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30 jun 2014

¡Tremendo paquetón!



¿Cómo acabar con el tedio de las horas, sin caer en actividades vacías o dañinas? La fórmula parece difícil, cuando una juventud bastante abarcadora apuesta por quedarse en casa con el famoso paquete. Elección que además hacen otras generaciones, llevadas del gusto recientísimo por una banalidad vestida de lujo, un oropel sin mérito y con muchas tachas. Porque si malo es no tener en qué aprovechar la vida, peor resulta llevarla por caminos que la maltrechen.
Claro, se objetará que cada uno tiene derecho a consumir un producto determinado, pues ello cae en el plano personal de la libertad. Además en gustos y colores nada hay absoluto. Quienes así hablan, amparados en un sentido común inobjetable, evidencian una vez más que de buenos preceptos se viste el mal. Porque consumir el paquete de forma acrítica, no funcional, nos lleva a una fórmula alienante y auto anuladora. Sin dudas, este reciclaje semanal responde a líneas contrarias al crecimiento de la exigencia de los públicos.
Porque parecen cosas “nuevas” de paquete; nos conformamos con recibir más de lo mismo. Esperamos la novelita o la serie de moda, y frente a la pantalla quedamos hipnotizados por horas. Nadie podrá sacarnos de ese mundo idílico, de una belleza más bien “plasticona”. El crecimiento se detiene en esa edad sin edad, que es el mundo de las encuestas de mercado y el engranaje pasivo. En aquel paraíso de silicona las imágenes nos enseñan a aceptar el Nunca Jamás de unas propuestas que simulan ser “nuevas” de paquete.
Claro que a veces, las menos, hay algunas películas de recién promoción que uno disfruta. Pero son como puntos negros en medio de una noche sin luna ni estrellas. El paquete resulta tremendo paquetón, para los que no lo asumimos como una cápsula semanal, un somnífero. Y no vengan con esa visión hedonista o medio epicúrea del consumo, acerca de que el cine debe primero entretener y luego enseñar. Como si el buen arte no llevara implícitas ambas funciones desde tiempos inmemoriales. Conozco personas que basadas en una sublimación del mercado llegan a medir la calidad de un filme según los siguientes parámetros: 1-Nivel de violencia (tiene que haber patadas, golpes de todo tipo, disparos y grandes explosiones, preferiblemente choques de tránsito que impliquen brasas de candela y quemaduras mortales); 2-Nivel de sexo (nada de erotismo, un poco de imaginación y la fórmula del éxito comercial se pierde).
El paquete me preocupa más porque representa el gusto de una gran mayoría, como lo prueba su extensión en redes del consumo no formalizado. Quiere decir que la solución dista del marco prohibitivo, como creería cualquier Torquemada de turno. No sólo porque la supresión incentiva aquello que quiere eliminar; sino porque se trata ante todo de subsanar un daño antropológico de grandes consecuencias en nuestro sistema de valores. Que la gente sublime a la Dra. Polo, las explosiones sin sentido y la violencia gratuita, nos indica por dónde andan los cánones mentales de lo correcto y lo imitable. O sea, cuáles son los superhéroes del momento.
Prohibir sólo elevaría a esos personajes y situaciones a la altura de bondadosos entretenimientos, y colocaría en el plano de los injustos (los malos de la película) a quienes pensamos en una mejor recepción cultural. Dicho fortalecimiento del rol malo-bueno funciona como un catalizador que pierde nuestras intenciones constructivas, e impulsa al público al consumo compulsivo. La solución estará en brindar alternativas más brillantes y audaces. La misión que tienen el arte y los difusores del mismo impacta en la construcción de un ideario. Dejar esa función en manos no preparadas, indolentes o detenidas en el Nuca Jamás del paquete; sólo comprometerá más el futuro de la mente nacional.
Hay momentos de pensar, también de escribir y señalar. Pero el tiempo de actuar en pro de la cultura cubana será siempre el presente. Desde una construcción más crítica y abierta de las políticas del sector, podremos defender la soberanía identitaria y colocarnos a la par del mundo, con sus faltas y fortalezas. No creo en la supresión de lo banal como única vía para su superación; sino en la sublimación de lo más sublime: la conciencia humana hecha arte. Además, tenemos que respetar aun a aquellos que se decidan por el consumo vacío, porque es su libre elección. Creo no obstante que con inteligencia, trabajo y decencia, podremos generar formas alternativas que enflaquezcan las filas del mercado. Desde un ejercicio de persuasión, que no de fuerza, vendrá la política cultural necesaria. Y para llegar a tal punto tenemos los intelectuales la misión de no cansarnos de generar ideas constructivas.
De la pasividad, la falta de fe en el hombre, la caída de paradigmas, la desestructuración de supuestos; sale este paquete. Para oponernos, sólo hay que colocarse en la esquina contraria. La nueva propuesta de consumo nacional aún no aparece, pero cuando nazca deberá hacerse reconocible por lo diferente y atractiva. Los públicos históricamente recibieron el buen arte, de la desconfianza acerca del gusto popular y la manipulación se alimenta el canon de hoy. No pensemos que la gente de a pie sólo absorbe mensajes soñolientos, vacíos, o de una violencia mediocre. El mercado instaló esos gustos, y tal tarea fue difícil: necesitó de millones de dólares, estructuras de trabajo, industrias, talentos pagados. Y aún así quedamos fuerzas resistentes que creemos en el verdadero arte. Sin un público activo nada existiría, porque de las grandes y originales ideas se nutre la humanidad. Las leyes más elementales de la evolución contradicen la maña de sublimar las fórmulas reiteradas y carentes de meta. El camino está en retomar nuestro camino, y que ese público, libre al fin de los gritos de la Dra. Polo y el ruido de las explosiones; pueda decir incrédulo ante tanta fanfarria: ¡Tremendo paquetón!

