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15 abr 2014

Poesía Maldita


“Arthur Rimbaud pasa una temporada en el Infierno, Baudelaire riega sus flores malignas y Wilde canturrea una balada en  la cárcel de Reading.” Así rezaba el informe de aquel ser extraterrestre a sus superiores. Tenía la misión de vigilar a las mentes más geniales de la Tierra para determinar si consistían o no una amenaza a nivel intergaláctico. Tras concluir que no había de qué preocuparse, el investigador montó en su nave espacial, activó la tecla de la velocidad de la luz y se puso rumbo a su planeta. Allí, por el contrario, el informe fue recibido con gran alarma. Degradado y cabizbajo, el investigador nunca comprendió la inquietud de sus sabios superiores. Apenas unos tres siglos después, la civilización era pulverizada por naves invasoras procedentes de la Tierra. 

24 jul 2013

Demasiado Bukowski

Yo añoraba ser Bukowski, bebía sin parar, iba dando puñetazos por los bares y fracasaba en cuanta aventura amorosa. Encajé de maravilla dentro del personaje. La máquina de escribir, ese monstruo inservible, paría las más extrañas trasmutaciones de mi ser. En unas ficciones finalizaba mutilado por un grupo de putas, cerca de San Francisco. Otras veces un doble extraño nacía dentro de mí, sustituyéndome. O cierta criatura nombrada Gorrión Rojo fungía como profesor de yoga. Yo era Bukowski en buena medida. Casi sólo faltaban la barba y la barriga, pero en lo fundamental, en la esencia, concebí la más horrenda literatura jamás publicada ni publicable en alguna editorial.
Llegué a ser más bukowskiano que el propio maestro.
Entonces recibí su llamada una tarde de resaca, cuando me disponía a rasgar el papel con unas líneas absurdas – ¿Mauricio?, ¿hablo con un tal Escuela?-  Era Él, no cabía dudas: la voz ronca y un aliento melancólico que podían sentirse a través de la línea telefónica. Contesté balbuciendo, como quien se topa con una divinidad, porque de eso se trata: el Dios del Alcohol y los Poetas Malditos. A mi mente acudió su leyenda, los años infantiles forjados a golpe de la correa paterna, los granos de una adolescencia solitaria y borracha, las primeras líneas rechazadas por todo el mundo, su errabunda carrera a través de antros, prostíbulos, cafés seudointelectuales, bibliotecas llenas de perdedores y homosexuales reprimidos, en fin.    
-Sé que has aprendido a imitarme cabronamente bien y el lío es que pronto voy a morir –me dijo la voz.
Charles Bukowski había fallecido años atrás, producto de una vida marcada por el abuso de la cerveza y la mala literatura. Así que mis sospechas comenzaron a crecer, quizás estaba yo ante la broma de otro imitador, un tipo de esos interesados en la comedia y lo comercial, que veía en mí a la competencia. Le dije que no me jodiera, que Char estaba muerto, que se fuera a dar por culo a otro lugar, etc.
-Perdone, -interrumpió la voz ronca- pero no le he explicado bien mi situación. El hecho es que sigo en este mundo. Pero ya no llevo aquella vida disoluta de antes, renuncié al alcohol, las putas, las peleas y la literatura. Luego me oculté, antes fingí morir. Resulta que ahora me arrepiento y quisiera volver a ser yo, pero es tarde, estoy muy enfermo, sólo tengo una semana de vida.
