tal, un hartazgo que repugnaba de placer y de ascetismo porque el tiempo sobró para ir de uno a otro estilo de existencia. Cuando era demasiada el hambre, digamos una abstinencia de cuarenta años, pues nos metíamos de cabeza en la comida otros sesenta hasta que en vez de caminar rodábamos.
Se iba de los hombres-hambre al hambre-hombre o sea de la inanición al canibalismo entre  grupos. Adicciones por la carne propia que se debían no a la falta de dicho producto, sino al regusto por comer para llenar la eternidad de la no-vida. Era una muerte bien incómoda aquella muerte sin muerte, tanto que por diferentes vías buscamos paliativos.
Nunca supe cuándo, pero empezamos a notar en los demás viandantes el mismo plan. No importaba quién ideó aquello, sino su implementación rápida y masiva. La forma de combatir la no-vida estaba quizás en ignorarla, en mantener los mismos ciclos de la vida y la muerte antiguas sin importarnos la ocurrencia o no de una vida o una muerte reales. Físicamente nadie fallecía, pero legal, cultural y socialmente se establecieron pautas. Cada cierto número de años, digamos setenta y cinco en los hombres y setenta y seis en las mujeres (el tiempo sí transcurría imperturbable) las personas simulaban morir. Los familiares armaban el tinglado del supuesto funeral con capilla y todo, el entierro, las flores, la despedida discursiva y las lágrimas con vestidos negros. Luego se sacaba al falso cadáver de la tumba para llevarlo al hospital junto a su madre, y  procedía el simulacro del nacimiento. Hasta que transcurrieran otros setenta y cinco o setenta y seis años más.
Yo nací y morí doscientas veces. El número de decesos y alumbramientos se alojaba en un carné que todos presentábamos a las autoridades. Así se mantuvieron las costumbres familiares y el recuerdo del dolor por la pérdida de este mundo. Pero como simulacro la cosa comenzó a aburrir. Y estuve entre los primeros en rechazar aquel espectáculo de feria donde éramos todos los trapecistas y los magos de un número consabido, de un espejismo de vida y de muerte.
Las risas del nacimiento y los llantos de la tumba se transformaban en alaridos igual de horribles, y las estatuas no-vivas no participaban del juego. Ellas estaban allí, a la vera, paradas en el gesto de coger una flor o decir una mala palabra. Los habitantes de este mundo, que la muerte de la muerte sorprendió en medio de la muerte para dejarlos en ese halo de indefinición. Esas estatuas eran un símbolo de la muerte real ya perdida, eterna, ellas encarnaban el Recuerdo. Mecanismo del carné y los nacimientos y las muertes, rellenos de la no-vida.
El Recuerdo dolía, no llenaba, vaciaba. Huimos del Recuerdo unos pocos caminantes, nos alejamos de aquella feria que era el mundo. Fuimos hacia los montes al resguardo de las ruinas de las metrópolis. Allí practicamos el olvido, asumimos que vida y muerte siempre fueron espejos contrapuestos más que espejismos. Renunciamos a experimentarlas, así fuese de mentiritas. Nos atuvimos al olvido de todo y de todos.
Empresa imposible esta de borrar memorísticamente aquellas vida y muerte físicas, pero camino único para la renuncia al ritual de las costumbres. De modo que ya olvidamos algunas cuestiones formales, por ejemplo hace unos veinte años sabíamos las oraciones a los difuntos y la canción de cumpleaños. Pero con esfuerzo eliminamos esos vestigios. Nuestra empresa contaba con dos oponentes: el resto del mundo que vivía en el tinglado y las estatuas de la no-vida. Aquellos rellenos nos recordaban que el olvido era tan imposible como el recuerdo en un mundo donde la muerte se fue de prisa y para siempre, dejándonos solos. 












3 ago 2015

La extraña noche a rayas



Aparentemente mi amigo Mateo era cazador en la India. Durante una de las tantas salidas a la selva halló una creencia aborigen: personas con almas de tigres. Tribus enteras de gente que en la noche abandonaba su cuerpo para asumir la conducta y la forma de un monstruo. Aquello  que Mateo tachó de superstición indígena, se confirmó cuando uno de los compañeros de caza no quiso matar un tigre porque era su pariente lejano.