26 feb 2014

De (V)elta a las parrandas






Ya sé que en las redes sociales, ese mundo laberíntico e infinito, los temas de índole local se supeditan a otros de naturaleza más universal. Pero la presencia de tópicos comunitarios tomará lugar en un mundo donde la alternatividad de los enfoques periodísticos, coloca a la pequeña emisora en iguales condiciones que los medios tradicionales para acceder a la información y difundirla. Periodismo ciudadano, se llama el fenómeno.
Por ello comienzo este comentario hablándoles de San Antonio de las Vueltas, un poblado perteneciente al municipio de Camajuaní, en la provincia cubana de Villa Clara. Su vida es monótona y depende todo el año de actividades como la agricultura y el comercio de los productos de la propia tierra. Pero desde el siglo XIX, una tradición paraliza dicho lugar, y lo convierte en hervidero de tradiciones. Dos bandos, azul y rojo, Ñañacos y Jutíos, se disputan una victoria tan simbólica como imprescindible.
 Guiados por las sombras de un gallo y un gavilán, ambos de papel maché, las parrandas voltenses constituyen una muestra del más sabio arte popular, donde florecieron figuras como Cumba Colón o el conocido popularmente como “Coco”, cuya carroza de tema tailandés fue la delicia de los asistentes. A este último proyectista estuvo dedicada la festividad, por una vida consagrada al reconocimiento de los suyos, de sus vecinos y familia más allegados.
Sé que el tema pudiera parecer alejado de la modernidad, el arte de vanguardia, las polémicas digitales, el periodismo de barricada, la comedia de las banalidades;  en fin. Pero nadie sabe el valor que para un pueblo tiene sentirse reconocido cada año como artista, como demiurgo creador en medio de una larga faena de trabajos cotidianos. El dios Baco desata entonces sus excesos y la belleza desborda todo sueño posible.
Las parrandas, Patrimonio Cultural Cubano, son eso; un nacimiento constante, que no una reiteración. El antropólogo Mircea Eliade propone en su teoría sobre los mitos y rituales, que cada comunidad necesita de fuegos y músicas que la hagan retroceder a tiempos primeros, sobrenaturales, gloriosos por desconocidos. Una idea muy platónica que nos trae de vuelta la historia de los dioses creadores, la vida de los héroes, y purifica el presente con los hálitos sagrados de otros momentos. A través de fiestas colectivas donde prima el disfraz, la máscara, la inversión de realidades, el carnaval y la carne ofrecida al paganismo; los humanos ofrecen el sacrificio, queman los signos del pasado absurdo. Entonces, San Antonio vuelve más vivo, y con esa vida vivifica a los muertos vivos de hoy. 
Lázaro ante el conjuro del milagro se levanta y demuestra que lo posible se queda chico ante lo insólito. La fe recobra su poder y las montañas del valle que rodean el pueblito parrandero se conmueven, mas nadie escucha el terremoto. Ya las lluvias de fuego acallaron aquellos fuegos internos, y los sacerdotes apagan la furia de los danzantes. Todo termina con un entierro, entre jocoso y bandolero, entre riña y sonido de rumbas. El muerto vivo es un gavilán de papel maché, no importa. Todos creen en la muerte, con la misma intensidad con que viven. El canto de un gallo  recuerda que algunos añoran otra vez el vuelo de su gavilán. La guerra no termina, ahora se inician los trabajos y la fatiga, en un año los sacerdotes evocarán a los dioses y el eterno retorno traerá la música de los antiguos. Así anda Vueltas, devuelta a sus parrandas, para purificarse, para que el espíritu prevalezca.    


7 dic 2013

Confesiones de San Patracio Abstraccionista (el cura que supo cómo salvar el mundo)



Día uno
Querido diario, estoy enojado. Ayer presencié, junto al resto de mis hermanos, el supuesto acto de levitación de Fray Alcanfor. Este hecho no sólo contradice las leyes de la Física, sino que se atreve a poner a prueba mis apodícticas predicciones sobre el futuro de los reactores nucleares. Hoy solicité por escrito a su Santidad un Concilio Vaticano para discutir tan escandaloso caso de fraude.

Día dos
Adorado diario, sólo tú me comprendes. En ti encuentro consuelo al distanciamiento y la incomunicación que hay al seno de la Iglesia. La respuesta que obtuve del Papa León XXVIII no puede ser más absurda, carente de sentido. Es obvio que el Alto Clero y yo hablamos lenguas distintas en lo que a ciencia respecta. A continuación transcribo con exactitud el telegrama que me envió su Santidad:
¡GRRRRRRR, GRRRRRRRRRR, GRRRRRRRR!
                                                       Firmado: León XXVIII
Día tres
Idolatrado diario, por fin logré comunicarme por teléfono con el Vaticano. Sin embargo no pude exponer íntegramente mis puntos de vista, porque a cada rato me interrumpían los rugidos del Santo Padre. El saldo de la llamada se agotó antes de llegar a la parte en que defiendo el uso del uranio empobrecido como agregado indispensable de la pasta dental. ¿Te das cuenta? ¡Apenas pasé de las primeras setecientas páginas introductorias del informe científico, concernientes al papel de la levitación y la marihuana en la Guerra de los Cien Años!

Día cuatro
Ante la sordera de las autoridades de la Iglesia, decidí recaudar fondos para comprarles aparaticos auditivos. Estoy resuelto a hacer escuchar mi trascendental protesta. Desde el principio he contado con la adhesión del Dr. A Embud Patafísico y su Centro para el Apoyo a Causas Incomprendidas, Incomprensibles e Inútiles. La colecta comenzará a raíz de mi Ciclo de Conferencias sobre los Extraños Vínculos entre el Pez Morsa, las Cloacas de París y los Jugos Gástricos, que contiene un revelador acápite-resumen sobre los últimos días del monje Rasputín y su posible encarnación en un coala. 
Día cinco
El muy pérfido Fray Alcanfor supo de mi plan maestro y se apareció en medio de la Conferencia disfrazado de Mozart, tocando una chirriante pieza para piano. Ello distrajo la atención de ciertos sectores incultos del público, quienes de esa forma desestimaron poner atención a mis trescientas tesis apodícticas sobre la Teoría del Puerco Espín, de gran trascendencia en el futuro del pensamiento occidental. No obstante, ante esta provocación conté con el apoyo de A. Embud y los suyos, quienes de inmediato iniciaron una escalada auditiva contra el grupúsculo pro Alcanfor. En un primer momento y gracias a un equipo de voceadores ambulantes traídos a ex profeso, prevalecieron los embudistas. Dicha hegemonía pronto fue fuertemente cuestionada, cuando sus oponentes colocaron una sirena de bomberos en medio de la sala. Este detonante sirvió de casus belli para un magno enfrentamiento que incluyó el uso de todo tipo de arma auditiva de destrucción masiva, desde un tibor de aluminio hasta grabaciones de ópera, grupos de Heavy Metal y tocadores de timba.
La primera tregua tuvo lugar con el objetivo de que detener el derramamiento de bulla. En ella ambas partes intentaron un acuerdo para reducir sus arsenales de guerra. Los alcanforistas partieron públicamente dos mil discos de Iron Maiden como gesto de paz (se rumora que aún conservan otros cien mil, con grabaciones de Black Sabbath). El embudismo fundamentalista estimó como insuficientes los pasos dados por sus contrarios, y solicitaron el desmantelamiento inmediato de los equipos amplificadores colocados en la región fronteriza de la sala de conferencias. Sin embargo, los círculos gobernantes de las potencias contendientes lograron un status de armisticio, que si bien no incluyó el cese definitivo de las hostilidades, al menos fijó una demarcación territorial y solicitó la presencia de observadores internacionales.      