En pocas horas el Maestro me expuso que, en el pasado, el mito de su personalidad salvaje y delirante se derrumbó de un día a otro, que quiso enrumbarse por las vías sociales establecidas. Tomó la comunión y se casó por la Iglesia y durante mucho tiempo no bebió. De ahí su total desaparición. Hace como un mes atrás, su médico le anunció un cáncer en el estómago, incurable. En medio de la angustia, regresaron sus ansias por la libertad y la literatura, sin que ese espíritu estuviese ya dentro de él. –Charles Bukowski ya no vive en mí –recuerdo que dijo –pero está en ti, y eso es lo importante, por eso te llamé.
Quería que yo renunciara a mi persona, mostrarme en público y develar que el autor de La Máquina de Follar, Cartero y Pulp, todavía tenía vida y podía escribir ficciones más delirantes aún. Bueno. La oferta era tentadora, por un lado millones de dólares, por otro millones de putas. Y en el medio la gran, la enorme, la miserable e infernal literatura del Maestro. Acepté, dije “sí” sin titubear, precipitadamente. Pero entonces recibí una advertencia que detuvo tales ansias.
-Fíjate, Escuela, hay algo que no sabes. Ser yo es difícil. Llegas a un grado de entendimiento de la vida tan profundo, que terminas prefiriendo el autoengaño, la renuncia y por último el querer retornar a la sociedad. Eso fue lo que me sucedió: llegué a ser demasiado Bukowski. Así que opté por la hipnosis y la mutación. Ahora no tengo personalidad y voy a morir. 
Siempre quise ser Charles Bukowski, navegar entre cloacas geniales, beber el duro vino de la angustia, desgarrarme a gritos en medio de una autopista, ir por la calle volante en mano, borracho, mientras perseguía a alguna rubita de senos apretados. De alguna manera ya reúno todas las cualidades, al punto de que la categoría de imitador me queda chica. Mis  artículos compiten en caos, nihilismo e infamia con cualquiera de Escritos de un viejo indecente. Pero renunciar a mi yo puede tener su costo y muy grave, después de todo ese Maestro, cuya fortaleza de espíritu y coherencia siempre valoré, también flaqueó ante el mundo. Nada garantiza que una vez llegado al fondo, cuando sea totalmente Bukowski, me suceda lo mismo, e intente volver a una vida ya inexistente.
Tengo problemas de personalidad, me declaro culpable de intentos de suicidio, de pensamientos sádicos, sodomía, masturbación, instinto asesino, manía persecutoria, bipolaridad, adicciones, delirios de grandeza. De hecho, este asunto de imitar a Buk ha sido una especie de válvula de escape, de terapia. No sé qué demonios estaré desatando si sigo adelante. Char, o mejor dicho Peter (como me dijo que se llamaba ahora, un nombre típico, con sonido a casa confortable de porche y tabloncillos blancos);  me ha dado de plazo hasta el miércoles próximo, justo el día en que va a morir. Todavía estoy muy indeciso, y si publico esta reflexión en mi blog no es para que me ayuden, ni tampoco busco compasión. Simplemente sigo los impulsos de una personalidad incoherente y enferma. Por ahora sólo tengo la bebida y una máquina de escribir.