Esas historias que mi amigo destilaba a la distancia de los años generaron en mi mente la burla y la duda. Pensar que una parte de la humanidad en cualquier lugar del mundo era de esencia tigresca, tener por cierto que el chico del colegio asumía el ropaje de un gato gigante y salía a cazar. –Y no sólo eso –decía Mateo– hasta cabe la certeza de que tú y yo tengamos alma de tigre, pues la manifestación del fenómeno está unida a la inconsciencia y el sueño.  
El presidente, el barrendero, el ministro de cultura, la actriz de cine, el periodista, la presentadora de shampoo, el que juega béisbol, la vecina medio muerta o medio viva, todos podrían ser tigres, garras que abren estómagos y magullan las aceras en la noche y derriban las cercas y rompen las cunas y matan las crías. Una creencia así no sólo explicaba cuánta crueldad puede existir, sino las causas de dicho sentimiento. Mateo sostuvo su historia delante de mi dubitación aún en medio de aquella noche en que juntos salimos a cazar un tigre en plena ciudad –Para demostrarte que aún en medio del océano, en un barquichuelo de pescadores de cetáceos, hay gente de esencia felina –Dijo él mientras engrasaba los cartuchos de su vieja escopeta.
La noche estaba tranquila, un carro de la policía nos pasó de largo en la avenida y el brillo de los ojos de uno de los agentes me pareció novedoso e intimidante. Nos metimos en un club lleno de rockeros, donde las sombras escondían y a la vez mostraban nuestra empresa. Nadie se molestó ante el hecho de vernos aparecer, porque todos estaban tan borrachos o tan drogados, que ni un remolino los despertaba. –¿Ves a ese? –Mateo señalaba a un jovencito universitario de una camiseta a rayas, los ojos del chico brillaron amenazantes, pero envueltos en nubes de marihuana. Nos fuimos acercando a nuestro objetivo y le dimos caza fácilmente, un golpe en la cabeza y ya lo teníamos encima de la acera, tirado a lo largo.
Mantuvimos al chico en ese estado todo el tiempo posible, le inyectábamos droga por el día a la espera de que en la noche saliera  su espíritu de tigre. Mateo estaba convencido de que el sujeto elegido era la demostración de su creencia, yo sólo me cuestionaba cómo fui a una empresa tan loca. A la semana los resultados del experimento eran nulos y le hablé de liberarlo, pero la evidencia nos delataba. Entonces descuartizó al muchacho y lo metió en el refrigerador. –Es por nuestro bien, en definitiva sólo matamos un tigre más– quizás estas justificaciones de Mateo respondían a una mente enferma, jalonada por tantos años de internamiento en la selva o por sabrá dios cuántos asesinatos. –Ya verás cómo, en el transcurso de los días, el cadáver muestra las huellas del alma de un tigre y me darás la razón– Pensé que mi amigo sólo quería matar a alguien y ahora usaba estas creencias para sepultar el hecho ante sus ojos y los míos.
Mateo y yo montábamos guardia junto al cadáver, le arrojamos agua para que los efectos de la congelación no lo destruyeran. No abundé más acerca de mis dudas, pues noté en mi amigo una excitación cercana al instinto de suicidio o de asesinato. En mi adolescencia temí de los mayores, esos que te maltratan a la salida. Quizás todo lo vivido tuvo siempre un por qué más sencillo y contundente.
Al tercer mes el cadáver no mostraba evidencias felinas. Mateo desapareció en una noche de ciclón, cuando las ráfagas sonaban como los alaridos de un tigre. Quedé junto al chico muerto del refrigerador, en una casa vacía. Los muebles y toda la decoración del lugar imitaban las consabidas rayas amarillas y pardas, había cuadros con imágenes de caza, películas, documentales de Discovery Chanel. Comencé a pensar que va y Mateo nunca fue a la India, quizás sólo se embobó con toda la parafernalia acerca de la selva y los gatos gigantes.
Me nublé en las nubes de la marihuana que estaba guardada al lado del tapete de un tigre asirio. Vi figuras amorfas, con ojos enormes e inexpresivos. Caras rayadas y colas largas. Colmillos con sangre. Las imágenes caminaban por la habitación, maullaron. Eran seres humanos, pero de esencia tigresca.  Hice el amor con una de aquellas mujeres a rayas, mordí su culo peludo y besé sus bigotes. Me sumergí en aquel mundo que de pronto era amplio, lleno de avenidas o de selvas, de edificios o de árboles, de gente o de presas.