Día seis
El Papa León XXVIII resultó ser el Jefe de la Delegación de la ONU para la paz. Recordé que debido a la guerra, el ciclo de conferencias apenas había recaudado lo suficiente para comprarle al Sumo Pontífice medio par de aparaticos auditivos. Mis esperanzas de ser escuchado se reducían a un 50 por ciento. No obstante, lo intenté y, tras instalarle a Su Santidad uno de esos pequeñitos dispositivos en su oreja derecha, comencé a gritarle, íntegro, el genial ciclo de conferencias. Pero los oídos del Papa (posiblemente tupidos con Alcanfor) eran inmunes a toda letanía. Al final, León XXVIII, emitiendo apenas unos cuantos rugidos, se retiró en su carruaje papal.
Día siete
Debido a la circunspecta ambigüedad de las declaraciones del Papa sobre la guerra (cito textualmente: GRRRR, GRRRRR, GRRRRR), ambos grupos hicieron sus particulares interpretaciones sobre dicho arbitraje. Unos veían en esos tres rugidos un espaldarazo discursivo a la consigna de embudismo fundamentalista internacional: “¡Libertad, Igualdad o iros a la mierda!” Otros creyeron que en realidad el Pontífice quiso decir: “¡Embudistas de todos los países, jodeos!” Una tercera vertiente, autodenominada “Los Templarios”, interpretó los rugidos del Pontífice como una clave para hallar el Santo Grial, el más destacado de esta secta era Indiana Jones.  

Día Ocho
Resulta ser que el siete es un número mágico, sin embargo he llegado al día ocho, lo cual deviene en mal presagio. Mi lucha por reivindicar teorías que salven a la humanidad va de mal en peor. Resulta infamante que exista tanto desinterés por el futuro de todas las religiones, los panes con picadillo, y todo cuanto de trascendente y cabalístico existe en este mundo. Por supuesto que la misión de Naciones Unidas liderada por el Papa se disolvió sin acuerdos y la guerra del ruido ha proseguido, salvo periodos de calma. Fray Alcanfor y su acto de levitación, la credulidad de todos los que alelados piden dicho espectáculo, han llevado el mundo de Hollywood a la quiebra del buen gusto. Mientras tanto, sufro de una de esas crisis de creatividad que van atrofiando mis sentidos, no me extraña que dentro de poco tiempo yo sea un perfecto cretino, todo por la frustración que carcome mi cerebro.

Día Nueve
Io creer que ser día nueve, un númhero muy imbécir, ci tenko en Kenta que cazi pierldo la nozzziom del hidioma, la vrutalidad es konzecuenhia de Fray Albambor, el ruodo en la sala era un mozart que sonava a bala. Yo piensar algo, pero mí muy frustato y mientras el Papa no responde llamadas, rugidos  gravaos en su celular, grrrr.       

Día Diez
GRRRRRRRRRR…….·$%&/ **** LADO DEL RUIDO, MOZART, YO ERA YO.

Aires de Parrandas


Uno se llena de regocijo en esta época, ya se acercan las parrandas. Se nota en el aire la alegría, la tradición. Los muchachos del Carmen y San Salvador en su efervescencia no paran de discutir en las esquinas, y las iniciativas de ambos bandos nunca se guardan con mayor secreto. Las naves de trabajo, verdaderos centros de conspiración, son custodiadas por los fanáticos de mayor edad. Priman las especulaciones en torno a la plaza Isabel II actual Parque Martí. Unos hablan de la luminotecnia del trabajo de plaza carmelita, otros de la decoración sansarí, unos se sobresaltan con la llegada del rectángulo rojo y azul con el gallo blanco, otros lloran de pasión cuando el banderín pardo y escarlata se pasea orondo.
Los niños en las escuelas miran con ansiedad el reloj, pues no bien terminan las clases y ya se les ve en las casas de trabajo. Gallitos y gavilanes, por obra y gracia de la cultura de esta ciudad hermosa y llena de misterios. Estamos en el año 2013, y hablamos de una fiesta que comenzó en 1820, en la barriada de San Salvador, alentada por niños harapientos y un cura deseoso de ganar feligresía en las madrugadas de diciembre. Podrán no ser las mejores de Cuba; pero nadie niega que las Parrandas Remedianas tienen un aliento original, yo diría sobrenatural. Aún en tiempos de crisis, como la Revolución del Treinta o las Guerras Mundiales; estuvieron presentes. Sus temas han caminado a tenor de la época; si hoy hablamos de videojuegos y el universo hiperconectado a través de internet, ayer tratamos acerca de la máquina de vapor, el avión y los viajes alrededor del planeta o al espacio exterior.
Las parrandas tienen la capacidad de sobrevivencia de una cucaracha, y la alegría imparable de un manantial de música encantado. Jamás perdieron el rebozo infantil, pues los artilleros así como los artistas, padecen de un tardío amor por lo bello, lo tierno y lo sabio. Incluso los fuegos artificiales, esos que con razón asustan, son consecuencia de imaginaciones demasiado poéticas para una noche; muchos días después de la fiesta los parranderos siguen haciendo gala de su experticidad en el tiro de voladores y otros artefactos del humo y la pólvora.
Contra las parrandas no pudo el periodo especial, ni los apagones, ni la poca dolencia de algunos que tomaban sus riendas con dejadez. Ellas nacieron de un tronco duro, al ritmo de los tambores afros y las tonadas ibéricas; bajo la luz de los faroles de papel que remedan los tiempos antiguos de la China Imperial. No hay suceso más exótico en la historia de la cultura cubana, ni exorcismo mayor. Los espíritus de la Villa desfilan en tropel pegajoso, ante los ojos deslumbrados de los visitantes. Hay quien dice que las parrandas son un acto ritual, que el pueblo se purifica mediante el consumo excesivo de felicidad durante 24 horas. Otros, de procedencia foránea, jamás olvidan a la ciudad luego de una noche de juerga entre los chicos del Carmen o San Salvador. Leyendas como estas sobran en la Villa de Porcallo, cuya agua por ejemplo, no debe beberse so pena de nunca poder abandonar el sitio. Un precio que a algunos les parece bastante justo, dada la calidad superior de los manantiales subterráneos.  
Pero  la leyenda de posesión mediante el agua funciona todo el año, la otra, la relacionada con el fuego de los morteros y palometas, sólo tiene efecto una vez, un día, apenas unas horas. El pueblito olvidado de pronto se disfraza de ciudad. El visitante termina comprendiendo por qué los habitantes del lugar son tan distintos del resto de los villareños, y también hasta qué punto tenía razón Porcallo de Figueroa al mantener tan oculto el ambicionado feudo.  Remedios es más bella con sus parrandas. Y sus hijos jamás encarnan mejor la cubanía que con los aires de diciembre. Y ahora si me disculpan, voy a darme una vuelta por la plaza de armas, nada más para disfrutar el ambiente.