18 feb 2013

Los silencios del verso

Las tardes de poesía con el escritor remediano Luis Manuel Pérez Boitel son siempre reveladoras. Para él la creación es ese acto trascendente donde el mundo se muestra a través de la bella imagen. Como cultor de la mayor sabiduría posible, este hombre sencillo, amante de su pueblo provinciano, no deja de sorprender a lectores y críticos. Sus libros son como dardos que aciertan con novedad y atrevimiento. Una voz fresca y lírica que desde hace años se alza en nombre de la hermosura del verso. En esta ocasión alcanzó el Premio Nacional de Poesía de Amor, que se otorga cada año en la ciudad de Varadero. Sobre este hecho y acerca de la creación misma como esa visión distinta de la vida, estuvimos conversando.
¿Qué le parece si comenzamos hablando un poco sobre el significado de este certamen literario en el contexto cultural cubano?
Es un premio que tiene una historia muy hermosa, antiguamente se publicaba el texto ganador en un afiche, y eso provocaba una suerte de encanto entre los creadores. Este año la convocatoria no sólo incluía a los cubanos residentes en la isla, sino a la diáspora. Se ofrece en el marco del Día de los Enamorados y… ¿qué escritor no le ha cantado al amor? Toda la poesía que uno puede hacer es de amor, alguien en una ocasión me pidió que leyera unos versos sobre esa temática y yo abrí una de las antologías que tengo publicadas y seleccioné cualquier texto al azar, porque considero que el amor es mucho más dimensionado que una relación interpersonal. La poesía no se puede encuadrar, su concepto va a distintas aristas de la vida, del aliento humano.
Creo que este es un premio más que al amor, a un acto de valentía, de decir las cosas, de asumirlas y legitimarlas. 
¿Y qué propuestas estéticas cree usted que vio el jurado en su poema?
Me interesa mucho la lectura a nivel de subtexto e interlíneas. Esos silencios del verso, sus matices,  cómo todo se va desdoblando. Hay una especie de visualidad, de sentido iconoclasta en la creación literaria. Más que leer palabras, uno recibe los espacios, el andamiaje de la poesía. Estamos hablando de un sentido de la comunicación que te muestra todas las búsquedas posibles de la vida, del espíritu. De ahí la importancia del receptor, del lector, a la hora de decodificar un cúmulo de imaginerías literarias, por llamarlas de alguna manera.
¿Cuál es tu opinión acerca de la poesía cubana en estos momentos?
Grosso modo, yo la veo bien, porque yo creo que para que exista lo bello también tiene que estar lo feo. Hay un abanico múltiple, policromático, diverso, de grandes búsquedas ontológicas. Muy al sentido de lo cubano, de lo insular, desde lo diverso. Yo pienso que la catarsis está en la crítica, que es muy mala, pues está muy parcializada desde determinados cenáculos o revistas, que son muy peligrosos.
Más que el estado que pueda tener la poesía cubana, yo hablaría de la necesidad de que esta dialogue con las vanguardias de América y del mundo. Pues los poetas se están leyendo a ellos mismos y eso puede encerrarnos en una especie de embotellado nacional. Las instituciones deben apostar por propiciar ese intercambio entre lo mejor de la poesía cubana y el resto de la creación universal. Hay que darle espacio a las verdaderas voces de la isla, y así llevar al público lo que resulta una buena literatura. Como este país se lo merece. Este pueblo es culto y para mantener ese status necesita conocer, estar en ese universo superior, que tiene que ser siempre emancipador, más múltiple, más plural, que lo enriquezca como ser humano.



12 dic 2012

Lecturas de un joven indecente



He querido iniciar este blog irreverente con un homenaje al padre de la irreverencia