Desperté sin noción del tiempo, vi el cadáver que todavía no mostraba huellas de tigre. Era de noche y un carro policía chilló en la distancia de alguna calamidad. Me fijé en los arañazos de mi cuerpo y en la mordida aún sangrante que me jalonaba la pierna izquierda. Salí a la calle y todo era oscuridad, un aire erizaba los tejados y el silencio intentó revelar algo intangible, legendario. En la acera de la bodega unos chicos universitarios se daban besos o mordiscos, no supe bien, sus ojos alumbraron mis pasos y escuché un maullido.
Noté que las aceras y las cercas estaban magulladas, había una especie de pintura primitiva en las paredes que representaba diferentes tipos de gatos gigantes. El carro de la policía pasó de largo chillando y chocó contra una esquina, un hombre a cuatro patas saltó del interior del vehículo para ocultarse en los matorrales del basurero cercano.
Volví a Casa de Mateo, el hambre me torturaba. Todo el refrigerador estaba cubierto por los trozos del cadáver. La radio y la tele no transmitían, el grito de una mujer en la vivienda contigua se confundió con el estruendo de algo cayéndose. Me serví una de las piernas de aquel chico congelado que aún no mostraba huellas de tigre. El sabor trajo el recuerdo de aquellos años duros, llenos de apagones eléctricos, cuando comerse un gato era el manjar más cercano a la delicia. Y el viento volvió a soplar en la ventana y vino otro grito que se prolongó hasta volverse llanto.
En medio de mi sueño de esa noche vi más mujeres peludas, hice el amor varias veces. Desperté a mitad de la madrugada, ya no había marihuana detrás del tapete asirio. Entonces estuve un rato mirando las manchas de humedad que el ciclón dejó en las paredes, mientras recordaba las pinturas primitivas de la calle: un hombre con hocico y cola, un tigre con  piernas y manos, una cara a rayas entre amarillo y pardo. Antes de conciliar di vueltas en la cama, unos ruidos de gatos en el techo me molestaban, ronroneé un poco y al fin dormí unas horas.      

18 ene 2015

El que guarda las llaves del Reino



...que no conozca el significado de mi arte, no significa que no lo tenga...
Salvador Dalí
Todo comenzó la noche en que decidí ser todas las cosas y las personas imaginables. El deseo me llevó a una acción más que filosófica, más bien trasmutatoria. De pronto me vieron vestido de casillero o de médico, ejerciendo de empleado del alumbrado público o como niño repartidor de periódicos. Intenté ser de todo, incluyendo no ser nada.
Se pensará que la quimera resultó irrealizable, pero es todo lo contrario. Transformarme en todo era posible, palpable, sólo me faltaba tiempo. La terrible mortalidad conspiraba contra mis proyectos humanos e inhumanos. Pensé en los genios del Renacimiento, que estudiaron todas las disciplinas. Imaginé los genios del futuro, siendo todas las disciplinas e incluso no siendo. Por ello me enrolé en la aventura de la inmortalidad.
Decían por entonces en los reguiletes fantasmas y los nidos de hadas, que lo no mortal floreció un tiempo ante las Puertas del Reino y que sólo el guardián del sitio podía apropiarse de dichas ventajas. El que guarda las llaves asume a su vez la cualidad de miembro de lo inmortal y lo infinito.
Caminé por tierras donde hubo supuestos guardianes, personas petrificadas junto a viejas puertas de hierro o plomo. Cadáveres con trozos de carne semiviviente que me saludaron en mi empresa. Pero ellos sólo eran guardianes, seres finitos en su limitado mundo de ajenos y miembros. Yo buscaba las llaves del Reino y guardar las puertas de lo múltiple.
En la empresa me acompañaron otros, con quimeras menos atrevidas pero igual de inverosímiles. Un buscador de oro silvestre desgastaba sus últimos años observando la bruma de los diferentes amaneceres, bruma que por demás era químicamente la misma en todos los sitios. Un analista de almas investigaba por qué hay seres de luz y de sombra, si la luz y la sombra son lo mismo en diferentes posturas solares, pero su empresa asumía iguales ribetes irrealizables que la mía. Y así, se me unieron saqueadores de la nada, folclóricos rumberos de la metafísica, fusiladores de folletos perdidos, falsarios que decían grandes verdades. Roímos las entrañas de planeta a la caza de las quimeras.