15 jun 2013

Ustedes eligen

 
Una buena forma de hacer revolución es la crítica, sobre todo en el caso de la prensa. No digo que deban silenciarse asuntos donde se muestra lo más loable y positivo de nuestro sistema, sino que a la par se realice una aguda labor de zapa sobre aquellos terrenos escabrosos, que a la larga tientan la pervivencia del modelo.
Muchas veces me topé en la universidad con personas escandalizadas ante la idea del cuarto poder, interponían todo tipo de enfoques, desde pragmáticos hasta ideológicos y filosóficos. Pero me resulta muy atractiva una prensa que sirva de contrapeso y espejo. Alentar dicha función con honestidad, brindarle el espacio y la seriedad. Ello salvaría al país de enfoques atrasados y risibles que inundan las redacciones.
Escribo de este tema porque resulta evidente el extrañamiento que aún pervive en el periodismo cubano, cuando alguien del gremio se dedica a diario a develar facetas perfectibles o cambiables. En tal caso enseguida aparece algún guardián del orden que llama a la “cordura” al reportero, pues hay muchas cosas buenas también para divulgar. Como si denunciar lo dañino no fuese la mejor manera de preservar lo alcanzado.
Por ejemplo, hace unas semanas en un programa de mi emisora abordamos el tema de la higiene de la ciudad y preparé un reportaje bastante crítico sobre el asunto, con opiniones de los vecinos y los delegados. El lenguaje y la postura de los entrevistados respondía a la gravedad del tópico, se expresaron como suelen hacerlo los cubanos honestos: alto y claro. Pues bien, a los pocos días me brinda botella un señor y sin más acá comienza a desbarrar contra mi reportaje, pues los vecinos usaron una fraseología “soez”. Lo miré de arriba abajo y no dije nada.
En un mundo donde la prensa muestra con crudeza los bombardeos, las masacres, las pandillas o los agrios debates de parlamentarios con golpizas e insultos incluidos; no caben mojigaterías. Y nosotros aún nos apegamos a un Código Hays para parametrar el alcance y el lenguaje de la radio. Increíblemente aquel señor me pedía que silenciara al pueblo. De cualquier forma el reportaje salió y se ha repetido varias veces en la emisora, hasta que el problema de los vecinos sea atendido. Por otro lado muchos agradecieron la sinceridad del trabajo, incluso personas que no viven en Caibarién, pero que aprecian cuando la prensa cumple su función.
Mi objetivo, por el que me pagan, no es edulcorar. Quizás pese sobre los hombros de cada periodista una responsabilidad mayor que la del soldado, pues nosotros trabajamos sobre la base de la conciencia. Y esa se adquiere desde el plano individual, pensando y cuestionando libremente. Por tanto, ejercer el debate debiera impartirse como asignatura en las aulas de periodismo. Hablo de fomentar  la crítica, lo cual significa no perdernos en disquisiciones metafísicas, sino mirar los problemas desde diferentes ángulos y proponer el mejor juicio.
Yo creo que debemos ir mucho más allá de la página del medio del Granma o del espacio televisivo Diálogo Abierto (de nombre bastante pretensioso). Me parece que necesitamos ser más marxistas, apegarnos a la corriente dialéctica de pensamiento que ello implica. La censura de la crítica suele partir del miedo a la movilidad y sólo la reacción teme al cambio. Los que pensamos en el futuro, tantas veces vapuleados de idealistas, preferimos esa visión “ingenua” del periodismo como cuarto poder. Sólo que en el caso de Cuba, ello implica defender con valentía y humildad los intereses colectivos, populares, o sea al trabajador que nos paga.
Cualquier idea o hecho que atente contra esa fórmula revolucionaria del pueblo en el poder, deberá ser objeto de la crítica periodística. Empezando por aquellos que niegan la posibilidad de que ocurran investigaciones a fondo, y esconden las fuentes y los datos como si se tratase del Santo Grial. Ellos, los silenciosos, quieren que los imitemos. El micrófono está en nuestras manos. Ustedes, colegas, eligen.  