Yo era un joven imberbe, ingenuo y salvaje. Recorría las autopistas montado en enormes rastras humeantes, plagadas de viejos pistoleros y pedófilos. En mi viaje a través de la Gran Potencia, conocí todo tipo de vampiros, incluyendo a uno llamado Allen Ginsberg, que me introdujo en el mundo de la droga. Junto a Gregory Corso y Jack Kerouac, estuve por bares apestosos a semen y antros de putas cultas con maquillaje expresionista. Un mundo alucinante, de alcohol y literatura de mala muerte, donde Hegel se mezclaba con la marihuana.
Durante mi etapa de Lobo Estepario conocí muchos almuerzos al desnudo junto a una rara máquina blanda, accionada por Williams Burroughs, un nostálgico organillero  de la era de las amebas inteligentes. Aquel artefacto, además de engendrar un sonido insulso y pastoso, tenía la capacidad de producir vida. “¿Vida?” recuerdo que dije una vez “sí, vida” me respondió Burroughs y de una vuelta de manubrio salió del interior del organillo un viejo verde y malhablado.
Era la primera vez que lo veía, yo estaba en algún lugar de Norteamérica, en la década del cincuenta, la época Beat. Pero alguien susurró a mi oído: “Andernach, Alemania, 16 de agosto de 1920”. Atribuí aquello al LSD y acepté la alucinación como algo normal y pasajero. Sin embargo, los efectos de la droga que consumí aquella tarde aún perduran en mi vida.
Luego de leernos algunos de sus poemas y relatos, beberse nuestro alcohol y pelearse con todos nosotros, Charles Bukowski, el viejo verde e indecente, se marchó enganchado a la cintura plástica de una puta voladora. Y mientras ascendían abrazados me prometí encontrarlo algún día y devolverle el puñetazo que recibí en el ojo izquierdo. De paso, hablar de literatura.
“No me interesa la literatura” me dijo la otra vez que lo vi, en el segundo piso de un prostíbulo en Los Ángeles, donde tenía su editorial, entre condones y botellas de cerveza vacías por doquier. Sin embargo, este hombre ya había publicado muchos libros, buenos libros, llenos de palabras bestiales, honestas. Una obra tremendamente humana. Ahí estaba ese escritor droga, cuyos cuentos y poemas se disputaban los cárteles de Medellín y Cali.
El fugaz encuentro me sirvió para enterarme de que Bukowski no escribía sobre nada, que Shakespeare nunca lo hizo y que probablemente no exista nada más complejo y peligroso en el mundo que abrocharse los zapatos. Por último, me confesó su mayor ambición: ganar 100 dólares mensuales de por vida.  Toda la sabiduría que me ha hecho falta hasta hoy.
Para un ser de infancia y adolescencia amargas, entre el pus de su acné y los golpes del padre, alejado del amor y tan cerca de la locura, dedicado de a lleno al alcohol; vivir 92 años significa toda una proeza. Durante aquel segundo encuentro, Bukowski me dio el secreto de su sobrevida, no contenido por supuesto en ningún libro. Esa alquimia más rara que el oro artificial. Beber, siempre beber. Beberse los años sentado en el banquillo de los imbéciles, mientras el resto de la clase se burla de ti. Beberse el tiempo perdido reventándose los granos de la cara en la oscuridad de un cuarto. Beberse el rechazo, la fealdad, la tristeza. Beber la fuerza.
Por eso no creí la noticia de su muerte difundida hace unos años. Charles Bukowski, cargado por un conjunto de monjes tibetanos y llorado por la puta de turno, maquillada al estilo expresionista para la ocasión.
Seguramente levantó la tapa de la caja e imprecando al resto del cortejo, pidió una botella de alcohol. La orgía mortuoria de Bukowski, ahora la imagen sí me parecía verosímil. Como el final de su novela Pulp, cuando el protagonista es engullido por una bestia roja y gigante nombrada Gorrión Rojo. O esa escena de La Máquina de Follar, donde el mundo está al revés.  Todo gracias a la magia de la bebida. El elixir alquímico Made in Black Sparrow. Si no me equivoco el Maestro debe cumplir  92 años, en algún lugar abandonado de California, donde la poesía es una máquina que funciona a base de alcohol.
Mientras tanto, no dejo mi adicción a las drogas.


SIN SUEÑOS
Las camareras de pelo gris
en los cafés por la noche
se rindieron
y mientras camino por las veredas de luz
y miro las ventanas
de las casas de las enfermeras
puedo ver que ya no es
con ellas.
Veo gente sentados en los bancos de la plaza y puedo ver      por la manera
en que
se sientan y miran
que se acabó.
Veo gente manejando autos
y veo por la manera en que manejan sus autos
que ni aman ni son amados
ni consideran el sexo
está todo olvidado
como una vieja película.
Veo gente en las tiendas y supermercados
caminando por los pasillos
comprando cosas
Puedo ver por la manera en que
les queda la ropa y por la manera en que
caminan y por sus caras y sus ojos
que no les importa nada
y nada se preocupa
por ellos.
Puedo ver cien personas por día
que se rindieron
del todo.
Si voy al hipódromo
o a algún espectáculo deportivo
puedo ver miles
que no sienten nada por nada o
por nadie y no reciben
ningún sentimiento.
Por todas partes veo a aquellos que
no mendigan nada sino
comida, refugio y
ropa, ellos se concentran
en eso,
sin sueños.
No entiendo por qué esa gente no
desaparece
no entiendo por qué esa gente no
expira,
por qué las nubes
no los asesinan
o por qué los perros
no los asesinan
o por qué las flores y los niños
no los asesinan,
no entiendo.
Supongo que ya están asesinados
sin embargo, no puedo acomodarme al
hecho de que existan
porque son
demasiados.
Cada día
cada noche
hay más de ellos
en los subtes
en los edificios
en los parques.
No sienten terror
por amar
o por no
ser amados.
Tantas, tantas, tantas
de mis criaturas
compañeras.-