Por castillos enmarañados de zarzas y de telarañas busqué, por atmósferas irrespirables y llenas de duendes. Pero sólo un manuscrito obtuve acerca de las llaves del Reino, y su estudio arrojó tanta luz como oscuridad. Y la luz y la oscuridad se superpusieron en tal magnitud que nada pude leer.
Sólo la extraña figura de una mujer desnuda sobre un caballo era visible en aquel manuscrito. Su cuerpo esplendía como lo hacen los jinetes que van contra los reinos de lo oculto, o como la mirada que tiene el buscador de oro silvestre al amanecer. Luces y sombras, en una lucha sin par, me impidieron ver más allá del cuerpo.
Yo quería ser todas las cosas y el tiempo no me alcanzaba, debía hallar antes de los ochenta años las llaves de la Puerta del Reino. Ochenta es una cifra que pesa demasiado cuando se busca algo. Y si lo buscado tiene el peso de la eternidad, uno tiene el peligro de caer aplastado para siempre.
En una de las tantas vueltas que di por tierras repletas de brumas y de posibles oros silvestres, conocí una chica de unos quince años. No hablamos, pero nuestra comunicación fluyó a un nivel metafísico, como si hiciéramos un amor secreto. Yo iba a caballo y ella cortaba unas margaritas.
Seguimos en nuestro bregar a través de brumosos pantanos llenos de reyes medievales, de niveles de ansiedad repletos de príncipes que enseñan medio cuerpo muerto, de torres iluminadas mediante serios artilugios, de magas consoladoras que rezan para calmar el fuego de los invisibles, de invencibles adivinas con gorros de dormir a base de espinas, de vasos que contienen cráneos silvestres que jamás pensaron ni sintieron, de gentes llamadas a amar, de gentes obligadas a odiar, de islas en medio de desiertos que fueron mares llenos de piratas bondadosos. Seguimos nuestro viaje a la caza del oro o de las llaves de la Puerta, para que los reinos nos sonrieran una vez antes de la muerte.
Nuestra muerte se hizo más segura a medida que fracasábamos en el tiempo real y el tiempo metafísico sobrevenía.
Una muerte que era como la vida sin supersticiones.
Una muerte como el vacío.
Una muerte como la angustia sin objeto.
Como el objeto sin sujeto.
Y como el sujeto sin alma ni objeto.
Una muerte que ya venía cabalgante con su gorro de espinas negras y su hoz que siega las cabezas de los tercos buscadores de cosas silvestres, ya fuese la inmortalidad o el oro.
Recordé en una de aquellas visiones de la muerte la visión de la chica de quince años. El suceso vino por contraposición. Los opuestos se llaman y coexisten en ese reino de lo inconsciente que llamamos vida interna. Hacíamos el viaje de regreso para reiniciar el viaje de ida, una y otra vez. Pasaríamos por la casa de las margaritas y la niña que las cortaba. Para nuestra sorpresa sólo hallamos una choza y una vieja solterona, gorda como un carrete de muertos embadurnados en aceite de antorcha.
La nueva visión me recordó que yo mismo dejé atrás la delgadez y la belleza, también el buscador de oro. Un filósofo que investigó con dureza las fuentes de la sabiduría oriental nos habló aquella noche sobre la chica de quince años. La señalaba con el dedo, mirando a la señora como un carrete. Poco a poco la imagen mental de aquella criatura que segaba margaritas se fue tornando fea, hasta recorrer el trecho de la luna y ser una gorda solterona.
En aquel instante se acercó la señora, ya sin margaritas ni belleza externa. Sus ojos no eran cristales sino cuencas que miraban como desde un tiempo sin tiempo. El filósofo, como  si supiera de mi búsqueda de la inmortalidad, me preguntó si conocí alguna vez el amor. Mi respuesta negativa no fue una sorpresa. La señora gorda se fue, pues debía servirnos la cena.
Esa noche dormimos todos en la casa de la antigua chica que cortaba margaritas. Yo tuve varias visiones, muchas eran reiteraciones del viaje, pero una tuvo relación con la chica. Estuve junto a ella, dejé de buscar para siempre, hicimos una vida juntos, engordamos, pero sólo en sueños. Cuando desperté tuve una certeza extraña, casi juvenil, y el sentimiento de contar por primera vez con las llaves de la Puerta del Reino. Ese día cumplí ochenta años y la muerte cabalgaba con más fuerza.