5 jun 2013

Celebraciones en Macondo

Muchos años después, frente el paredón de fusilamiento, recordó aquel lejano día en que conoció las ferias de San Juan. Junto a gitanos de extraños artefactos, pululaban captores de puercos encebados, enfermizos piromaníacos empecinados en prenderle fuego a la villa, un güije inmortal que abandonaba su charca para saquear los sembrados de yuca y fisgonear a las bañistas del río Camaco, y otras muchas criaturas, tan excéntricas como habituales en ese apartado pueblo.
Rara vez llegaba un buque mercante a la bahía del Tesico, trayendo noticias con siglos de atraso, sobre el fallecimiento del rey Carlos El Hechizado o la conquista de Granada. Entonces un viejo liberto disparaba el cañón de la costa y las campanas de la iglesia repicaban. Era tiempo de fiestas. El alcalde, un tipo silencioso y de abultado vestir, traía sus bandos y actas, dictando la conmemoración de algún santo. Entre exorcismos, risotadas y conjuros gitanos, el pueblo aplaudía: así comenzaron unas ferias donde se vendió de todo, incluso el alma de un Inquisidor.
Aquella primera ocasión en que asistió al San Juan, pudo observar que cada año se elegían siete mozos vírgenes entre el pueblo, para atrapar al güije. Pero también se percató del engaño que ello entrañaba, pues el supuesto duende no era más que un negrito del callejón del Hacha. Y los fingidos captores, unos gozones de primera categoría. Sospechó que la villa no era tan mágica, quizás los conjuros del padre José González de la Cruz no atrapaban a los demonios del Boquerón. Por eso intentó desnudar a la Llorona de la Calle de la Mar, quien también suele vender sus gritos durante las ferias sanjuaneras.
Nadie sabría explicar el verdadero por qué de las fiestas, la memoria de los habitantes resulta escasa por el efecto de la cercanía con las madres de agua. El azar y un regocijo contenidos las situaron el 24 de junio, fecha en que según narran se formó un cabildo y dieron vivas a Remedios. Desde entonces espacios abiertos y callejones aledaños se repletan de bulla, bebida y puerco asado, un ambiente que evoca la atmósfera del viejo pueblo. Ambiente caracterizado por sus casas de guano y embarro, calles de tierra y muchos fantasmas en la noche. Alguien una vez dijo encontrarse en la inmensidad de la plaza, cuando el campanario daba las tres de la madrugada, con un señor muy viejo de unas alas larguísimas.
Pero tales historias se pierden en el tiempo y sólo se narran a la luz de un quinqué, una vez que los festejos han terminado y las viejas se retiran a sus comadreos. El personaje de esta crónica siempre presintió que la villa era una gran alucinación, pero se quedó enamorado al toparse con tanta rareza. Buscó entonces cómo quedarse a vivir allí para siempre, quería que su casa cumpliera con los requisitos de cualquier vivienda: fuerte, húmeda y fantasmal. Con el tiempo él mismo se volvió remediano y luego se integró al acervo de las leyendas locales. Un cartelito podía leerse a la entrada de su hogar: Gabriel García Márquez, escritor.

 

4 jun 2013

¿Un nuevo alien en gestación?

Debate constructivo. Término complicado donde los hay, pues a lo largo de los años se ha prestado a disímiles interpretaciones. Para los anquilosados se trata de aquella discusión donde las partes divergen sólo en las ramas y al final tienden a un falso acuerdo, o sea la unanimidad siempre simulada y coyuntural. Detrás vendrá la justificación de si no podemos brindarles armas a este o aquel enemigo, cuando no percibimos que otro contrario más poderoso crece dentro de nosotros, como un alien: el silencio.
Muchas son las rutas que toma esa espiral de mutis mediático, pero la preferida por dirigentes y adláteres ya es lugar común: un teatro repleto donde las manos se alzan a la vez, dando un voto a favor no siempre discutido a fondo. En un post publicado por Esteban Morales, destacado analista de la blogosfera, se hablaba de la corrupción como la verdadera contrarrevolución. Y qué mejor caldo de cultivo para la fechoría que el silenciamiento del criterio divergente, cuestionador. Ser disidente, contrario a lo que se ha estipulado, no significa pertenecer a grupos sin voz, financiados por superpoderes, sino disentir con orgullo y pasión, fundamento y honestidad. Sólo los cetros reaccionarios (monárquicos, papistas, fascistoides) han reprimido a lo largo de la evolución social a aquellos herejes, díscolos de una doctrina inamovible, irreal desde el punto de vista hegeliano y marxista de la práctica histórica.
En tal sentido disentir no sólo es positivo, sino necesario.  Ello implica una carga moral, ética, insoslayable. Yo admiro por ejemplo a un Eduardo Chibás que en medio de la corruptela republicana emitía cada domingo, entre las retumbantes notas del Himno Invasor, su justo reclamo: “Sean mis primeras palabras para denunciar al gobierno corrupto de Carlos Prío”. Unos lo llamaban loco, otros, héroe, pero muchos llenaron de ilusión sus mentes ante la llegada de un país distinto y diverso, donde la prosperidad económica fuese de la mano del bienestar social.
Extraño espacios como los de Chibás, donde virulencias aparte, los cubanos expresen sus puntos de vista y dejemos a un lado viejas trincheras de evidente desgaste. Creo que en estos instantes la prensa se encuentra en su peor momento, con unos comentarios insulsos los martes por la noche en voz de Talía González y una Mesa, donde todos los caballeros levantan a la vez sus espadas, al ritmo del mismo conjuro. Pero como leí hace poco en un Dossier publicado por Espacio Laical, no podemos separar a los medios de la propia crisis que sufren algunas de nuestras principales instituciones. No olvidemos que la superestructura, o sea toda forma de producción espiritual, responde a elementos puntuales de tipo económico, o sea a nivel infra.
Exigirle cambios a la prensa sin que estos se hayan efectuado en la base, desde la Cuba profunda y hacia la capital, es como pedirle peras al olmo. La radio, el periódico o la televisión no hacen sino expresar un clima general cuya génesis parte de un país necesitado de cambios profundos. Mutaciones que van más allá del cuentapropismo o algún espacito de debate capitalino, donde sólo accede una élite poco conocida por el panadero de la esquina de mi casa o el médico que hace guardias sin que le paguen un centavo, ello cuando sabemos su nivel de sacrificio.  
Un amigo, el bloguero Alejandro Ulloa, a quien respeto y admiro, me decía hace unos días que los temas provincianos no sirven para posicionar una bitácora en el buscador. Eso me dejó perplejo. ¿Desde cuándo la Cuba de adentro dejó de ser pertinente en materia informativa? Dicha percepción del periodismo, además de errada, reproduce elementos egocéntricos y absolutistas de la prensa tradicional. Y eso que la blogósfera aspira a convertirse en un medio alternativo, que dice lo que otros callan. Silenciar las batallas que en pro del progreso ocurren en la mayor parte de la isla me parece un mal paso, si de verdad se aspira a ser abarcador y honesto, constructivo y díscolo de fórmulas manidas. 
Vemos pues cómo a veces inconscientemente (o quizás no tanto) se pasa de la alternatividad a la complicidad con el silencio y ese falso “debate constructivo”, donde priman la mano alzada y el criterio absolutizador. Es hora de que los cubanos aprendamos el significado de la palabra inclusión, y ello consiste en eliminar todos los atavismos del pasado. Ser competitivos en materia de periodismo significa ver en lo particular, en la provincia, la génesis del problema nacional. Y comenzar desde allí la labor de salvamento de la credibilidad mediática.
Tal parece que algunos blogueros (incluso quienes hasta ayer residían en provincia), han querido adoptar esa forma de debate excluyente y totalitaria que prevaleció durante décadas. Y eso que intentan presentarse como la voz otra de la realidad cubana. A ellos les digo como expresara el colega Fernando Ravsberg de la BBC, acerca del Ministerio Habanista de Agricultura en un reciente post: de vez en cuando es bueno embarrarse los zapatos de fango, y no pasarnos la vida de cabareteros por los ambientes bohemios de g y 23.  Esperemos que el alien del silencio y la unanimidad no esté germinando en esta blogósfera alternativa, que aún veo con más luces que sombras, no obstante el poco acceso del pueblo de provincia (esa Cenicienta desdeñada por el amigo Ale) a una prensa que intenta apartarse de cánones e implantar un debate constructivo de verdad.
Quisiera terminar este post refiriéndome a una conversación que recién sostuve con el cinéfilo Juan Antonio García Borrero, del blog La Pupila insomne. Ambos coincidimos en que hasta el momento existían en nuestro país dos erradas y virulentas visiones del debate constructivo: 1-Todos a favor, a ultranza y sin dudas, con la proposición bajada del nivel central (esta prevalece a nivel institucional interno); 2-Dos bandos que se atacan e insultan desde posturas inmóviles, sin llegar a ninguna verdad tangible. En ambos casos el resultado del debate es nulo: una falsa unanimidad en el primero y una enemistad rayana en posturas extremistas en el segundo.
Debate constructivo es aquel donde no hay descalificaciones al interlocutor, sino atención educada a sus planteamientos e intercambio de ideas. Divergir diametralmente no debe conducirnos a la amenaza, ni romper lazos de comunicación. Sócrates, ese gran maestro del debate que el filósofo Platón nos legara a través de los diálogos, hablaba de la verdad parida con ayuda de métodos sencillos, donde priman la pregunta y la respuesta, el respeto y el reconocimiento de que no hay propuestas indiscutibles. Aprendamos de los antiguos y quizás nosotros, los contemporáneos, sabremos enfrentarnos mejor una realidad a veces esquiva y taponada por espirales de oportunismo. Espero que la virulencia del enfrentamiento y el atrincheramiento no invada nuestra blogósfera, y que en ese debate constructivo participen todos, también los de provincia, cuyos criterios, Alejandro, sí pueden posicionarse en Google.   

31 may 2013

El síndrome de Víctor Mesa y la espada de papel


Víctor acaba de recibir el título de Bocaza Mayor de la Pelota Cubana, no queda dudas de que ya la corona del “más polémico” le quedaba estrecha y el tipo sentía la necesidad de traspasar los límites con una nueva graciecita, en plena trasmisión nacional. ¿La víctima? Un periodista para variar. No quiero meterme ahora a discutir temas beisboleros, ni perderme en disquisiciones sobre la naturaleza deportiva de la pregunta que lanzó mi colega espirituano. Pienso que cualquier interrogante dentro de esta profesión de comunicador es válida, pues el error forma parte esencial de la dialéctica y cometer pifias no nos convierte en ineptos, sino todo lo contrario. Pero no es el caso, creo que la pregunta del periodista estaba en la cuerda y que Víctor debió tener un poquito más de educación en su respuesta.
Para nadie resulta un secreto el lugar de privilegio que tiene el susodicho manager dentro del deporte cubano. Solamente un fool on the Hill (o un oportunista) diría lo contrario. Le han dado todas la facilidades que ninguno en su mismo puesto ha tenido, conste que en este país históricamente hubo grandes figuras de la pelota, muchas de ellas con un recorrido deportivo de mayor calidad y palmarés que Víctor. En cámara (sin ir al estadio) se notan los desplantes verbales y físicos en contra de cualquiera, en medio de espectáculos que presencian millones de seres, gran parte de ellos niños en formación que reciben un pésimo ejemplo. Pero me vuelvo a situar al inicio de este comentario y regreso al affaire con el periodista en la televisión. Hago la pregunta esencial, la que ningún fool on the hill ha formulado (al menos públicamente): ¿qué sería de Víctor Mesa y los demás que mantienen esta actitud hacia nosotros si existiera una ley de prensa?
Hasta el momento no hay una legislación que proteja a periodistas polémicos y cuestionadores de la realidad contra aquellos que desde posturas despóticas nos niegan acceso a las fuentes, o incluso profieren maltratos verbales, desprecios y hasta amenazas. Una vez dije que de seguir sin una ley reguladora de las comunicaciones, la prensa cubana iría quedando cada vez más como una espada de papel frente a los retos de una sociedad cambiante y problémica. Ya está ahí el acceso libre a internet en muchos cibercafés, con altos precios, pero con tendencia a abaratarse y ampliar su impacto en un futuro de servicios domésticos. ¿Seremos competitivos los periodistas cubanos cuando el pueblo no sólo pueda informarse a su antojo, sino informar a otros a conveniencia de intereses?
Quienes se empeñan en mantener el actual limbo legal son los principales responsables de que exista el Síndrome de Víctor Mesa, o sea el jefe prepotente que se siente intocado y dueño absoluto de la verdad. Querer taponar la información no sólo genera situaciones penosas, sino una prensa poco creíble. Por otro lado, es imposible tal cosa, como también lo resulta tapar el sol con un dedo. Bocaza se ha salido con la suya hasta el momento, pero no es el único. Otros pequeños bocones pululan por reuniones y salitas frenando el paso de aquel periodista polémico, quien le presta al país un estimable servicio, a cambio de un salario convencional. La investigación en este caso no sólo prestigia profesionalmente, sino que sirve al bien público. Mucho podría arreglarse en la sociedad a través del periodismo cuestionador.
Claro, que eso lo saben los bocazas, empezando por el propio Víctor, que no es ningún fool on the hill. La batalla por la ley de prensa se está librando en primer lugar contra la presión de los que piensan como él, escudados en viejas posiciones que antes no sé si funcionaron (sospecho que no), pero que hoy dañan la causa común: la defensa del país a través de la verdad y el debate de ideas. Una legislación apropiada delimitaría nuestro trabajo en correspondencia con las funciones de un medio de prensa y su compromiso con el bienestar del pueblo. Ello nos daría mayor soltura y atrevimiento, de lo contrario incluso comentarios como este seguirán siendo fáciles e indefensos blancos para quienes, como Víctor, sufren el mal de la prepotencia. En un país donde se conquistó toda la justicia no caben monopolios de ningún tipo, mucho menos del pensamiento. El periodista estaba en su mayor derecho de preguntarle al director del equipo de pelota (el escenario no podía ser más propicio), y yo tengo todas las facultades y me asiste mi cualidad como ciudadano y el deber de comunicador para escribir estas líneas, que quizás alguien juzgue irreverentes. Sí así ha sido, estoy orgulloso de ello, señal de que estoy en la cuerda. Alea jacta est. 

26 mar 2013

The last fucking writer


 
Trataba de escribir al menos una línea interesante. Mi historia sería sobre tres tipos que comienzan a beber y de pronto aterriza frente a ellos un platillo lleno de luces, del que sale una chica de grandes caderas y un rostro de película. Pero me detuve al oír la bulla que hacían unos borrachos en el portal de la casa.
–¡Métela, hombre!
–¡No encuentro el agujero!
 Tomé una pistola que siempre guardo debajo de la almohada.
–¡Dejen eso ya par de maricones! –grité y abrí la puerta y di con dos tipos vestidos de  negro con arneses sadomazos, forcejeando en la oscuridad. Les hice diez agujeros a cada uno, luego marqué un número telefónico al azar y me salió una voz femenina:
 –Psiquiátrico Nacional, sí, dígame.
Colgué y volví a marcar varias veces cualquier número, y siempre me respondía la misma mujer:
 
–Sí, Loquero de la República, servicio a domicilio.
Y yo siempre colgaba, silencioso.
Así que están los tres tipos, deslumbrados por una Miss Universo intergaláctica, que se baja de la nave, echa una bocanada de humo verdoso y va hasta la barra para pedir un trago. Muy bien, ella debe tener predilección por los hombres feos y los tres tipos estos son muy lindos, con sus orejitas y naricitas rectas y torneadas. Uno por uno, son rechazados por la chica. Aquí es cuando entro en escena.
TACTACTAC
Tocaban a la puerta. 
Me levanté y abrí. Era un agente de la policía, fue hasta la mesita de la sala, cogió mi botella de alcohol de hospital y se dio un gran trago, luego eructó y dijo:
–¿Dónde está la Bomba Atómica?
Pensé que se refería a alguno de mis cuentos, publicados en revistas pornográficas españolas bajo títulos como: El gran culo dictador, La quimera del culo y Culos modernos.
–No tienes salida, te tenemos rodeado –volvió a decir– mejor nos dices la verdad.
El hombre traía un revólver muy moderno a la cintura, un par de esposas relucientes, una mirilla telescópica con asistencia satelital, bazoocas de rayos laser, un minicañón y dos ametralladoras pesadas colgando en su espalda.
Fui lentamente hacia la cómoda, puse dos balas en mi pistola y le disparé a quemarropa. El ruido debió oírse a kilómetros de allí. Caminé hasta la ventana y vi dos o tres patrullas rodeadas de tipos con fusiles. Saqué la cabeza y grité:
–¡Y la próxima vez que se atrevan a venir les lanzo la Bomba!
Arrancaron a todo motor calle abajo. De nuevo hubo silencio.
Bueno, la chica tiene todos mis gustos: bebe, oye música clásica (Handel sobre todo) y no hace absolutamente nada. Reímos y hablamos durante una hora y allí mismo, bajo las mesas del bar, echamos la mejor templada  de nuestras vidas. Luego la beso y le digo que venga a vivir conmigo, pero ella llora y comienza a decir adiós y a desvanecerse hasta desaparecer. Lanzo una botella contra la cristalería del bar y rompo no sé cuantas copas, el barman sale y me pega con un bate de aluminio. Quedo en el suelo, deshecho, pero vivo, mirando a los tres tipos que ahora ríen y suben a un convertible repleto de rubias semidesnudas que blanden consoladores y otros juguetes sexuales. El carro arranca y deja detrás una nube de humo en forma de $.
Miré hacia afuera. La noche transcurría como siempre. Un hombre lobo aullaba a lo lejos. Había vampiros y momias por todos lados. Saqué un billete de mi bolsillo y pensé, caramba, el último billete. El tipo del billete, uno de pelo largo, con papada y aire aristocrático, pensó sobre mí: caramba, el último escritor.
–Juan, saca al perro para que orine  –dijo alguien en la casa de al lado.
–Pero, Vivian, ese animal me odia.
–¡Haz lo que te ordeno!
–Pero…
–¡Mierda de hombre! ¡Si no lo haces te juro que…! 
Y se oyó una ráfaga de ametralladora y el ruido de muebles y copas y paredes y cosas rompiéndose. El hombre salió al instante, con el perro amarrado a una cadenita. No era un pastor, ni uno de esos monstruos enormes de las películas, sino un chiquilín peludo y adorable que hacía su pis meneando la cola. De pronto, Juan sacó un revólver y apuntó a la mascota, el perro por su parte se detuvo, miró fijamente al dueño y le dijo:
–¡Ni lo intentes!
Después comenzó a crecer y a crecer y a crecer, hasta cobrar el tamaño de la Abadía de Westminster. Tomó al hombrecillo con una de sus gigantescas patas y se lo tragó. Ladró un rato, mientras recobraba su antigua apariencia dulce de perrito casero.
–¿Ya mataste a ese hijoputa? –preguntó Vivian.
–Tráeme un trago –le contestó el perro.
–¿Qué hiciste con el cuerpo y con toda la evidencia?
–No te preocupes, tráeme un trago y quítate la ropa.
TACTACTAC
¡Esa condenada puerta otra vez!, pensé.
TACTACTAC
¡MALDICIÓN! ¡Esa cochina puerta!
PUMPUMPUM
Agarré el hacha y destrocé la puerta.
Ahí estaba Adam Smith, el poeta inédito.  
Se tragó lo que quedaba del alcohol y lanzó la botella a través del cristal de una ventana. Luego, sentado y sonriente, dijo:
–¿Te enteraste? ¡La economía mundial está en recesión!
–¿Y…?
–Bueno, el presidente anunció que ayudaría a su pueblo.
–Mierda –contesté.
–Eso mismo pensé yo. El hecho es que ahora anda por ahí un grupo de sádicos con antorchas quemando a los vagos y a los negros. Acabo de verlos, gritaban algo sobre reducir el tamaño de la población, según planteó un tal Malthus. Tienes que esconderme. 
Adam no era negro, ni blanco, ni nada. Con cuarenta años, pasó su vida entre los bares y los baños públicos, sin trabajar, chupando penes y bebiendo pis. Se creía poeta, pero sólo hablaba de un libro: La riqueza de las naciones de Adam Smith.  
Agarré a Adam, al poeta inadaptado e inédito, por la camisa y lo llevé hasta la bañera, que estaba llena de un agua turbia, donde descansaba un esqueleto humano con pedazos de carne descompuesta aún adheridos. 
–Es el dramaturgo Pirandello –le indiqué.
– ¿Ah, sí? –dijo Adam.
–También lo perseguían para matarlo.
– ¿Quiénes?
–El público, según me explicó, y los críticos de arte y los actores y también seis de sus propios personajes.
 –¡Mierda, ¿por qué?!
–No les gustaba su forma de escribir. Tocó una noche a mi puerta, dijo todo esto y dejé que se escondiera en el baño. Luego me olvidé de él. Hasta hoy.
Adam se quedó ahí, embobecido, mirando al cadáver, mientras yo caminaba silencioso hasta la puerta, salía y los dejaba encerrados para siempre en la bañera.
Un escritor de porquería está obligado a escribir su porquería.
Me levanto, y camino hasta mi casa, pensando en la chica extraterrestre. Entro y hay un tipo sentado en el sofá, frente a la tele, con  los deportes, el béisbol, ganan los azules 3 por cero a los naranjas. Nos miramos, él tiene los ojos condenadamente perdidos. Es la peor mirada del universo, ni un demente total, ni un sicópata asesino en serie y fanático a The Catcher in the Rye miraría de esa forma. Trato de agarrarlo, pero es muy rápido, se escabulle y sale corriendo por una ventana. Me siento. Los naranjas meten un jonrón y ganan el juego y el comentarista de la televisión se deprime, se echa a llorar desconsolado, enloquece y grita que es Napoleón III. Luego me salen escamas en la piel, debajo de los brazos, de los huevos, y luego en la cara y todo el cuerpo. Por la ventana penetra la luz de un platillo, al que soy abducido por un rayo multicolor. En el interior de la nave, me encuentro con la chica del bar, que me besa y volvemos a echar otra gran templada. 
Dejé de escribir y reí como un loco, luego tomé la peluca del siglo XVIII y me la puse y comencé a bailar la Danza India de la Lluvia alrededor de mi botella de alcohol de hospital. Varias veces soñé que llovían chorros de whisky sobre el mundo, y que todos salían a emborracharse y luego terminaban vomitando al mar toda la bebida y los océanos de la tierra eran enormes olas de vómito que sepultaban los continentes. Siempre despertaba cuando, en medio del desastre, aparecía un mono azul vestido con una escafandra y cantando la Carmañola en sánscrito.
Esperé media hora, sentado, sin escribir y sin bailar. Tenía la sensación de que algo importante pasaría, pero no pasó nada.
Seguí con mi historia. El platillo es como un apartamento normal, sólo que accionado por robots. Toda la tripulación tiene aspecto humano, sólo yo sigo deformándome más, hasta ser una masa de carne y escamas que en vez de caminar, rueda y se arrastra por el suelo de la nave. La chica Mis Universo Intergaláctica me abraza y yo le digo:
–¿Por qué parezco un trozo de pescado podrido?  
–En mi planeta todos lucen así.
De inmediato, sus mejillas de rosa empiezan a derretirse y de su piel suave salen unas escamas llenas de una sustancia verdosa y pestilente. Trato de ir al baño a vomitar, pero tengo que hacerlo allí mismo, encima de mi propio cuerpo. Somos como gelatinas sucias y escamosas.
–Así es, querido, somos eso, gelatinas escamosas. Descendemos directamente de las medusas de mar –me explica ella, cuando ya entramos en la órbita de su planeta.
Comenzamos a vivir juntos, al principio todo es amor entre los dos. Pero en ese lugar también hay una crisis económica y cada vez escasea más el dinero. Un día ella llega y me dice que si no encuentro un trabajo tendríamos que separarnos. Así que salgo a la calle y sólo hallo un puesto como mesero de un bar extraterrestre, en las afueras de la capital del planeta de las medusas. La jornada es excesivamente larga, porque el día alienígena dura el triple del día terrestre. Por eso, a  mi cuerpo agotado se le van cayendo los trozos, hasta que sólo me queda un ojo, un brazo y un pie. La economía empeora y la Miss Universo gelatinosa decide dejarme por un corredor de bolsa neptuniano. Termino de esa forma en la calle, en un planeta desconocido, sin esperanzas.
Alguien me llamaba de nuevo, junto a la entrada de la casa.
Busqué mi pistola, pero no pude encontrarla, en su lugar di con el rifle y recordé a Salinger (generalmente se recuerda a Hemingway). Fui hasta una ventana y vi que era el cartero. Un tal Henry Chinaski. Acusándome de plagio intelectual. Apunté bien, a su estómago, y disparé diez veces, el tipo se quedó tirado en el suelo, en medio de un charco de sangre, después se levantó y salió corriendo. 
Me senté delante de mi máquina de escribir. No sabía cómo terminar aquel cuento. Nunca fui bueno haciendo nada. Sólo quedaba el suicidio. Tomé el rifle y lo apoyé dentro de mi boca. Me volé los sesos. Era inútil. Estuve un rato sentado frente al papel en blanco y lleno de sangre y de pedacitos de sesos. Había restos de mi cráneo por todos lados. Miré por la ventana hacia la calle, ya estaba amaneciendo. Un carro con altavoces pasó gritando que se acababa el mundo, que era el fin, el Armagedón. Cerré los ojos.